El videoclip del año es… de Bob Dylan

¿Se puede considerar el sketch de Jimmy Fallon Show junto a Bob Dylan uno de los mejores videoclips del año? Nosotros creemos que sí por producir el acto promocional más sutil y, a la vez, más desconcertante que recordamos.
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Ni la catarsis en bálsamo que Rosalía exudaba en cada uno de los capítulos de El mal querer (Sony, 2018); ni la iconografía racial desglosada por Childish Gambino en el multiparodiado This is America; ni tan siquiera (acójanos Señor) el último delirio de Leticia Sabater para celebrar las fiestas. Me temo que esta vez el videoclip del año recae en el bardo vetusto al que sólo le falta emerger de entre las tinieblas con las Tablas de la Ley para confirmar su senectud: Bob Dylan ha vuelto a jugárnosla.

Lo sé, lo sé, parece imposible que alguien pueda superar a un nazareno haciendo gliding en un skate con picos metálicos, pero ha ocurrido. El Nobel de literatura, doctor magna cum laude en tomarle el pelo al público respecto al nivel de expectativas y pretensiones, ha decidido revocar el principio de risa fácil de la televisión norteamericana y producir el acto promocional más sutil y, a la vez, más desconcertante, desde que un delfín carraspeaba a Antonio Molina sobre quién recuerda ya qué producto.

Hace apenas unas semanas, en el show de Jimmy Fallon, conocido dylanófilo (por favor, repasad la parodia descomunal con la que rinde tributo a The times they are a-changin) y presentador de carcajada mecánica e impostada, el hombre que puso sus vísceras sobre acordes en Blood on the Tracks, decidió someter a todo el organigrama del programa a un juego especular. En lugar de arrojarse a los protocolos tradicionales del late night yanqui, que incluye el consabido interrogatorio y aplastamiento de glúteos con el invitado de turno, Dylan prefirió exhibir su leyenda con los tintes lánguidos de un paso efímero.

Disponiendo una carpa de circo itinerante, y arropado por el espíritu ubicuo y atemporal de Dylan, Fallon y el cantante sorben moderadamente el whiskey que el de Duluth trae como parte de la promoción. Eso es, lector o lectora: ni un disco, ni un single, ni una actuación cercana. El mejor videoclip del año lanza una bebida que rima genial con dos cubos de hielo. Y lo hace, además, en parco silencio. Ni siquiera un ambiente remoto de paquidermo entregado a sus quehaceres digestivos, o quiebre de huesos de un trapecista amateur. En todo el tiempo que dura este sketch, si es que puede alcanzar esa categoría, Dylan no musita ni un suspiro. Ni un mero ladeo de cabeza. Impertérrito, cincelado en la historia de un momento al que ha condescendido desde su púlpito inmarcesble, Dylan soporta estoicamente el llanto quedo de fan adulador que Fallon lucha por sostener en la garganta (o puede que sea, quizás, el trago de whiskey; no lo sabemos).

Un videoclip es, esencialmente, el desdoblamiento de un concepto para darle entidad visual a una canción. Puede constituirse como una explosión estética, como un atrezzo dramático o como una exhibición de contorsiones musculares, por citar lugares comunes. Pero, en última instancia, un videoclip es el envoltorio cáustico que ha de reforzar la idea base de un producto, la canción, para que alcance a quien, al otro lado de YouTube (a quién vamos a engañar) estaría dispuesto a no pagar su cuota de autónomo de ese mes y derrochar su azar (y su legado) en tu nuevo trabajo. Y en este caso, Fallon mediante, Dylan vuelve a demostrarnos que las jerarquías existen por algo, y que en materia de misterio y devoción a ultranza por la privacidad, nadie sabe vender sus intrigas como él. Y todo, proyectando una alquimia de la indiferencia y una lección única de indolencia comercial.

La serenidad es un éxito. La autenticidad, quizás, sea menos explícita en este caso. Y, por supuesto, lo que prima es la hosquedad, la sensación de asco por parte del mito frente al mitómano Fallon. Pero no ha tenido que mover una ceja para que supiéramos que levitaba. Para que temiéramos parpadear y perdernos en una fantasmagoría y devolvernos a un tiempo sembrado de dudas (y de deudas). La deriva de los videoclips en este año es el del histrionismo nuclear, centrífugo: todo vuelto hacia uno mismo con el mayor ruido y la más ensañada furia posible. Sin embargo, a veces conviene estudiar la malaeducación y la austeridad de recursos, y trabajar un perfil donde las grietas de la humanidad se sientan más auténticas por arrugar el ceño y la barbilla. El mutis de Dylan persuade más que la halterofilia de músicos imberbes o la estrafalaria pirotecnia de algunos veteranos reconvertidos a ídolos yermos. Escribo esta pieza mientras busco (con demasiado interés) el nombre del whiskey en cuestión. Os dije que Dylan nos la había vuelto a jugar. Menudo sinvergüenza.

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