Cruïlla Barcelona sabe de dónde viene y a dónde va

‘Para gustos colores’ podría ser el lema del Cruïlla Barcelona, un festival tan diverso, ecléctico y heterogéneo como sus asistentes.

Decía un amigo que el festival perfecto sería uno con el cartel del Primavera Sound, la localización del Vida Festival, la personalidad del Sónar y el público del Cruïlla Barcelona. No le falta razón. Los asistentes al Cruïlla – en general – no miran por encima del hombro, no van pasadísimos – en general, ¿vale? -, no son cleptómanos; sino que sonríen amablemente, tienen personalidades y profesiones interesantes, se preocupan por los demás. Así, se crea un mood relajado y distendido. Y lleno de amigos: Siendo la mayoría locales*, es raro que no te encuentres a nadie conocido. Los organizadores del festival saben que su público tiene inquietudes especiales y saben, además, cómo cuidarlo: Tiendas locales de comercio justo, ONGs luchando contra #currosmierder o vasos biodegradables para aliviar sus inquietudes. Y correfocs dando vidilla, manicuras y masajes o estampas perfectas para Instagram (como las jirafas del White Summer o la decoración marinera de Lluís Danés en el escenario principal) para satisfacer todo tipo de gustos.

Se caracteriza precisamente por esto: Además de que enamora, podría decirse del Cruïlla que para gustos colores. Propuestas internacionales, nacionales y locales nutren un line up con géneros tan variados como el reggae, el rock, el hip hop, el folk, la electrónica, el pop, la rumba, el world music, la cumbia… A priori los grupos parecen no encajar entre sí, pero una vez estás en el Fòrum de Barcelona te das cuenta de que todo fluye con una naturalidad que a veces es difícil de encontrar en otros festivales.

*Una anécdota curiosa: Entre concierto y concierto, en las pantallas se proyectaban diferentes informaciones (salidas de emergencia, publicidad, etc). Uno de estos vídeos nos llamó especialmente la atención porque detallaba cómo es el público del festival. Decían que eran 41% mujeres, 40% hombres, 19% NS/NC; por ejemplo. También saben su procedencia, en general de Barcelona y alrededores, como Sabadell (más de 200 personas) o Mataró (más de 300 personas). E, y aquí viene lo curioso, incluso había un alma solitaria de un pequeño pueblo llamado Avinyonet de Puigventós (si por casualidad estás leyendo esto, por favor manifiéstate, queremos conocerte. Solo por las risas).

Viernes

Con Gilberto Gil se estaba como en familia. Al principio se escuchaba más la conversación que había entre el público que la música de esta leyenda brasileña, como si los jóvenes no quisieran escuchar a los mayores. Pero, como en cada reunión con tus consanguíneos, los momentos incómodos dejaban paso a la nostalgia (Gil rememoraba sus éxitos en esta reinterpretación de su mítico disco Rafavela para celebrar su 40 aniversario), por lo que ya todos participaban de la conversación. Algunas canciones – Babá alapalá, Sarará miolo o el efímero pero intenso viaje a Cabo Verde que vivimos gracias a Mayra Andrade – hicieron que la atención se dirigiera al escenario. La referencia familiar no es casualidad: Los que amenizaban la tarde del viernes no solo compartían escenario, también apellido.

Un poco más tarde el equipo blaugrana aka Phrophets of Rage, lograron que todos sacáramos nuestro lado más rockero y reivindicativo. Con solo mencionar que el guitarrista del grupo llevaba un mensaje contra el presidente Trump en su guitarra es suficiente para saber con qué fuerza pisaron el escenario. El grupo, que reúne a integrantes de Rage Against the Machine, Cypress Hill y Public Enemy llegó para compartir su ira, su estilo y su opinión sobre Estados Unidos, sobre Catalunya y sobre la música; y lo hicieron a lo más epic mode. Testify, Take the power back y Bullet in the head, entre otras, levantaron al público y no les dejó descansar hasta que artistas y asistentes hicieron catarsis. Dirección a Damien Marley escuchamos entre el público algo así como “bua pavo, Prophets ha sido una pedazo gozada que what the fuck men”. Y pegó una risotada. Todo dicho.

