Concierto de OMD en Barcelona. Foto © Òscar García
Concierto de OMD en Barcelona. Foto © Òscar García

OMD: Icónicos sintetizadores

Pasados más de cuarenta años desde su fundación, Orchestral Manouvres in the Dark (OMD) siguen en la brecha. Lo volvieron a demostrar en un concierto con todas las entradas vendidas. Synth pop referencial en la Sala Apolo.

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Si OMD (Orchestral Manouvres in the Dark) únicamente hubieran compuesto Enola Gay (concretamente su cofundador Andy McCusckley) ya habrían logrado el objetivo de la inmortalidad en el universo pop de cualquier década. Esa canción (profundamente antibelicista), que toma el nombre del avión que bombardeó Hiroshima en 1945, ya forma parte de nuestra historia y punto clave de una trayectoria mucho más amplia.

Durante cuatro décadas de actividad (que tuvo un parón en 1996 para reanudarla diez años más tarde) McCusckley y Paul Humpreys han vendido millones de discos y reunido una pléyade de fans impasible a los altibajos de estos tenaces pioneros.

A pesar de que su última entrega discográfica, The punishment of luxury (White Noise, 2017) posee un nivel más que notable y está a punto de salir al mercado Bauhaus starcaise, nadie puede dudar que su momento de mayor inspiración ya pasó. Allí quedan esas delicadas melodías, pegadas para siempre en nuestro cerebro, que muchos han querido imitar y no han sabido.

Su cita en la sala Apolo podía convertirse en un mero ejercicio de nostalgia o, contrariamente, confirmar la buena forma creativa por la que pasan en la actualidad. De lo que sí estábamos seguros (al igual que sucedió en el concierto de The Stranglers en el Razz 2) que no íbamos a tropezarnos con juventud ávida de descubrir mitos, sino con los maduros seguidores de toda la vida dispuestos a contar batallitas como el abuelo Cebolleta.

El sintetizador se pone en marcha.

Arquitectura y más

 

McCusckley y Humpreys (acompañados de Martin Cooper a los teclados y saxo y el baterista Stuart Kershaw) han decido llamar a su actual gira, Architecture & More Tour’; el título es clarividente. Aunque sólo tocaron cinco de sus temas, la intención del dueto es rendir un homenaje al disco que les aportó mayores satisfacciones. Architecture & Morality (Dindisc, 1981), su tercer larga duración es una obra irrebatible del género y, probablemente, uno de los mayores impactos de aquella época con hombreras. En él podemos encontrar gemas como Georgia (la interpretaron con imágenes de dictadores de todos los colores), la maravillosa She’s leaving, Souvenir (Humpreys de vocalista), Joan of Arc o la bendita Joan of Arc (Maid of Orleans). Aquí McCusckley lo bordó, de hecho, estuvo garboso toda la noche, luciendo unas espléndidas condiciones vocales y físicas, demostrando que el paso del tiempo le ha afectado poco y que es un frontman de imponente categoría.

En el álbum hay más bellezas, nos hemos limitado a citar las elegidas. Junto a ellas 16 piezas más, casi todas reconocibles, que hicieron botar y botar a la parroquia que reventó la sala, moverse por ella fue casi imposible, un verdadero suplicio. La fama y el éxito, a menudo resultan incómodos, peaje a pagar si se quiere ver a tus ídolos en directo.

El concierto de OMD, compendio de hits

 

Unas filmaciones retro futuristas preciosas (las que prosiguieron no lo fueron tanto) dieron entrada a los componentes de la banda que iniciaron el rítmico show con la “krafwertiana” Isotype, tema del último trabajo, del cual escogieron la mentada y la que da título al disco; quizá el momento más flojo del espectáculo.

El aguerrido McCusckley pronto empezó a sacar temazos del baúl de los recuerdos. El primero fue Messages, trallazo del 80 y primera muestra significativa de por dónde iban a ir los tiros. Continuaron con Tesla girls que convirtió el Apolo en una auténtica discoteca vintage. Beats súper bailables, de una potencia descomunal, fortalecidos por el sensacional sonido perfilado por los técnicos. No fue hasta (Forever) Live and die que se calmó el ambiente. También llevó el mismo sello If you leave, canción incluida en la banda sonora del film Pretty in Pink (Howard Deutch, 1986). Acabada la hermosa melodía, atacaron la parte de arquitectura enlazándola con la encantadora Talking loud and clear y la no menos hechizante So in love, momento que aprovechamos para subir al anfiteatro.

Desde las alturas escuchamos Pandora’s box, Dreaming, Sailing on the seven seas, Locomotion y cómo no, Enola Gay, monumental cierre teórico. Reemplazados a la planta baja, nos deleitamos con Secret y Electricity, otras dos joyas añejas. Se nos ocurren muy pocas formaciones que puedan finiquitar un show con un septeto de canciones de tal calibre. Una especie de suite que, lejos de estar apolillada, confirmó que lo bueno no tiene fecha de caducidad y más si se ejecuta con ganas, profesionalidad y elegancia.

Posiblemente la media de edad fue algo inferior a la del concierto de The Stranglers, pero no crean que vimos demasiados mozalbetes. Queda claro que están para otros cuentos. Ellos se lo pierden, porqué lo que crean OMD es pura música bailable, melodiosa, moderna, que te acaricia los oídos mientras mueves tus caderas. Ese estilo olvidado, perdido en las profundidades del mundillo musical y hasta vilipendiado.

Orchestral Manouvres in the Dark se marcaron una actuación de calibre que entusiasmó a los fans irreductibles y hasta a un servidor quien, en esos tiempos ya remotos, se decantaba más por grupos tipo Kraftwerk, Ultravox, The Human League o New Order.

Una gozada en toda regla. Viva el synth armonioso.

Enola Gay you should have stayed at home yesterday. Ah-ha, words can’t describe the feeling and the way you lied”

(Enola Gay, OMD)

Concierto de OMD en Barcelona. Foto © Òscar García
OMD | © Òscar García
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OMD | © Òscar García
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Òscar García

Hablo con imágenes y textos. Sigo sorprendiéndome ante propuestas musicales novedosas y aplaudo a quien tiene la valentía de llevarlas a cabo. La música es mucho más que un recurso para tapar el silencio.

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