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OMD: Regreso al futuro

Texto: Nadia Dubikin
Foto: Sergi Moro

Escenario negro, luces apagadas y, de alguna manera, la audiencia predice a gritos que ya van a salir Paul y Andy, más conocidos como OMD. A pocos segundos ya suena un sintetizador. Y aparecen. Tan a juego con el escenario que casi se difuminan en él. Ya se encienden las primeras luces de color morado neón, que atraviesan la sala para llegar al fondo negro. La música se empieza a complicar y reconocemos Ghost star. Este solo ha sido el principio de lo que será una velada perfecta de San Valentín para todos los amantes del synth pop de los ochenta, que se han reunido hoy en la sala uno de Razzmatazz para presenciar a estas leyendas de la música británica.

Es en la tercera canción cuando podemos oír un clasiquísimo: Messages, con el aviso de Andy de que también van a cantar canciones viejas, pero sobre todo preocupado por si nos habíamos traído zapatos para bailar. Aquí también es cuando aparece su bajo. Bajo conectado a los amplis por inalámbrico – si no va a poder bailar de manera espasmódica como lo ha estado haciendo, por lo menos tendrá la posibilidad de moverse de un lado al otro del escenario -. Y es que Andy McCluskey no carga con cincuenta y ocho años, sino que los monta. Está tan empeñado en meter caña y que se nos vaya la cabeza que, al acabar la canción, en lugar de dar las gracias por la oleada de vitoreos de la audiencia, nos grita “Yes? Yes!?” sólo para confirmar si estamos satisfechos o necesitamos incluso más energía de la que nos está dando. Si no le hubiera ido tan bien en la música, este hombre debería haber sido instructor de aerobic, ¿os imagináis los típicos vídeos de fitness de los ochenta con OMD de fondo? Planazo.

Andy McCluskey no carga con cincuenta y ocho años, sino que los monta.

Posiblemente para darnos un descanso, Andy se pasa al teclado y Paul se pone al micro para cantar (Forever) Live and die. Paul Humphreys es más tierno, más sentido. Son, en definitiva, personalidades complementarias. Si Andy baila saltando y pegándose con una mano en el pecho para marcar el ritmo mientras retuerce el otro brazo por todo el cuerpo, Paul se desliza, suavemente, a juego con su voz, por todo el escenario. Nos conquista al mismo nivel, pero de manera diferente. De todas formas, la atmósfera que crea la canción se convierte otra vez en electricidad con la vuelta de Andy cantando If you leave. Cada vez interactúa más con la audiencia. Se nos acerca, nos señala, nos toca. Se aventura a salir del escenario por la escalera de la izquierda, pero nunca baja a nuestro nivel. Sigue con el propósito de dirigir nuestra sesión de baile. En Maid of Orleans aparecen luces blancas en flash que sólo nos dejan ver en fotogramas separados las diferentes posiciones que adopta su cuerpo, y al final nos aconseja bailar como si nadie nos estuviera mirando.

Entre los temazos, los neones de mil colores y el baile nadie nota nada, pero nos enteramos de que ellos no pueden oír una mierda. Por problemas técnicos, hemos tenido que esperar unos veinte minutos a que nuestros queridos OMD puedan volver al escenario, pero cuando lo hacen, con la mejor energía posible, lo hacen fuerte. Por fin, Enola gay. Todo el mundo grita, todo el mundo la canta de principio a fin. Aquí todos conocen el himno. Para seguir con la emoción, deciden darle el gusto a una chica de la primera fila que ha ido con la letra de Dreaming pintada en la cara. Esto seguro que no estaba planeado. Orgulloso hincha del Liverpool se da el gustazo de anunciar que mientras esperaban a solucionar los problemas técnicos ha comprobado que les han metido cinco goles al Oporto. Pero se acerca el final, y planean cerrar el chiringuito con, según sus propias palabras, la canción más vieja, y la más rápida. Estos monstruos escribieron Electricity con sólo dieciséis años.

Y al final, cuando pensábamos que ya había sido todo, mientras Paul se despide de nosotros, veo cómo Andy hace señas a los técnicos de la sala con la mano. Coge el micrófono, mira a Paul y dice “tenemos cinco minutos, a la mierda, vamos a hacerlo”, y como guinda a un pastel electrónico y evocativo, tenemos el placer de que nos vuelvan a deleitar con un encore de, sin ninguna queja por parte de ninguno de nosotros, un segundo Enola gay. No se puede pedir más.

OMD. Razzmatazz

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