María José Llergo: Gloria desmesurada

El 52Voll-Damm Festival de Jazz de Barcelona 2020 alzó finalmente el telón con la presencia de María José Llergo. Un concierto que también sirvió para iniciar el ciclo flamenco DeCajón!. Alegría duplicada.
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La gran soprano francesa Natalie Dessay debía haber inaugurado el festival jazzístico en el Palau de la Música Catalana el 24 de octubre, pero por culpa de la maldita pandemia, tan magno acontecimiento fue anulado. Esa inoportuna circunstancia posibilitó que, cuatro días más tarde, la responsabilidad de dicha apertura corriera a cargo de María José Llergo, un regalo envenenado, aunque irrechazable. La joven intérprete y compositora cordobesa se apropió de la responsabilidad sin quererlo, el reto estaba servido. De hecho, la exigencia del desafío no era mucho mayor, ella había sido la elegida para protagonizar el primer recital de DeCajón! sección fundamental del certamen. Su incipiente fama le posibilitó tal compromiso. ¿Sabría aprovecharlo?

 

El encumbramiento

 

María José Llergo saltó a la fama gracias a varios videos divulgados en internet que a la postre han servido para configurar su primer trabajo discográfico titulado Sanación (Sony, 2020). Vale la pena preguntarse si con un bagaje tan corto, hay motivos suficientes para entronizar a una artista, por muy impactantes que sean sus inicios.

El fichaje por una multinacional, la portada de una revista musical con gran prestigio o descomedidos elogios (fruto de la enorme cantidad de visionados en las redes sociales) han situado a la novel artista en un pedestal demasiado alto, tanto que la caída puede ocasionar efectos irreparables. Ni dudamos de su talento (aún por desarrollar) ni de la calidad de un disco notable y hasta cierto punto innovador, nos limitamos a intentar juzgar con prudencia, queda mucho por hacer, los buenos mimbres pueden ser insuficientes.

 

Esto no es flamenco

 

La cantaora (que nadie se enoje) tiene claro quién es y lo que pretende. Hace unos meses le contaba a Donat Putx, en una entrevista para la fenecida Rockdelux, que el flamenco era imposible de revolucionar “es demasiado grande”, incidía. Llergo piensa que puede expresarse libremente, sin etiquetas. Necesita al flamenco, es la cuna, pero no al revés, el noble género no la precisa, vuela demasiado alto, sabia opinión que le ennoblece. Rechacemos pues esa marca inventada y las opiniones que le lanzan los ortodoxos, su juego es otro, debe quedar claro. No busca ser la nueva Niña de La Puebla, debemos juzgarla por lo que hace, a ello vamos.

 

Un directo descompensado

 

Redundando en lo dicho, y a pesar de cantar únicamente acompañada de una guitarra, el inicio no fue precisamente muy jondo aunque lo pretendiera a base de unos trinos pseudo árabes que la caracterizan. Comenzó con unos poemas rapeados a los que le siguieron unas granaínas demasiado chilladas, el mismo defecto que persiguió a unos tangos algo destemplados. Desafortunadamente el grito y un cúmulo de notas mal colocadas, supusieron un lastre durante toda la función. Mucho más entonada estuvo en Canción de las simples cosas (Mercedes Sosa) o en la adaptación de la batalladora Canción de los soldados (Chicho Fernández Ferlosio). No obstante, en ambas mostró otro lunar: una dicción algo defectuosa. Buscando el desgarro (pasión que no se crea, sale de dentro), olvida la vocalización y el mensaje se hace ininteligible.

Con los sintetizadores ya en funcionamiento, dedicó Niña de las dunas (canción que la encumbró) a su abuela, a su madre y por consideración, a todas las mujeres presentes en la sala, cortesía aplaudida a rabiar por un público entregado desde el principio hasta el fin del espectáculo. Esa subida de adrenalina, apareció oportunamente para ir desgranando uno a uno los temas de su “disco chico”. La redundancia tonal conjuntada con algún momento de cacofonía (¿De qué me sirve llorar?) presidió una traslación del estudio al vivo imperfecta, y es que los samplers o el dichoso autotune, en directo pinchan y desnudan carencias, es inevitable. No se asusten, también saboreamos aciertos.

Estuvo muy fina en Soy como el oro; exhibió originalidad atrevida en El péndulo; encandiló con Me miras pero no me ves y dibujó una Nana del caballo grande, llena de sutileza y sensibilidad, ese debería ser el camino a elegir.

Para el cierre se guardó la muy jaleada A través de ti y su versión de Pena, penita, pena, interpretada con muy buen gusto y tino, la calidad de la composición ayuda, no nos engañemos.

Le escoltaron con más o menos acierto, Miguel Grimaldo a los sintetizadores y Paco Soto, un guitarrista algo castigador.

 

Conclusiones

 

María José Llergo va colmada de carisma, simpatía, alegría y posee una capacidad para empatizar que vale su peso de en oro, quizá a sabiendas de esa virtud, compuso esa bonita composición aduladora. Con trabajo pulirá, con total seguridad, el chorro vocal que atesora y debería ofrecernos momentos muy felices en un futuro no demasiado lejano, por el momento la fruta todavía está verde.

El público (con un promedio de edad cercano a los cuarenta) llenó la sala Barts con el aforo permitido y se lo pasó bomba, una euforia algo desmedida según la opinión de este cronista a menudo demasiado exigente.

El Festival ha arrancado pese a restricciones, toques de queda y demás inconvenientes. Confiemos que la programación se cumpla según lo establecido por los organizadores. Habrán ganado la cultura y un pueblo necesitado imperiosamente de euforias curadoras. Que así sea.

P.D.: No tiren la entrada al salir de los recintos, es el salvoconducto que les evitará pagar una cuantiosa multa. ¡Qué habremos hecho para merecer esto!

María José Llergo. © Marina Tomàs Roch
María JoséLlergo | © Marina Tomàs Roch
María José Llergo. © Marina Tomàs Roch
Paco Soto, María JoséLlergo | © Marina Tomàs Roch
María José Llergo. © Marina Tomàs Roch
María JoséLlergo | © Marina Tomàs Roch
María José Llergo. © Marina Tomàs Roch
María JoséLlergo | © Marina Tomàs Roch

Autores de este artículo

Marina Tomàs

Marina Tomàs

Tiene mucho de aventura la fotografía. Supongo que por eso me gusta. Y, aunque parezca un poco contradictorio, me proporciona un lugar en el mundo, un techo, un refugio. Y eso, para alguien de naturaleza más bien soñadora como yo, no está nada mal.

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