Florence + The Machine: Una flor de hormigón

Florence + The Machine consiguió ayer una conexión única con el público del Palau Sant Jordi de Barcelona dentro de su ‘High as hope tour’.
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Mareas de taxis yendo y volviendo del Palau Sant Jordi; en su interior, fans de Florence + The Machine que no entran en sí del gozo. Ayer en Barcelona, hoy en Madrid, este verano en el Hyde Park de Londres acompañada de Blood Orange, The National y Lykke Li… Florence Welsh es un tifón. Es devastadora. Avanza firme; su estela podría destruir sistemas, aniquilar fábricas, deshacer imperios —ojalá lo hiciera—. Y un segundo después dice un ‘gracias’ tan tímido y delicado que parece una niña de seis años. Nos hace entender que se siente a gusto aquí con nosotros. Percibe cómo nuestras mentes están conectándose entre sí. «It’s strong, like feminine energy —dice sonriendo— it’s beautiful». Joder, sí que lo es.

Lana Del Rey acuñó hace unos años un concepto interesantísimo: summertime sadness. Siguiendo con esta línea de ideas que se contraponen, Florence podría ser purpurina nostálgica, por ejemplo. Una fuerza delicada, un tsunami arrollador color rosa palo. Always lonely y un corazón con una estaca, como una Blancanieves moderna. Una quebradiza flor hecha de hormigón. Se descolgaron unas bandas de tela del techo. Precioso. Interpretó Hunger al poco de comenzar el concierto. Fue uno de los momentos mágicos de la noche. Esta canción pertenece a su último álbum, por el que se encuentra actualmente girando dentro de su High as hope tour, un disco que narra los problemas personales —anorexia, alcoholismo…—  y familiares  —con su abuela y su hermana—  que ha padecido años atrás.

At seventeen, I started to starve myself
I thought that love was a kind of emptiness
And at least I understood then the hunger I felt
And I didn’t have to call it loneliness

El recinto no está lleno pero gritan como nadie ha gritado nunca. Ella corre de un lado a otro, creando magia con el vuelo de su vestido. Tiene un no sé qué, un algo, que te envuelve, que te atrapa. Quizá por eso maneja el público a su antojo. Le pidió  que se levantaran de sus asientos para bailar con ella. Y lo hicieron. Le pidió que se abrazaran entre sí. Y lo hicieron. Le pidió que se dijeran que se querían. Y lo hicieron. Le pidió que dejaran sus móviles, primero educadamente y después a la manera británica: Put your fucking phone away!!! Y LO HICIERON. Obviamente la falta de conexión 3G hizo que el público se conectara más con ella. Y saltaron, y rieron. Un vínculo con el público como pocos he visto.

Breve referencia al Brexit sin nombrarlo —»love beyond borders porque estamos todos conectados»— antes de South London, el lugar de donde viene y donde hoy continúa viviendo— «somos british pero somos una banda europea… y estamos rodeados de amigos europeos»—. Y una expresión de amor antes de cantar un rato a capella Sky full of song hacia el público de ayer noche: les pidió que por favor se fueran con ella en todo el tour. Quienes sí la acompañaban eran Young Fathers, un lujazo de teloneros. Concierto excepcional; destacó el final con In my view. Para entonces ya habían conseguido generar una atmósfera increíble que se destruyó de un plumazo cuando encendieron todos los focos. Algo así. Los escoceses firman Cocoa sugar (Ninja tune, 2018), sin duda, uno de los mejores discos del año. Póntelo y ya me dirás si no es verdad.

Hacia el final, del techo salía purpurina. «Es raro que tu sueño de infancia realmente ocurra, y todos los días estoy agradecida y aterrorizada porque esto esté ocurriendo», se sincera Florence Walsh sobre el escenario. El público se unió a su feeling y creó un cielo de estrellas con sus linternas. Y, por supuesto, hubo espacio para la reivindicación feminista: dijo que este era un show sin «toxic masculinity«, tanto por parte de la banda como del público. Pues «si estáis aquí es porque creéis y apoyáis a las mujeres… ¡gracias!», añadió. Más de un/a se quedó afónico/a de tanto aplaudir chillando. En el encore se metió entre el público sin apenas seguridad, les tocaba, les abrazaba… le regalaban coronas y flores, con total veneración. No dejó de cantar en ningún momento. Las primeras filas estaban extasiadas. A más de un/a se le cayó una lagrimita. Y un final gigante con un Shake it out que nos dejó —me incluyo— a todes sin aliento. Dijo un día para Billboard que «la rabia femenina es una de las cosas más terroríficas que te puedas imaginar». Sea.

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