La mayoría de las estrellas, aunque iluminen nuestras vidas, suelen ser un tanto inaccesibles. Se encuentran lejos, a mucha distancia, y todo lo que podemos hacer es contemplarlas desde la admiración y adoración. Sharon Corr, violinista del legendario grupo irlandés The Corrs, es diferente. En su concierto del jueves en la Sala Barts nos lo demostró: su cercanía es, como prometía el programa del Festival Mil·lenni, el sello de identidad de su carrera. En efecto, la amabilidad, transparencia y humildad de la artista iluminaron el escenario tanto como lo hizo su don para la música.
No se olvidó de su constelación
Sharon Corr presentó sus temas en un simpático español, contándonos cada detalle y anécdota. Nos confesó, por ejemplo, que My beautiful versaba sobre un hombre muy peligroso pero muy atractivo y que escribió Freefall enfadada como nunca. La artista, a parte de interpretar los temas más personales de su último disco The Fool & The Scorpion (2021), nos presentó una selección de canciones de toda su trayectoria. Pudimos escuchar composiciones de sus dos anteriores discos en solitario, Dream Of You (2010) y The Same Sun (2013), y también algunas míticas piezas compuestas con su banda The Corrs. La cantante llevó la esencia del famoso cuarteto de hermanos a su proyecto personal. Digamos que la constelación familiar a la que pertenece estuvo presente durante toda la actuación.
El concierto empezó con uno de los hits de la banda irlandesa: Radio. Pese a que los técnicos tuvieron que subir al escenario durante esta primera entrada, el directo de la cantante sonó impecable y muy cercano a la versión de estudio. Sharon Corr recordó también sus raíces al interpretar Catch me when I fall , un tema que escribió desde la profunda tristeza al morir su padre en el 2015. La irlandesa interpretó el doloroso tema desde una serenidad y aceptación admirables a la par que celestiales. Nos acercó un momento muy duro en su vida y en la de todos sus hermanos, que, por cierto, decidieron volver a unirse ese año. La prodigiosa cantante terminó su concierto con temas del grupo y, en uno de los más famosos, Dreams, pidió al público que coreara dos estrofas. Este se implicó y sonó sorprendentemente bien. Nos encontramos con una audiencia del todo afinada y acertada.
Violín como centro gravitatorio
El violín estuvo colgado del pie de micro a lo largo de todo el concierto, partiendo la escena en dos mitades simétricas. Los fugaces momentos en que la artista se apoderó del instrumento fueron sin duda lo mejor de la noche. Con la pieza instrumental Mna Na hEireann vivimos un perfecto diálogo de música celta que culminó con un estelar pizzicato in crescendo. Con Trout in the bath, el arco de Corr consiguió que un sector del público se levantara de sus butacas para llevar el compás con las palmas.
Sharon Corr interpretó el amplio repertorio con soltura y sin esfuerzo aparente. Su destreza vocal, sensibilidad al piano y magia con el violín nos deslumbraron más que cualquier foco de la sala. La artista se movió elegantemente por el escenario, desenvolviéndose de manera orgánica y serena como si este fuera su hábitat natural. En la Sala Barts se creó un universo sonoro de música celta, pop y rock, donde —hay que decirlo— hacía mucho frío. La propia artista anunció estar congelada, a lo que un espontáneo del público respondió hábilmente: ¡Te dejo mi abrigo! Fue entonces cuando la artista, entre sonrisas, declinó amablemente la oferta con un “Gracias, señor”. Siendo yo muy friolera, no me importó quedarme en aquella nevera. La luz de la estrella quizá no calentara pero nos iluminó a todos por dentro. Fue un placer poderla oír de tan cerca.
Autores de este artículo
Júlia Palacín
Aitor Rodero
Antes era actor, me subía a un escenario, actuaba y, de vez en cuando, me hacían fotos. Un día decidí bajarme, coger una cámara, girar 180º y convertirme en la persona que fotografiaba a los que estaban encima del escenario.





