Nos metemos en la mente de Ezra Furman con este relato musical

Ezra Furman (The Visions) ha inspirado este relato de ficción. Nos impactó en Primavera Sound y nos hemos imaginado un día en su vida.

Escucho mi propia voz detrás de la puerta mientras apuro mi vaso en el balcón de casa de Coleman. Agradezco que dentro todos estén demasiado borrachos para reconocer mis aullidos después del primer estribillo de Never home again.

No quiero que nadie se acerque y me grité al oído algo como ‘¿cuánto ha pasado desde la primera vez que te oímos tocarla en el Maude’s?’. Sería el tipo de pregunta que llevaría a otras preguntas. Cualquier posible respuesta ya suena en mi cabeza como acordes graves sobre mi voz aguda. Lo típico de cuando te cuesta reconocer que estás perdiendo. ‘Quizá, aunque ella quiere quedarse’. ‘Tengo alguna cosa nueva pero es complicado sacar otro disco’. ‘No, ahora mismo no sé lo que voy a hacer en los próximos meses’.

Pienso en mi plan para las próximas horas. Puedo quedarme aquí viendo apagarse las luces en las ventanas de mis antiguos vecinos mientras espero a que la nostalgia clave sus dientes en mi pecho. O puedo marcharme y caminar hasta el nuevo Granary confiando en que los poetas de turno solo hablen de política y redes sociales. Sé que esta no será una de esas noches en las que acabaré confesándome ante una cara desconocida y a cada segundo más familiar. La vista de la ciudad desde este barrio donde nunca crecimos, con ese aire irreal que tienen las cosas que ya no nos pertenecen, me hace sentir a salvo, lejos de todo lo que normalmente me mantiene despierto. Dentro, sin embargo, me cuesta creer que esta fue alguna vez mi casa.

Cole ha cambiado los sofás varias veces y parece que he agotado una de mis vidas desde la última noche que dormí aquí. No conozco mucho a sus nuevos amigos aunque todos parecen estar al corriente de todo. Algunos me miran como queriendo dejar claro que saben quién soy y que no me gustaría escuchar su opinión sobre mi último EP. Poco antes de llegar alguien me ha interceptado para preguntarme qué se sentía al telonear a Tillman. Le he contestado sin mirarle mientras avanzaba a través del salón en busca de algún rostro conocido. Quizá solo de alguien que me ofreciera un vaso sin juzgar mi voz astillada y mis ojos cansados. Fue un honor darle tiempo a que le bajara el subidón con el que había llegado. Ha sonado como lo más honesto que podría decir esta noche.

Sobre esta hora Annie estará llegando a casa, exhausta de pedalear desde Greystone después de cenar algo rápido en la oficina. Hace tiempo que no me importa verla solo por las mañanas y que ya no vayamos a las mismas fiestas. Pero no me atrevo a reconocérselo. No quiero que sepa lo mucho que aborrezco la vuelta a casa después de las últimas giras. Casi tanto como que ella aborrece encontrarme por las tardes en el sofá, absorto en el zumbido de los cascos, y tener que fingir que confía que lo que hago me dará dinero un día de estos. A veces el único milagro que puedes esperar es una huida temporal, como cuando antiguo amigo te escribe para decirte que cumple 31 en la otra punta de la ciudad.

Cole me ha dado las gracias por venir. Por un momento ha sonado fuera de esa nube de sarcasmo en la que vive desde que lo hicieron fijo en Buzzfeed. Una chica con muchos tatuajes y aspecto de estudiante de primer año de fotografía bailaba alrededor de él como si quisiera hacerle creer que era parte de un sueño. Supongo que llevarán una semana saliendo. Eso si no se vieron anoche por primera vez en alguna inauguración u otro de esos eventos donde todo el mundo es amigo de todo el mundo pero nadie conoce a nadie. Apenas hay luz en el piso y el aire está tan cargado como en los bares cerca del campus donde íbamos cuando ya éramos demasiado mayores para pasar por universitarios. Viendo su expresión adormecida mirando bailar a la chica me he preguntado si todavía conozco a Cole.

Pensaba en marcharme cuando he recordado que Riley estaría aquí. Hace poco que Cole contó lo de su traslado. Nombró una ciudad en el hemisferio sur, puede que en Nueva Zelanda. Me vino a la cabeza un paisaje con playas escondidas y carreteras desiertas, el lugar ideal donde perderte para siempre. Intenté contar las veces que había pensado en llamarla cada vez que volvía a la ciudad después de un tiempo girando. De pronto sentí que ya no podía echarla de menos. La he encontrado en la cocina descorchando una botella, con esa expresión inquieta de quien no sabe por qué necesita un trago. Al verla he intentado integrar su imagen con el ruido aleatorio que llegaba desde el salón y el balanceo lento pero constante del alcohol en mi cabeza. Quería pensar en ella como en alguien con quien puedes hablar una noche sin pensar si os habéis visto antes o si esperas verle a la mañana siguiente. ¿Cómo estás?, le dije en un intento cobarde de actuar como si hubiéramos hablado algo desde los últimos años.

