¡Viva Quim!

Tocando techo

Text: Jessica Cobos
Foto: Clara Orozco

Dos chicas del público arrancan el micrófono que se les ha ofrecido. Locura. Cantan, corean, saltan, vibran. Todos. Todos, todos. El público se infla más de lo que puede. La sala Sidecar de Barcelona explota energía, fuerza, emoción. Se suben en los tambores de la batería, en vez de tocar los platos hacen música en el techo. Se suben en los altavoces, se brindan guitarras y cervezas. Se aspavienta nostalgia y euforia. Se pierden los micrófonos bajo el escenario. Todos parecen poseídos. Arriba y abajo. Todos. Todos por Quim Blanco. Así termina la primera velada de homenaje a un visionario de la música, la que no se veía, pero él hacía oír: ¡Viva Quim!

Le petit Ramon, Delafé, Brighton 64 y Sidonie cantan la penúltima palabra de Quim, programador del Sidecar, Senyores, senyores, senyores, Ramon Faura es el que empieza a soltarla por la boca. Él y su acústica abren la noche, de tranquis. Comienza con un És dimecres nostálgico y triste (Acusticus replica, 2009), sin elevar mucho la voz. El repertorio es de Le Petit Ramon porque se lo debe a Quim. És dimecres i no m’agrada, vinc d’enterrar el meu pare… El sentimiento que le pone a la letra traspasa sus ojos, cerrados, dirigidos hacia el techo. El ambiente es muy íntimo, los asistentes están en semicírculo alrededor del escenario. Sigue con el tema Mal al cor (Morts, desastre i barbàrie, 2008), después de 4 años sin tocarla. La letra habla de que cuando estás mal te da por romper cosas y él mismo se rompe. Entre canción y canción dedica unas palabras temblorosas y con mucho afecto a su amigo Quim. Antes de terminar el bolo se anima más con temas como Qui vol consells? (Brou, 2011), más agudo, con más fuerza en la guitarra, más crudo y con más ginebra también. “Cuando llegas a la edad en la que ya no te mides la polla ni quieres ser Superman”, de eso habla en uno de sus últimos temas Mentre dorms (Senyores senyores senyores, 2015). Sin embargo, vuelve a medírsela en una canción más cañera, más de sexo, droga y rock’n’roll, recordando sus noches en el Sidecar: Mariluz, en la que se la sopla todo mientras sopla la armónica. Por último, versiona un par de temas de Kinks como Waterloo Sunset – sufriendo en los falsetes – de la que se olvida de los acordes por un momento, por la muy evidente emoción que se está conteniendo. Dedica un abrazo a Quim y se despide: “este bar es la hostia”.

“Me fichó para hacer bailar a la gente y eso es lo que toca hoy”. Óscar D’Aniello vaticina su homenaje, junto con Dani Acedo. Delafé suena vivísimo, resonando los latidos de los bombos en pies y tórax – eso no se siente en Spotify así que es obligado ir a sus conciertos -. No sólo se le queda pequeño el escenario, sino el techo. El ritmo es una extensión de sus extremidades. La música electrónica que controla Dani y el rap de Oscar se abren en canal con Días y días (La fuerza irresistible, 2016), su último álbum después de la marcha de Helena, con temas muy positivistas. Como siempre. Mucha energía, mucha actividad en un solo cuerpo, más que hiperactividad. Oscar zigzaguea las piernas como si no tuviese ninguna estructura ósea. Lo han conseguido desde el minuto uno: todos bailando. Encarama la mano en el techo, sabiendo que puede traspasarlo, con la música. Definitivamente, estotampocosepara. Es imposible quitar la mirada a Óscar, es un espectáculo. La sala se viene arriba tanto como él – o lo intenta – y toca ¡Dale gas!, la conocida BSO de la peli Yo soy la Juani. En el escenario no hay burbujas de jabón, no hay pelotas de colores ni plumas de indios como en muchos de sus conciertos, pero no hace falta. Delafé hace del color rojo del Sidecar su propio arcoíris. Él brilla como el sol y las letras empapan como la misma lluvia. Por momentos baila como si estuviese en Matrix, al son ralentizado de la música que pincha Dani, en otras se parece más al Príncipe de Bel-Air y en otras mueve los pies muy a lo Michael Jackson. Las canciones se entrelazan unas con otras, los ritmos unos con otros, nada se acopla, sólo el público, que está recibiendo un buen chute de alegría. Es como si Delafé se hubiera quedado soltero y empezase a hacer orgías, musicales. Se suma al homenaje de Delafé su amigo Carlos Cros y cantan juntos Diario de batalla también de su nuevo álbum. Todo el público corea fuerte ¡Nooooo máaaas lágrimaaaas!. La sala se convierte en un solo pulmón.

