La espera terminó. El pasado martes, Twenty One Pilots pisó el escenario del Palau Sant Jordi como parte de su ambiciosa gira The Clancy World Tour. Tras años de peticiones por parte de sus fans catalanes, el dúo de Ohio —Tyler Joseph y Josh Dun— finalmente ha incluido a Barcelona en su ruta, y lo hace por todo lo alto: con un show que promete cerrar el círculo narrativo que iniciaron hace casi una década con Blurryface.
El concierto forma parte de la gira mundial con la que presentan Clancy, su álbum más reciente, publicado en mayo de 2024. Con este disco, los estadounidenses concluyen la trilogía conceptual que iniciaron con Blurryface (2015) y continuaron con Trench (2018), sumergiéndonos de nuevo en el universo distópico de Dema, esta vez con una carga emocional y narrativa aún más potente. Para muchos, este concierto no es solo un evento más en el calendario: es un reencuentro emocional, una catarsis compartida tras años de conexión digital con la banda. Las redes sociales han estado en ebullición desde que se anunció la fecha. Fans con las caras pintadas al estilo Blurryface, merchandising hecho a mano, pancartas con letras de canciones… todo apunta a una noche inolvidable.
Del caos de Dema a la euforia colectiva
El dúo pisa fuerte y lo hace con una puesta en escena cuidada hasta el mínimo detalle: fuego, luces sincronizadas, vídeos narrativos y una conexión constante con el público que convirtió el concierto en una experiencia inmersiva.
La historia de Dema, la lucha interna, la superación, el desarraigo… todo eso se sintió en cada canción, en cada pausa dramática, en cada explosión de batería.
A pesar de estar presentando Clancy, el público no dejó atrás los símbolos que marcaron los inicios de la banda. En el Palau Sant Jordi, era imposible no sentirse transportado al universo de Blurryface: gorros rojos por doquier, cuellos y manos pintadas de negro, camisetas antiguas… Toda una multitud celebrando no solo un álbum, sino una identidad compartida. Fue como revivir una era que, aunque ya forme parte del pasado narrativo de la banda, sigue muy viva en los corazones de sus fans.
Este regreso visual a Blurryface dialogó perfectamente con el concepto de Dema, la ciudad opresiva del universo de Twenty One Pilots. Como si los asistentes —ataviados con los signos de rebeldía de antaño— plantaran cara una vez más a los obispos, a la ansiedad, al miedo. La estética no era solo nostalgia: era resistencia, una forma de decir “seguimos aquí, seguimos luchando”.
Ilusiones, identidad y conexión
El repertorio fue un auténtico viaje por todas las etapas de la banda, desde himnos clásicos hasta nuevos temas de Clancy. Después de varias pruebas de sonido de la batería de Dun, se proyectó un vídeo introductorio, cayó el telón rengro que ocultaba a los artistas. La noche arrancó con fuerza con ‘Overcompensate’, seguida de temas emblemáticos como ‘Holding On to You’, ‘Car Radio’ o ‘Tear in My Heart’, que desataron los coros más potentes del Palau.
En todo momento, el dúo mantuvo una conexión constante con el público. Uno de los momentos más impactantes llegó con Car Radio, cuando al final de la canción, Tyler se lanzó al vacío desde el escenario… solo para aparecer, un segundo después, en lo alto de la grada, en el sector 300. La sorpresa fue mayúscula: tras quitarse la máscara que había llevado durante las tres primeras canciones, reveló que era él, el verdadero. Una ilusión perfecta que dejó al público boquiabierto y reafirmó esa sensación de que, en un concierto de Twenty One Pilots, todo es posible.
Josh tampoco se quedó atrás. En otro momento del show, apareció por sorpresa en la grada, esta vez con una sudadera al más puro estilo Clancy. Pero lo mejor estaba por venir: se la quitó lentamente para revelar una camiseta de baloncesto con la palabra “BARCELONA” estampada en el pecho, desatando la ovación inmediata del público. Un gesto sencillo pero potente, que selló el vínculo entre banda y ciudad con la misma intensidad que cada golpe de su batería.