Riley me ha mirado abriendo mucho los ojos, como exagerando su asombro para desenmascarar mi engaño. No ha sido necesario fingir que todavía éramos amigos.   Bien. Ha dicho, acercándose para llenar mi vaso. Y preocupada por Cole. ¿Crees que piensa envejecer así?

Supongo que ahora mismo puede permitirse no envejecer nunca, contesté. Y se me ocurrió que quizá era eso lo que celebrábamos esta noche, la inmunidad de Cole y sus amigos a la crisis de los treinta.

Ella parecía estar pensando lo mismo. ¿Y tú, qué es lo que piensas hacer?, preguntó. Sonó con cierto tono inquisitivo, como recién acabado el instituto, cuando cualquier respuesta parecía posible pero ninguna demasiado importante. He intentado imaginar lo que contestaría con diecisiete años. Pero Riley tiene una de esas caras que exigen la verdad. Y esta noche me ha hecho reconocerla en voz alta: Escapar de aquí. Quizá en un rato. Quizá nunca vuelva.

Me ha sonreído cansada mientras yo la seguía hacia el balcón. Nunca has hecho otra cosa desde que te conozco.

Vacío mi vaso de golpe. Esta noche la verdad es como una mancha de vino horrible que se extiende desde tu pecho y trepa tu cara y te hace sentir miedo de mirar a otra persona porque sabes que es posible que vayas a mentirle. Y entre tanto la otra persona actuará como te creyera cuando le dices cosas como ‘te echaré de menos’. Ella me cuenta sobre su trabajo en Auckland. Intento escucharla pero no dejo de recordarla todas las veces en este mismo sitio, bebiendo y fumando hasta muy tarde y quejándose de que nunca encontrará su hogar. Quiero invocar el dolor de aquellas noches en las que podía sentir miedo al ver mi vida alejarse; como cuando te quedas inmovilizado, contemplando en silencio cómo la mujer más guapa que jamás has visto camina por la calle, distanciándose de ti, sin valor, por supuesto, para hacer nada al respecto.

Una y otra vez me fuerzo a recordarla, como si quisiera entrar en trance. Ella vuelve a llenar mi vaso unas cuantas veces más. Está feliz hablando de sus próximas navidades en la playa. Me obliga a mentirle sobre la posibilidad de conseguir un contrato tan bueno que me lleve a tocar al otro lado del mundo. Tengo la sensación de que hemos pactado no decir nada acerca de lo que hemos hecho en los últimos años. Quiero despedirme con un abrazo tembloroso pero fuerte, dejar un mensaje en su cuerpo que la haga regresar tarde o temprano. Pero la idea de no volver a verla no me asusta. O no tanto como descubrir que conocerla no me ha dejado marca. Sigo buscando esa marca cuando ya se ha ido.

Al cabo de un rato escucho mi aullido desde dentro de la casa. Me sorprende que Cole todavía me guarde en sus listas de reproducción. No me imaginaba Never home again sonando precisamente aquí y ahora. No es una de las mejores que he escrito, pero no me cuesta reconocerme en ese estado, con esas ganas de hacer algo drástico si no me dejan irme.

Y de pronto he dejado que mi voz me invada. Estoy aullando por dentro con esa mezcla única de angustia, rabia y decisión que se destila en un concierto de punk. Escucho mis palpitaciones como si mi corazón estuviera conectado a un amplificador. Mi apatía se desprende como una costra antes de que la herida se haya curado. Esta noche no me escucho como un fantasma postadolescente reprochándome lo grande que podía haber sido, sino como el mismo fugitivo que sigo siendo. Y todo porque sé que volveré a hacerlo. Volveré a escaparme, quizá en un rato. Quizá regrese de vez en cuando. Termino el vaso justo cuando la canción acaba. Ese último rastro de Riley que termina de quemarme en el pecho es como lo más parecido a regresar a casa.

Imagen de portada © Andreea Dragomir

A continuación la canción que ha inspirado este relato:

Autores de este artículo

Isabel Marqués

Isabel Marqués

Veintitantos. Intento continuo de crítico cultural. Me mudé a Londres porque eso es lo que haces cuando tienes un título en filología, una obsesión por el estilo urbano y ganas de pasar hambre a cambio de buenos conciertos de cuando en cuando.

Andreea Dragomir

Andreea Dragomir

Hice mi primer curso de dibujo cuando tenía cinco años. Ahí comenzó mi camino. Años después me doy cuenta de que no podría haber sido más bonito. Soy diseñadora gráfica y tengo un bebé, la marca Meraki Design, que ilustra tradiciones.

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