Quizá no es extraordinario, ya que en otros festivales a veces también pasa, pero sí lo suficientemente peculiar como para comentarlo. Y es que algunos artistas hacían referencias a otros artistas del cartel. Por ejemplo, Gilberto Gil realizó una fantástica cover de Three little birds el mismo día que actuaba uno de los hijos de Bob Marley, Damian ‘Jr. Gong’ Marley. Que, por cierto, tardó más de un cuarto de hora en salir a escena. Pero lo compensó con creces: Damian Marley interpretó exitazos de su padre como Could yo be love y, por supuesto, también temas de cosecha propia. La gente estaba extasiada. Otra mezcla interesante: N.E.R.D. hizo una cover de Seven nation army, uno de los máximos hits de The White Stripes – recordamos que el día anterior Jack White, exlíder de los Stripes, la había interpretado en ese mismo escenario -. No fue la única versión que hizo N.E.R.D., el grupo de Pharrell Williams y compañía: Get lucky (Daft Punk), Blurred lines (Robin Thicke), Hollaback girl (Gwen Stefani)… No faltó nuestra favorita: 1000.

¿El pero de la noche? Lo de Kygo era un poco extraño porque parecía que se había equivocado de recinto y en realidad pinchaba en el Barcelona Beach Festival. Demasiado naíf y poco consistente su propuesta desde nuestro punto de vista. Suerte que había otras opciones. Por la tarde noche pudimos disfrutar de los conciertos de Joana Serrat y Mi Capitán en la Carpa Movistar, por ejemplo. Y en el escenario Time Out con grupos de la talla de Lori Meyers, donde se escuchaban conversaciones un tanto hilarantes…

  • “Tía, este era mi grupazo del siglo. Me encantaban cuando nadie en Galicia gozaba el indie”, dice una chica vestida de rojo bajando las escaleras.

Y cantaron Emborracharse – su hit más comercial – sobre todo la que no había dicho la frase anterior, que iba de blanco.

  • “Yo no les tengo muy controlados, la verdad”, le respondió su amiga, la chica de la camiseta blanca.

Después del tute, qué mejor para terminar el día que brincar al ritmo de Fuego, Somos dos o To my love. Solo Bomba Estéreo sabe quitarle el cansancio a los pies de una multitud que lleva varias horas en pie. Simplemente ver a Li entrar vestida como un pollo (con un abrigo amarillo y peludo) te saca una sonrisa. El grupo encontró la fórmula del éxito mezclando los ritmos de la tradición musical colombiana con electrónica, rap, reggae y una pizca de fogosidad caribeña, y desde entonces lo petan donde quiera que vayan. En el Cruïllla lo hicieron explosivamente y cerraron el segundo día del festival con todo el entusiasmo que un público festivalero puede desear.

Sábado

“África”, decía Fatoumata Diawara. “¡África!”, le respondía apasionado el público. Acababan de entrar al recinto, pero los asistentes al tercer y último día del festival ya estaban animadísimos. Es una de las virtudes de la música: No importa tu cultura, el baile y las ganas de divertirse son universales. Un concierto inspirador y frenético el de Fatoumata. Más relajados estaban SOJA, con un reggae que invitaba a moverse despreocupadamente, o los We The Lion, que quizá se conviertan en grupo imprescindible de la escena folk de aquí a unos años. Pues esta banda originaria de Perú lleva algo menos de año y medio girando pero sabe jugar bien sus bazas – pasaron del cero total a que su primer single, Found love, se escuchara en todo el mundo -. En el escenario de Movistar hicieron dos homenajes a los grupos que admiran, por lo que durante su repertorio colaron el Hey ho (The Lumminers) y Little talks (Munford and Sons). Sin duda una pauta de a dónde quieren llegar.

