Riders Of The Canyon puede considerarse un supergrupo. Conformado por artistas con destacables trayectorias propias (Joana Serrat, Matthew McDaid, Víctor Partido y Roger Usart), por ambición, distribución de funciones y resultados, recuerda a unos Crosby, Still, Nash & Young o The Band, trasplantados a nuestra tierra.
Su primer disco, homónimo, es una maravilla de canciones de hechuras clásicas, dentro del género de rock americano, que pide ser escuchado una y otra vez. La traslación al directo en La Nau demostró que el disco no es flor de un día.
Abrió la noche Eva Fort, en formato trío, que presentó sus intimistas canciones con solvencia y que se fue creciendo conforme avanzaba su actuación. Su participación como telonera tenía todo el sentido, por afinidad musical y por calidad de la propuesta.
Tras la introducción, los Riders Of The Canyon iniciaron su concierto con el tema homónimo, para ir calentando el ambiente progresivamente. Desde el principio, quedo en evidencia que, aparte de grandes músicos, son un grupo de amigos con intereses musicales coincidentes y que se profesan amor, admiración y complicidad. Su actuación fue una fiesta, con continuas sonrisas e interacciones, sin atisbo de lucha de egos.
También hicieron sonreír al público con comentarios jocosos, como cuando Usart explicó que Joana Serrat era groupie en sus conciertos y que, ahora, el groupie de ella era él. O cuando nos avanzó que, después de la energía de Wild River, nos iban a hundir en la miseria con la tristísima Everything Blooms In Spring. Interpretada en formato de dúo, con la profunda voz de Usart y la guitarra de Serrat, nos suspendió en un estado de ingravidez que sólo consiguen las canciones destinadas a trascender.
“It’s Spring everything blooms
Why am I not reborn within you?
In Spring everyone celebrates
But the Winter in me is what’s left”
(Everything Blooms In Spring, Riders Of The Canyon)
Fue, seguramente, el punto álgido de una gran noche, en la que, por poner un muy pequeño pero, se echó en falta la propulsión en los graves y en el ritmo que un bajo hubiera aportado, ya que la instrumentación del grupo consistía en tres guitarras y batería. Es quizás la única área de mejora en una propuesta absolutamente desbordante.
Ante su calidad, no se entiende cómo se mantiene como una propuesta minoritaria. Quizás es cierto que el rock es música de antiguos; quizás la función actual de la música no es elevar, sino convertirse en fondo de vídeos de Tik Tok, quizás las canciones ya no tienen sentido cuando nuestra paciencia se agota a los 15 segundos.
Sea como sea, los Riders no parecen sentirse afectados por la indiferencia. Como buenos amigos, se acompañan en la travesía por el desierto con alegría, bromas y grandes canciones.
Para el bis se bajaron del escenario, rompiendo totalmente la distancia entre artistas y público, en una celebración compartida. Se despidieron con la tradicional Will The Circle Be Unbroken, que aboga por la continuidad y la unión entre generaciones, precisamente lo que ofrecen ellos con su propuesta
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