También toca el techo Brighton 64, una generación mayor que los que hoy pisan el escenario. Más duros, más rockeros y frenéticos. Jordi Fontich pasa del teclado a la pandereta y de la izquierda al centro del escenario en medio segundo. Llega un momento que no sabes dónde mirar, si al teclado, a su pandereta o a su corbata que lleva dibujada una gran cerveza. La agita igual que al público, joven, con uno de sus primeros temas de estilo mod británico Ponte en marcha para mí (El problema es la edad, 1987) y que, más tarde, también pasó por TVE. Lo que no parecía acabar de ponerse en marcha era el micro de los coros, pero se solventó rápido y añadiendo un toque de humor que acabó de tildar el ritmo. Desde que el grupo se formó en 1981 han recorridos muchos caminos, pero los primeros fueron con Quim, al que le dedican Caminos por recorrer de su último álbum (Modernista, 2015). Cuántas veces se ha dedicado esta canción en homenajes, como a Alfredo Calonge hace dos años, y Ricky Gil la canta con mucha gratitud.

Y para despedir la velada llega el turno, de milagro, de Sidonie. La culminación de algo tan bonito como está siendo casi se atrasa por culpa del AVE que llevaba a Marc Ros de Madrid al Sidecar de Barcelona. Pero nada impide que la banda al completo homenajee a su amigo Quim. Pese a las prisas, todo suena perfecto – menos el corito de las chicas del público que desafinan bastante, muy a lo groopies -. Pero no es su culpa, están poseídas, como todos. Cómo no van a estarlo si el primer tema que tocan es Os queremos, de su álbum más reciente y más irónico (El peor grupo del mundo, 2016). El segundo tema es más coreado – si puede ser – Costa Azul, el que dejó a sus fans taciturnos en su momento ya que era una canción de despedida. Marc y Jesús, el bajista, cantan sin dejar de sonreír, mirándose con más complicidad que la de muchas parejas, felices por estar aquí, esta noche, en esta sala por y para Quim. El batería, Axel, es de todos los que han explicado su historia con el programador del Sidecar, el que no ha podido contener las lágrimas. Se hace un brindis con cerveza, el público también la alza, con muchísima emoción. Se añade Oscar de Delafé a traer más birras y se queda para cantar con Sidonie Carreteras infinitas, un tema más popero, de su último álbum.

No parece que Marc Ros haya estado todo el día en Madrid colaborando en otros proyectos. Está on fire, brincando, sonriendo y, cada vez, a más en vez de a menos. Se levanta la camiseta desinhibidamente.

Dos chicas del público arrancan el micrófono que se les ha ofrecido. Locura. Cantan, corean, saltan, vibran. Todos. Todos, todos. El público se infla más de lo que puede. La sala Sidecar de Barcelona explota energía, fuerza, emoción. Se suben en los tambores de la batería, en vez de tocar los platos hacen música en el techo. Se suben en los altavoces, se brindan guitarras y cervezas. Se aspavienta nostalgia y euforia. Se pierden los micrófonos bajo el escenario. Todos parecen poseídos. Arriba y abajo. Todos. Todos por Quim Blanco. Así termina la primera velada de homenaje a un visionario de la música, la que no se veía, pero él hacía oír: ¡Viva Quim!

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Le Petit Ramon

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Delafé

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Delafé

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Brighton 64

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Delafé

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Brighton 64

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Sidonie

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Brighton 64

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Sidonie

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Sidonie

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Sidonie

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Sidonie

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Sidonie

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Sidonie

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