El que no sabemos a dónde va pero sí de donde viene es Albert Hammond Jr. Su CV podría describir enteramente la evolución del rock alternativo de su generación. El guitarrista de The Strokes continúa en paralelo su carrera en solitario y conjuga su participación en el grupo con la gira de su propio álbum Francis trouble. Esta última entrega, según afirma en varias entrevistas, está inspirada en la historia de su hermano gemelo difunto y en cómo Albert se apropió de su uña y creó un alter ego de ello.

Y, atención, porque aquí llega lo mejorcito de todo el Cruïlla: David Byrne.

No era un concierto para bailar (a ver, que cada uno es libre, pero no sé) ni para cantar (aunque algunas canciones si se daban para ello, sobre todo cuando interpretaba las míticas de The Talking Heads). Lo de Byrne era más bien una experiencia inmersiva, una fumada de las buenas, una reafirmación de que ver a leyendas vivas de la música en concierto por A o por B te cunde.

De hecho, más que un concierto podría haber pasado por algún tipo de teatro musical. Escenario vacío, con unas cortinas recubriendo las paredes que cambiaban de color según el mood de la canción como única decoración. Atrezzo que hacía a la vez de aislante, creando la sensación de que en esa caja mágica todo podía ser posible. Estética tan sobria que por no haber no había ni baterías, ni micrófonos, ni cables. Los músicos que le acompañaban llevaban los instrumentos adjuntados a sus cuerpos, lo que les permitía moverse con coreografías elaboradas a la par que elocuentes. Un detalle importante: En la banda había por igual mujeres, hombres, varias tonalidades de piel… Bien, bien, nos gusta.

Lo de ‘está en plena forma’ es un cliché periodístico en toda regla. Casi tanto como decir ‘en toda regla’. Pero en esta ocasión le va al pelo porque – aunque si fuera un ser humano normal estaría ya jubilándose – Byrne presentó su último trabajo, American utopia, con una clara apuesta por mantenerse joven, sin caer por ello en superficialidades que le obligarían a cambiar su personalidad. Él, siempre elegante, tan pronto opina sobre política catalana – que animara a votar siempre que tengamos la oportunidad provocó un rugir popular – como defiende el feminismo. Y en materia musical tanto nos llevaba en una futurista odisea al espacio como a los 80 con temas como Burning down the house, de su etapa como líder de los Talking Heads.

El festival, que comenzó el jueves a medio gas y subió el viernes al 75% de potencia, ascendió al 100% el sábado gracias al show de Byrne. Estábamos en una nube cuando comenzaron The Roots, que nos bajaron a la Tierra para que luego Ben Howard nos volviera a subir al cielo. Y para (casi) finalizar la edición de este año, en el stage principal se colocó una gran cruz luminosa que acompaña siempre al dúo francés Justice. Habituales en las últimas ediciones de algunos de los festivales más importantes del país – estuvieron en la pasada edición del Sónar y este año también se pasaban por el Mad Cool -, no defraudaron. Con quince años de carrera es difícil mantenerse en la cresta de la ola, pero sus canciones continúan sonando en cada fiesta que tenga la palabra electrónica en su semántica. La conclusión que nos llevamos de Albert Hammond, de Justice y del fin de fiesta con Orbital es que ya no hay edad para seguir rockeando. Nunca la hubo.

Y la que nos llevamos del Cruïlla, en general, es que es un festival con trayectoria y el equipo que está detrás de bambalinas saben bien lo que hacen. Y se nota porque no hubo ningún problema – no todos pueden decir lo mismo, ejem – ni apenas quejas en las redes – a excepción del tema de los baños, que estaban asquerosos si los comparas con ediciones anteriores -. En resumen. Que es un festival que tiene presente de dónde viene – comenzó humildemente en Mataró y fue creciendo con el paso de los años – y a dónde va – mejor escalón a escalón, lento pero seguro, que romperte los dientes por haber querido avanzar demasiado rápido -.

Posdata. Una sugerencia: ¡Que la fiesta no acabe tan pronto! Que queremos ver salir el sol en el Fòrum escuchando hits y no en la Diagonal después de dos horas buscando taxis.

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