Una puesta en escena que abruma (y seduce)
Si algo dejó claro este concierto es que Twenty One Pilots no escatima en lo visual. La propuesta escénica fue una auténtica coreografía de luces, fuego, humo y láseres que acompañaban cada canción como si fuesen un personaje más en la narrativa del show. En los momentos más intensos, llamaradas brotaban del escenario con una sincronía impecable, creando un contraste brutal con los pasajes más íntimos, donde solo una luz tenue bañaba a Tyler frente al piano o a Josh en su batería elevada.
Los haces de luz recorrían el Palau como si buscaran conectar cada rincón con lo que ocurría en escena. El humo denso, a ratos casi cinematográfico, sumía al público en una atmósfera onírica, como si el concierto transcurriera en otro mundo. Cada canción tenía su propia estética visual, diseñada al milímetro para reforzar su emoción, su historia. Desde el rojo intenso que recordaba a Blurryface hasta los verdes y amarillos neón de Clancy, todo estaba pensado para desbordar los sentidos.
La iluminación no solo acompañaba: hablaba. Gritaba, a veces. Apretaba el pecho en los momentos dramáticos y te sacudía en los explosivos. Era imposible no quedarse hipnotizado.
Un final a la altura de la historia
La recta final del concierto fue, sin duda, una celebración compartida. Durante Mulberry Street, el dúo se trasladó al centro de la pista, creando un momento íntimo en medio del caos. Desde allí, rodeados por fans en todas direcciones, se gestó uno de los instantes más mágicos de la noche: las luces de los móviles iluminaron el Palau en mil colores. Un auténtico fan project. Las pantallas teñidas de rojo, azul, verde y morado convirtieron el recinto en un arcoíris vibrante, un reflejo perfecto de la energía colectiva.
En ese mismo tema, Tyler —medio en broma, medio en serio— comentó que no veía nada, y pidió ayuda al público. Fue entonces cuando propuso un pequeño juego de luces: las gradas laterales, frontales y la pista debían levantar sus linternas en distintos momentos, siguiendo sus indicaciones. El resultado fue un espectáculo de destellos perfectamente orquestados, que hizo que miles de personas se sintieran parte de algo más grande que ellas mismas.
Pero no todo fue euforia. En esos momentos en los que el dúo bajaba a la pista, algo se rompía también. Los fans extendían las manos para tocarles, buscaban un roce, un contacto, una validación. Y mientras Josh iba chocando puños con alegría, Tyler se movía con más rigidez. Verlo ahí, tieso con un palo, después de haber compartido durante años canciones sobre ansiedad, aislamiento y salud mental, despertaba una empatía profunda. Algunos fans le acercaban los móviles a la cara, como si fuera una atracción. Y por un segundo, todo parecía más un zoológico que un concierto. Esos momentos, aunque breves, recordaban que detrás del espectáculo hay una persona que ha expuesto sus demonios para ayudar a otros con los suyos.
También hubo espacio para los agradecimientos. Tyler y Josh recordaron que volverán a Barcelona, y no se olvidaron de mostrar respeto y cariño hacia su equipo técnico, hacia Balu Brigada —la banda telonera que había encendido el ambiente antes de su aparición— y hacia el equipo de seguridad local, a quien reconocieron por estar haciendo “un gran trabajo”. Gestos así sellan la autenticidad de un grupo que, por más que crece, sigue valorando cada pieza del engranaje. Y, por supuesto, a sus fans, que prefirieron estar allí un martes en vez de en el partido del Barça. Como muestra de esa complicidad, sacaron a un pequeño William del público para cantar ‘Ride’ con ellos.
El broche de oro llegó con Trees, el tema que durante años ha sido sinónimo de despedida en sus shows. En un círculo en medio de la pista, Tyler y Josh la interpretaron como si fuera un ritual. Luego, ese círculo se disolvió para permitir que los fans se acercaran más, rompiendo la barrera final entre banda y audiencia. El aire se llenó de confeti, y por un instante, todo parecía suspendido.
Entre luces, fuego, gritos y silencios, el dúo demostró que la música sigue siendo un refugio, un puente y, sobre todo, una forma de resistir. Barcelona los esperaba desde hacía una década. Y ahora, solo queda esperar que la próxima visita no tarde tanto.
Autoras de este artículo
Judith Melián Paredes
Maria Pérez
Hago fotos prácticamente desde que tengo memoria. Colecciono vinilos y conciertos. Probablemente podría adivinar todas las canciones de Gracie Abrams y Taylor Swift escuchando los 3 primeros segundos.





