La Sedeta 24 octubre 2026
Probablemente, Dijon les suena por la mostaza, pero en esta tierra también existen músicos resistentes a los márgenes prestablecidos (todavía no sabemos los nombres de la fechoría). Cromorne o lo que es lo mismo: Nicolas Virey, Kévin Valentin y Hugo Parisot, se concentraron en un círculo para ofrecernos una pasmosa conjunción de ritmos, primordialmente tribales, en los que pueden caber danzas bretonas (hubo espacio pero nadie se atrevió a bailarlas), folclore celta, hipnotismo africano, adrenalina electrónica (Kraftwerk al poder) o resonancias medievales.
Esta aparente locura estilística (tres temas de dilatado alcance), cuadró porqué la gaita, la zanfona y las percusiones, alcanzaron una compacta sonoridad que, aunque pareció embutida en un bucle repetitivo (Anki Toner enloquece con esta ideología musical), supo transportarnos a unas armonías precisas y en ocasiones catárticas. Un primer impacto muy sólido.
Finiquitado el golpe inicial, nos quedaba por saborear a los Blood Quartet feat. Mark Cunningham. Estaría bien resaltar que, aunque parezca que estemos hablando de Marte y aledaños, este doble concierto ha sido lo más accesible de este LEM 2026. La banda compuesta por Lluís Rueda (guitarra), Kike Bela (bajo), Carles Esteban (batería) y el insigne Cunningham, nos ofrecieron ímpetu rockero (de canciones fugaces), ecos cavernosos (a lo Joy Division), pinceladas de free-jazz y sobre todo, trascendencia psíquica, momentos de post-punk aplastados con consecuencias anímicas instantáneas y frenéticas. Presentaron temas novedosos, invitaron a danzar y a subirse al escenario en pos de conseguir un festejo mucho mayor. La Sedeta se quedó paralizada. Su energía no movió caderas, fue lo de menos. Un par de conciertazos.







Museu de la Música 29 octubre 2026
El sold out en El Museu de la Música (cifras poco habituales en el LEM) no dejaba lugar a dudas: la dupla Pierre Bastien y Pepino Pascual era uno de los máximos atractivos de este LEM 2026 que encaraba su recta final.
Nadie de los asiduos (todos nos abrazamos) quiso perderse a este colosal binomio que representa lo mejor de la música experimental y que además, estrenaba proyecto y artilugios varios de propia creación; alguno falló o no encajaron las piezas, pero eso fue lo de menos, casi lo más gracioso.
Los dos protagonistas accedieron desde el fondo del museo, tocando una especie de flautines, hasta acceder al escenario escogido, una gran pantalla blanca les esperaba. En ella, sus figuras e instrumentos fueron asomando, cuales sombras chinescas, simbolizando (es un parecer) el enlace entre música y la repercusión imaginativa que querían crear para alumbrar a los curiosos espectadores.
Pascual se preocupó más de la melodía con su saxo y percusiones que nos llevaban a olas marítimas, mientras Bastien (recordándonos al Profesor Bacterio, menos peligroso) se encargaba del trabajo más chiflado (no confundir con perturbado o irracional).
Aunque parecieron sonar algunas notas de El Padrino (Nino Rota), la actuación de Bastien y Pascual, transcurrió por un contexto que no despreció los aires orientales y andinos, ecos cercanos a la extravagancia (siempre subyugantes) o el jazz atrevido.
Nunca se pisaron, su complicidad permaneció intacta en todo momento, propia de intérpretes de primera categoría. La fuerte ovación de los presentes, al finalizar la performance, solemnizó el especial encuentro.
El LEM 31 ya descansa. El 32 empieza a rodar. Lo esperamos con ansia.








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