Bad Gyal para principantes

Un día antes del 8 de marzo, Alba Farelo cumple 22 años. La cosa tiene sus entrañas, aunque a priori pueda parecer que no es así, y es que el gesto reivindicativo de esta artista marginal devenida en súperestrella industrial y mainstream procede casi casi del futuro. Bad Gyal canta como si el feminismo hubiese triunfado.
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Como sé que desmontar prejuicios es complicado, empezaré golpeando desde arriba. Quizá, tras la indignación total de mi primera afirmación, las demás cosas que diga os parezcan medianamente lógicas y aceptables. Va: la música de Bad Gyal tiene un compromiso estético inapelable. ¡Ja!

Bad Gyal: ficha técnica

 

1. Una chica perreando mientras sale el sol

Si el arte es ética y estética, podemos empezar pensando en Bad Gyal en esos términos. Definámosla primero: Alba Farelo —que así se llama la chica mala confesa— es, en términos de discusión pública y repercusión industrial, una de las más fulgurantes apariciones de los últimos años en el dancehall español; una de las cumbres de la conversación en torno al trap. ¿Cuál es su propuesta? Bien: Bad Gyal articula su música en torno a la lúdica idea del baile como elemento de transgresión. En ese sentido, tiene sentido que haya apostado por el dancehall, un género tradicionalmente ligado a lo discotequero, como vehículo para incrustar su discurso.

Una vez más, puede parecer que toda esta voluntad discursiva se apega inevitablemente a lo banal. Pese a todo, vayámonos a lo ético: Bad Gyal subvierte los términos de género y se coloca a sí misma, una mujer, comandando barricadas de un género tan ligado a la masculinidad como lo puede ser el trap —en herencia del rap o el reggaetón—. Al mismo tiempo, no tiene ningún tipo de reparo a la hora de hablar de los mismos temas que afrontan sus compañeros hombres: sexo, dinero, drogas, fama.

Esa libertad manifiesta deja entrever a una artista que ha alcanzado un grado de desinhibición creativa que, por naturaleza, adquiere una enorme fuerza política. Lo interesante de todo esto es que Bad Gyal no es más que la punta del iceberg: la parte visible e industrializada de todo un movimiento político-cultural destinado a revertir la perspectiva en la batalla de género. Ahora, el objetivo es asumir ciertas libertades para que, a base de nombrarlas, se acaben integrando en el imaginario social.

2. El chándal era la ropa lujosa de las estrellas

Volvamos ahora a mi transgresión inicial y a la cuestión del compromiso estético de Bad Gyal. Entroncando esto con su relevancia ético-política, podemos pararnos un momento a pensar en la ejecución, en esa pirotecnia de efectos tecno-vocales que atiborran sus canciones y componen una suerte de paisaje entre lo hortera y lo estrafalario. Todo eso, la sobrecarga musical y visual —joyas, maquillaje, coches—, juegan en una misma dirección: colocar el debate en un lugar lejano, desentrañar la estancada disputa actual y despejar las cuestiones feministas y de clase a un elemento más puramente esencial. Si apuntamos a un objetivo delirante, es posible que escuchen cuando hablemos con sosiego.

Y esta consonancia ético-estética se reproduce también en el uso que Bad Gyal da al lenguaje. Su espectro léxico se mueve entre lo callejero, lo referencial —las marcas de ropa como modelos de representación de la realidad– y lo meramente soez. Lo que diferencia a Alba Farelo y sus compañeras de generación de aquellos otros artistas de los que beben es la conciencia social de lo que está ocurriendo: los elementos se recolocan inevitablemente al encontrarnos con unas letras que funcionan como fresco suburbial, que permanecen siempre tiznadas de un halo autoreferencial y que… al final, adquieren cierto poder generacional.

3. Del barrio a la piscina olímpica

Pero hay algo en Bad Gyal más interesante que su reposicionamiento feminista y su radicalización estilística: su adhesión a la fórmula mainstream. Esta cuestión ha propiciado que a sus 22 años recién cumplidos ocupe un lugar de privilegio en la industria musical —en la que sólo triunfa el fuego de artificio—, y obviamente le ha canjeado no pocas animadversiones dentro de los círculos musicales. El mes pasado, Cecilio G. lanzaba Million dollar baby, en la que canta: “yo soy de la calle, loco / yo no soy Bad Gyal”.

Aquí entramos en una nueva plataforma de discusión ética, más vinculada a la responsabilidad de un artista para con su propia producción, en tanto el trap surge como un género adherido a un circuito primordialmente marginal. Ocurre que la música de Bad Gyal emplea la base estética de esos orígenes pero la aplica con un disloque previo, utilizándola como máquina puramente industrial.

