Hay una historia que dice que en una época lejana Gabriel García Márquez fue visitante asiduo en la casa de Daniel Barenboim. Algunas noches, la cena terminada y la mesa limpia, el director se sentaba como por descuido delante del piano e improvisaba pequeños recitales para su invitado. Resulta, que durante una de aquellas veladas, tras concluir una pieza y antes aún de que se hubieran apagado los armónicos del último acorde, Barenboim apartó las manos del teclado, se volvió hacia la butaca desde donde García Márquez le escuchaba absorto y, quizá movido por el deseo de agradar al hombre célebre, quizá llevado por su propio entusiasmo de estudioso, quiso detallar los pormenores de la obra que acababa de interpretar. Apenas había pronunciado un par de frases, García Márquez le interrumpió con un gesto y, ante la mirada sorprendida del maestro, se limitó a decir:
"Hazte cargo, Daniel: si entendiese cómo está construida la música acabaría por perderle el gusto a escucharla"
Es posible, permítaseme la licencia, que Gabo y Daniel jamás se tutearan o que simplemente alguien imaginara la anécdota para darle color a una historia: esta gente tenía —y tiene— tantas casas que ya sólo el hecho de reunirlos en una parece improbable. En cualquier caso, la observación de García Márquez ilustra de manera sencilla la propensión del placer a florecer en la ignorancia: ya se trate de amor (¿qué es el enamoramiento sino el desconocimiento del otro?), de cine (¿qué queda fuera de plano en una película de Antonioni?) o de comer una chocolatina (¿quién sabe las aventuras que ha vivido eso antes de llegar a tu boca?), el conocimiento amortigua el placer más a menudo de lo que lo refuerza. Si bien asimilar las reglas de un arte posibilita el goce estético de otorgar a cada elemento un valor convencional y organizarlo dentro de un sistema, el espacio que le queda al individuo para proyectarse en él y verse reflejado tiende a disminuir proporcionalmente al incremento de conocimiento. No es lo mismo dejarse llevar como en un ensueño por una canción de Curtis Mayfield que escucharla separando mentalmente los instrumentos con el fin de apreciar la forma en que batería y bajista construyen juntos el ritmo. Puede que ambas cosas produzcan placer, pero probablemente no de la misma índole ni en el mismo plano subjetivo. Y como sabe cualquiera que haya tenido la ocurrencia de hacer de su vocación un medio de vida, la convivencia de las dos perspectivas no siempre resulta sencilla.
La música permite que diferentes personas puedan atribuir significados completamente distintos a una misma pieza o a un mismo motivo.
Las palabras son jaulas que imponen su forma a todo aquello que trata de encontrar acomodo en ellas: no se puede hablar sin mentir, siempre se dice demasiado o demasiado poco. Es por eso que la música, precisamente por estar formulada en un código del que el oyente desconoce las reglas y que permanece ajeno a las limitaciones de un lenguaje en sentido estricto, se presta tan bien para traducir estados de ánimo. Paradójicamente, es su propia ambigüedad la que la convierte en un vehículo ideal para los contenidos no racionales: la indeterminación del medio, hecho únicamente de sonido y tiempo, le permite representar emociones que las palabras solas no alcanzan a precisar. Y permite, sobre todo, que diferentes personas puedan atribuir significados completamente distintos a una misma pieza o a un mismo motivo.
Pero el García Márquez de la historia resultó ser tan buen oyente como Barenboim músico y, rechazando el conocimiento superficial del diletante, escogió el escepticismo del hedonista. De haber permitido a Daniel Barenboim proseguir con su explicación, habría aprendido tal vez cómo convergen las diferentes partes de una sonata, cómo se relacionan entre sí las tonalidades o por qué está hecha precisamente de esas notas y no de otras la frasecita que tanto le conmovió al final del segundo movimiento. Sin embargo, sabía que al cartografiar un territorio que hasta entones había sido el campo virgen de su fantasía, cada nuevo descubrimiento no hubiera hecho sino reducir la extensión de su placer como oyente. Y, por encima de todo, sabía que a cambio de un pequeño plus no garantizado de goce estético hubiera debido renunciar al puro placer de sentir algo sin necesidad de comprenderlo, quién sabe si el único lujo aún al alcance de todo el mundo.
Imagen de portada © Raúl Covisa
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