Rocío Márquez: La heterodoxia más ortodoxa

La reinterpretación de los los hallazgos de Rocío Márquez en el mercadillo de antigüedades de ‘El Jueves de la calle Feria de Sevilla’ –motivo de su nuevo trabajo– nos hizo estremecer en su presentación en Barcelona.
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El pasado 16 de Mayo Juan Gómez ‘Chicuelo‘ inauguró, con la excelencia que le caracteriza, la 26 edición del festival Ciutat Flamenco, coincidente este año con el 40 aniversario de la fundación de Taller de Músics, dichosa efeméride. Desde este primer concierto, en la sala Luz de Gas, hasta su finalización el postrero día del mes, el histórico evento ha programado nueve espectáculos de primer nivel y otras actividades adyacentes que ningún aficionado al género debería perderse. A Chicuelo, le siguió el saxofonista gaditano Antonio Lizana y a éste la cantaora onubense Rocío Márquez, en ella nos centramos.

Aparece en el escenario caminando lentamente mientras entona, sin acompañamiento musical, cruzando la palabra hablada con el cante Llegar a la meta, romance perteneciente a Visto en el Jueves (Universal, 2019) su último y turbador trabajo, motivo de la gira que está llevando a cabo, y que la trajo al certamen flamenco barcelonés para presentarlo. Comenzó con ese tipo de palo en desuso que practicaban Pepe Marchena o Pepe Pinto en los años 30, al cual Rocío quiere infundir nuevos bríos. La sala Oriol Martorell de L’Auditori tuvo el honor de acoger una función que, con toda seguridad, pasará a convertirse en una de las más memorables vividas de la dilatada historia del prestigioso festival.

Sin haber llegado todavía a la pubertad, con tan solo nueve años, Rocío Márquez ya aprendía cante en las peñas flamencas. Esa incipiente enseñanza y su posterior formación en la Fundación Cristina Hereen de Sevilla, le han proporcionado una cultura e inquietud musical tan importantes que le han permitido encabezar la evolución del género anticipando nuevos conceptos. El nuevo proyecto parte de los hallazgos encontrados en el mercadillo de antigüedades de la calle Feria de Sevilla. Discos y casetes que contienen joyas primigenias de artistas legendarios como Fosforito o El Turronero a las que Rocío ha dado la vuelta, aunque preservando el espíritu inicial. El tiempo pasa y no podemos quedarnos anclados en él porque, cómo bien dijo en un momento del soliloquio: “hay palabras antiguas que no pintan en mi boca” y se deben adaptar a la actualidad; ella lo ha hecho con mucho mimo y decoro. En esta modificación del pasado, el purismo debe desaparecer, no valen duelos, la música es la ganadora, no existe transgresión sino toneladas de buen gusto y talento, quien quiera rasgarse las vestiduras deberá comprarse un traje nuevo.

Rocío Márquez, junto a sus colaboradores, ha construido una representación que conjuga música y teatro ensamblados irreprochablemente, con una escenografía que puede recordar a un plató de rodaje cinematográfico, iluminado ajustadamente, donde se van sucediendo escenas milimétricamente dispuestas, calculadas, pero nada frías, todo brota con una naturalidad casi improvisada. El minimalismo es protagonista, el menos es más vuelve a ser la clave del sorprendente resultado.

El guitarrista catalán Juan Antonio Suárez ‘Canito’ y el percusionista de Huelva Agustín Diassera, son sus perfectos escuderos. Complicidad máxima, miradas de cariño y agradecimiento mutuo conjugadas con escenas conmovedoras: Cantando la petenera Más verdad, con Canito justo detrás de pie tocando aunque inmóvil, o Rocío abrazando la cabeza del músico mientras interpreta como si su existencia dependiera de ello, El último organito, tango que también cantaba su querido El Cabrero, a quien mencionó en repetidas ocasiones (si tienen oportunidad de escuchar algunos de sus tangos hallarán la reencarnación de Carlos Gardel en el ilustre y revolucionario cantaor de Alnazcóllar, es un consejo de amigo). Composiciones escénicas de una belleza tan simple como sutil, tan escuetas como armoniosas.

Márquez posee un dominio de la voz estratosférico, un ‘fiato’ de dimensiones operísticas, capaz de entonar frases extensísimas sin apenas respirar, en Empezaron los cuarenta, los versos de Francisco Moreno Galván brotaron ligados de manera milagrosa; silencios definidos, palabras cual puñales:

Comenzó un largo rosario de miedos y de miserias de pan negro y letanías de orden y de derechas y una infame beatería

Lloré.

Gracias al ‘bicheo’ por la calle Feria, ha rescatado piezas monumentales como Luz de luna de Álvaro Carrillo (sobrecogedora versión); la mariana, que bordaba José Menese; Entorna la puerta; Andalucía, de Paco Cepero y Fosforito; la malagueña No sentir; Andaluces de Jaén o los fandangos Yo soy águila imperial. Escojan la que quieran, quedaran boquiabiertos.

Rocío Márquez ofreció lo mejor de sí misma durante toda la noche, algo impagable, dejando para la despedida instantes corta-venas. Al binomio Me embrujaste/Se nos rompió el amor, le sobran los calificativos por calidad y desgarro, al igual que un cante «a pelo» o la seguiriya de regalo, no incluida en el disco.

Conociendo su juventud y capacidad, damos saltos de alegría al saber todo lo que le queda por enseñarnos, el baúl acaba de abrirse, las sorpresas se multiplicarán.

El festival sigue su camino y los asistentes podrán disfrutar de grandes veladas, sin embargo la de Rocío Márquez ya está grabada a fuego en mi pecho de por vida. El público, en trance, agradeció el esfuerzo con una ovación estremecedora. Deslumbrante.

Por un momento quisiera estar viva y no sentir, porque el sentir causa pena, pena que no tiene fin y algunos viven sin ella

(No sentir, Rocío Márquez)

“Canito”, Agustín Diassera, Rocío Márquez | © Marina Tomàs
Rocío Márquez | © Marina Tomàs
Juan Antonio Suárez “Canito”, Rocío Márquez | © Marina Tomàs
Juan Antonio Suárez y Rocío Márquez | © Marina Tomàs
“Canito” y Rocío Márquez | © Marina Tomàs
Agustín Diassera y Rocío Márquez | © Marina Tomàs
“Canito”, Agustín Diassera y Rocío Márquez | © Marina Tomàs
L'Auditori Rocío Márquez | © Marina Tomàs

Autores de este artículo

Marina Tomàs

Marina Tomàs

Tiene mucho de aventura la fotografía. Supongo que por eso me gusta. Y, aunque parezca un poco contradictorio, me proporciona un lugar en el mundo, un techo, un refugio. Y eso, para alguien de naturaleza más bien soñadora como yo, no está nada mal.

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