Fundada en 1967 por Edgar Froese, Tangerine Dream es un grupo casi tan inabarcable como el universo. En estos casi 60 años, los pioneros de la música electrónica y del uso de secuenciadores para crear pulsos hipnóticos han editado un número casi infinito de referencias, ya sea material original o reinterpretaciones de antiguas creaciones. Durante estas décadas, también han sufrido incontables cambios de formación, desde aquella canónica conformada por Froese, Christopher Franke y Peter Baumann.
Ninguno de ellos se sienta ahora tras los racks de sintetizadores. Franke y Baumann se bajaron de la nave hace años y el jefe de todo, Edgar Froese, falleció hace 10 años de una embolia pulmonar. Sus entonces compañeros de correrías, Thorsten Quaeschning y Hoshiko Yamane, con la posterior incorporación de Paul Frick, son los nuevos Tangerine Dream. Dicen que cuentan con el beneplácito de la viuda de Froese. No así con el de su hijo, Jerome Froese, que también formó parte del grupo, y que ha afirmado que “Tangerine Dream es mi padre, y mi padre está muerto; por lo tanto, Tangerine Dream también lo está”.
Dejando de lado vicisitudes personales, lo cierto es que, durante estos casi 70 años, los Tangerine han sido uno de los abanderados de la ‘Kosmishe Musik’, con grandes discos durante los 70, como Zeit o Ricochet. En los 80 lograron uno de los mayores éxitos con uno de los temas que formaban parte de la banda sonora de Risky Business, cuando Tom Cruise no sólo lo parecía sino que realmente era joven, el tema Love In A Real Train, que no pudo faltar en el concierto. De hecho, cuando en las proyecciones aparecieron unos ojos que bien podían ser los de la fascinante Rebeca DeMornay, casi se me saltó la lagrimita,
Volviendo a su historia, las últimas décadas no han sido especialmente reseñables, si bien la producción no ha disminuido. Los actuales músicos de Tangerine Dream publicaron Raum hace ya casi tres años y fue una parte importante del repertorio, como si quisieran afirmar que, por si solos, también merecen ser escuchados.
Desde hace años, Tangerine Dream han abandonado en gran medida las sonoridades abstractas que les hicieron famosos y han intentado revitalizar su sonido con un mayor empaque de las percusiones y unos temas más directos y breves, más fácilmente digeribles.
Ello quedo en evidencia en el concierto de Paral·lel 62, que en algunos momentos se acercaba peligrosamente a una suerte de Muzak postmoderno, pero que también abordó históricas piezas como Phaedra y el ya citado Love In A Real Train.
Parapetados tras una legión de sintetizadores y dispositivos electrónicos, y con un espectacular juego de luces, láseres y proyecciones, el show tuvo el suficiente empaque como para hacernos disfrutar. Thorsten Quaeschning se mostró cercano, agradecido y disfrutando de sus creaciones, mientras que Hoshiko Yamane trazó, con el violín eléctrico, líneas melódicas llenas de emoción.
Tangerine Dream ya no será la perfecta banda sonora para un viaje espacial, pero, a pesar de cambios de formación y del peso de los años, sigue siendo una propuesta que mantiene su vigencia. Y eso es mucho, tras una historia tan azarosa e inmensa.
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