Es lícito preguntarse si esta decisión, de raíz comercial, está completamente vacía de discurso político. Aquí podemos entrar en análisis de diferentes capas:

  1. Análisis meramente artístico de las canciones: ¿Pierde calidad musical la obra de Bad Gyal merced a esta decisión? Es posible, en tanto se pliega a una serie de estándares comerciales que constriñen la libertad creativa.
  2. Análisis global del impacto y el alcance discursivo: ¿No alcanza, acaso, una dimensión diferente la música de Bad Gyal al desinhibirse como objeto de índole industrial y disfrutar de su propio estatus sin complejos? ¿No es ese el avance que anhelan numerosas batallas sociopolíticas actuales? El giro de lo autoreferencial proporciona al contexto de Alba Farelo una insólita capa de interés: ella ha conseguido entrar en lo mainstream siendo una mujer en un género tan masculino como el trap. Desde allí, su discurso lúdico y aparentemente banal adquiere un aire de manifiesto permanente, de reivindicación del derecho a la pura inconsciencia. Y ahí, de repente y por sorpresa, nacen algunas flores. En Bad Gyal, lo industrial no parece una decisión premeditada. Parece parte fundamental de lo que ella es y busca pelear.

4. Bad Gyal en contraplano

Bad Gyal habla, entre la inocencia y la completísima libertad:

Yo sólo puedo hablar de lo que me está pasando. Si no, me caduco y fuera. Igual hay gente que escribe muy bien y puede estar dos días con una letra; yo digo que mis letras no son tan buenas porque son la basurilla que tengo en la cabeza en ciertos momentos […] Soy consciente de lo que quiero, sí. Yo, insisto, me he tenido que aguantar cosas. Tengo la capacidad de hacerlo. Pero tengo una parte siempre muy consciente de lo que quiero”.


Entrevista en Mondosonoro.

Cinco canciones para entrar en Bad Gyal

1. Fiebre (Slow Wine, 2016)

El primer y, hasta la fecha, mayor hit de Bad Gyal. La canción con la que saltó la barrera y se convirtió en una de esas artistas que ella misma admiraba, capaces de copar todas las discotecas de un país. En ella podemos leer todas las constantes de su música posterior: “Había muchos tipos pero a ti te vi el primero / camiseta Armani con pantalones negros”, baile, lujo, celebración de la banalidad.

2. Mercadona (Slow Wine, 2016)

El título de esta canción referencia a esas realidades que la música trap ha empezado a nombrar; realidades desalojadas del mainstream al no pertenecer a los círculos de movimiento de los artistas que, hasta hoy, lo han poblado. Bad Gyal, pese al mecanismo industrial con el que lo engrasa todo, emplea el lenguaje también como identificador, como elemento clave para colocar el punto de mira en lugares silenciados. De nuevo, las marcas como bisagra interclasista: “Yo quiero Lomba y no Pimkie”.

3. Yo sigo iual (Worldwide Angel, 2018)

Quizá el mayor logro estético de Bad Gyal en lo que lleva de carrera. En Yo sigo iual, la artista catalana es capaz de amalgamar no sólo la esencia de su corta y meteórica carrera —que la llevó de Vilasa del Mar a Los Ángeles en apenas dos años—, sino también su propia herencia familiar y generacional. Desconozco si todas estas decisiones son voluntarias o si surgen de un proceso de inmanencia, pero el hecho de que Yo sigo iual esté escrita en catalán —cosa no habitual en la música de Bad Gyal— tiene ya por sí mismo un enorme valor expresivo. Después, los ramalazos melancólicos que lanza: “Jo estaba molt perduda quan em vaig posar a cantar / jo si em sentia una merda, ara sóc un exemple / només arribar a casa amb roba per totes les nenes”. ¡Que me digan que esta no es una voz a tener en cuenta!

4. Candela (Worldwide Angel, 2018)

Probablemente la canción que mejor resume la apuesta estilística de Bad Gyal. “Yo me pongo el Gucci y empiezo a confiar”. Pura dinamita bailarina destinada a subrayar su libertad, la libertad que le ha otorgado su salto social y mediático. De una manera u otra, en Bad Gyal siempre está presente el relato de ese proceso

5. Realize (Worldwide Angel, 2018)

“No, no, no / no me hace falta opinión”. ¡JA! ¿No era esta la liberación definitiva?

Imagen de portada © Andreea Dragomir

Autores de este artículo

Andreea Dragomir

Andreea Dragomir

Hice mi primer curso de dibujo cuando tenía cinco años. Ahí comenzó mi camino. Años después me doy cuenta de que no podría haber sido más bonito. Soy diseñadora gráfica y tengo un bebé, la marca Meraki Design, que ilustra tradiciones.

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