Todavía con la energía de Lee Fields impregnada en nuestro cerebro, encaramos un invento al que le llaman anti-folk. A estas alturas de la película, las etiquetas sólo nos suenan a ropa o a chorradas bendecidas por alguna mente clarividente. Esta avispada percepción, únicamente, puede proceder de aquellos que optan por separar el folk hippie, de aquel que desea apartarse del movimiento anticonformista aparecido en los 60.
Uno de los componentes de este singular movimiento se llama Turner Cody, un señor, con pinta de vaquero, que ejerció de telonero en una abarrotadísima (vamos de sold out en sold out) Sala Upload. El de Boston (aunque instalado en New York) ha grabado un extraordinario disco acústico titulado The days of Duke and Nancy (2024) que les recomiendo encarecidamente. Cody ha salido de tour apoyado por The Soldiers of Love, la misma banda que escuda al protagonista de esta historia. Por desgracia, poco pudimos escuchar de la sutileza de este álbum. Cantante y conjunto no acabaron de cuajar (quizá fue por falta de entreno) y las buenas expectativas se vinieron abajo. Queremos percibir su maestría en solitario; ganará muchos enteros.
Al bisoño cuarteto se añadió un violinista y en la intro instrumental ya notamos otro empaque. Con esta poderosa permuta, apareció Adam Green, quien, a las primeras de cambio, empezó a desplegar sus peculiares coreografías que tanto impactan al público que le idolatra. Ataviado con un atuendo más propio para cantar habaneras (por suerte no lo hizo) que para ese estilo algo provocador que utiliza, el neoyorquino (Mount Kisco) empezó a desgranar parte de sus grandes hits y algunas de las piezas de Chop off heads with me (2026), un trabajo salido recientemente del horno.
Que nadie se llame a engaño: este multidisciplinar artista (cineasta, pintor, escritor y músico (fundador de The Moldy Peaches), es un tipo que se lo pasa en grande encima del escenario, cual cómico desgarbado, pero detrás de este disfraz esconde un talento innato para cantar y componer. Arropado por una enorme tela, en el fondo de la escena, representando la portada del último disco, chocó manos, brincó, se lanzó encima del personal y no hizo más cosas por qué no se le ocurrieron; perdón se me olvidaba, también cantó, estupendamente, por cierto.
El alocado, aunque muy estudiado, recital comenzó con If you want me to, Blackout, Falling around (de lo mejor del novísimo LP) y Emily, inicio realmente aplastante.
La fervorosa fiesta continuó con las colosales Cigarette burns forever, Gemstones (aires irlandeses) y Houseface University, otra novedad. No les aburriremos con todo el listado acogido, sin ninguna excepción, con una algarabía que hacía tiempo que no veía en un recinto destinado a conciertos; el coro perfecto para satisfacción del imponente cantante.
El bueno de Green también se marcó un pequeño y delicioso set sin banda, una especie de intermedio, preparatorio para el estallido de la traca final. En ella aparecieron Novotel (la preferida de nuestro querido fotógrafo), We’re not supposed to be lovers, Buddy Bradley, Carolina y Jessica, antológico final.
Muchos lo han comparado con Leonard Cohen, Ben Kweller o Jonathan Richman, un servidor incluiría a Kevin Ayers en el odioso listado de semejanzas. Cierto que su manera de cantar puede recordarnos a estos ilustres cantores. Sin embargo, Adam Green pertenece a la asociación de incalificables. Aquellos que provocan pasiones tan solo con verles aparecer. Un fenómeno curioso que desató una histeria colectiva en el acogedor local del Poble Espanyol de Barcelona. Inmensa locura.
Autores de este artículo
Barracuda
Aitor Rodero
Antes era actor, me subía a un escenario, actuaba y, de vez en cuando, me hacían fotos. Un día decidí bajarme, coger una cámara, girar 180º y convertirme en la persona que fotografiaba a los que estaban encima del escenario.





