The Staples Jr. Singers © Marina Tomàs
The Staples Jr. Singers © Marina Tomàs

The Staples Jr. Singers: Divina brevedad

The Staples Jr. Singers resucitaron, en el concierto presentado por Caprichos de Apolo, el legendario 'When Do We Get Paid', primer y único disco que ha sido reeditado 48 años después de su aparición.

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En plena adolescencia, a los hermanos Brown, Annie, A.C. R. y Edward, les llegó un golpe de fortuna. 

Corría 1971 cuando The Staples Jr. Singers (nombre escogido en homenaje a sus ídolos The Staples Singers) comenzaron su carrera ofreciendo espectáculos en concursos escolares y compareciendo (llegaban amontonados en la camioneta familiar) en circuitos de góspel, para brindar sus cánticos, donde nunca sabían si serían bien recibidos. Ya saben, son negros. 

Cuatro años más tarde, Joe Orr (cantante ambulante de buen oído) les presentó a un personaje que dirigía un estudio de grabación y que se hacía llamar Big John. Junto a él grabaron When Do We Get Paid, disco que, a la postre, iba a ser su único testimonio en vinilo y que fue distribuido por ellos mismos.

Han pasado casi diez lustros y por fin se ha hecho justicia. La compañía discográfica neoyorquina Luaka Bop, fundada por David Byrne, decidió reeditar la esencial pieza en 2022 y un EP que añade la canción Tell Heaven a tres ya incluidas en el álbum. La prueba del ingente esfuerzo e inspiración del trío volvía a revivir.

La 2 de Apolo iba a ser testigo de uno de los conciertos programados para promocionar el lanzamiento de la remasterizada obra. Un improvisado templo para regocijarnos, de nuevo, con su serie de magníficos Caprichos.

Desde Aberdeen (Mississippi): The Staples Jr. Singers.

Sensaciones diferenciadas

 

En su primera visita a Barcelona, The Staples Jr. Singers no pudieron estar más iluminados y ofrecieron un show de aquellos que recordaremos siempre. Pocas veces hemos visto en un escenario tanta pureza de espíritu, empatía por doquier, concienciación, innata calidad vocal o revelarse ante unas condiciones físicas algo alteradas. Sin embargo, al terminar el oficio, las sensaciones de algunas voces duchas en el género, denotaron una percepción final entre dulce y agria. Nos explicamos.

El entusiasmo por las prestaciones de los de Mississsippi fue unánime y las quejas también. No sabemos si por falta de público (el interés por el góspel sólo es una fachada televisiva y bromista), la organización optó por colocar sillas en la sala, lo cual descolocó a quienes necesitaban mover caderas. Como no podía ser de otro modo, al sonar la soulera I’m looking for a man (guiños guitarreros al My girl de The Temptations), los inoportunos asientos ya estaban desbaratados y cuando Annie Brown Cadwell agarró el micro (cediéndoselo a un improvisado cantante nada desentonado) el desmadre fue total.

A pesar de la solemnidad que les caracteriza, por el talante religioso de sus creaciones, la fiesta se alzó como el principal protagonista de la noche. La comodidad residía en bailar, no en sentarse. Decisión errónea.

El otro agravio surgió al hablar sobre la duración del espectáculo. No entraremos en valorar los motivos, pero parece ser que se habían pactado setenta minutos y en realidad sólo pudimos deleitarnos con los ilustres intérpretes una hora escasa. “El concierto más corto de mi vida” pregonaba un espectador, mientras otra entusiasmada fan (quizá resignada) nos recordaba aquello de “lo bueno si breve, dos veces bueno”. Razón tenía (no hubo ningún segundo de desperdicio) pero tanta fugacidad se asemejó a un coitus interruptus. Y hasta aquí lo malo, vayamos con lo bueno que lo hubo y mucho.

Exhibición

 

Los Brown no se limitaron a desarrollar los temas de la A a la Z, sino que dieron rienda suelta a las espontaneidades o ajustes, convirtiéndolos en oro en paño.

A When Do We Get Paid (himno inicial) le sucedieron la citada I’m looking for a man, la espiritual Waiting for the Trumpet to Sound o una versión extendida (todas lo fueron) de I’m going to the city, inapelable pedazo de blues trepidante. Y poco más, ya que los hermanos apostaron por engrandecer cinco o seis piezas en lugar de remitirnos a las trece que componen el LP, que podía adquirirse en la sala a un precio nada módico.

Un inspiradísimo y jovial Edward Brown estuvo tremendo, tanto vocalmente como estimulando a los presentes, bailando entre las molestas sillas de marras. Al mismo nivel, aunque menos visible la carismática Annie, un portento a la que abrazarías sin límite de tiempo.

Oscurecido en un extremo, pero no menos importante, diríamos que vital, A. C. R.  y sus punteos minimalistas, agudos y penetrantes, claves en el especial sonido del grupo. Una explosión jubilosa que mezcla todos los palos de la música negra con respeto, exactitud y armonía. El refuerzo de otra guitarra, bajo y batería, perfectamente contribuyeron al redondo éxito del encuentro con la familia Brown. 

Desconocemos las razones por las cuales existieron esas contrariedades glosadas con anterioridad. En cualquier caso, nos limitamos a exponerlas y describir los comentarios post-espectáculo que tanto nos ayudan a valorar los eventos.

Compren la reedición y busquen a The Staples Jr. Singers por donde actúen. Son una especie en extinción. No desaprovechen la oportunidad, aunque sea corta.

Puro latido de alma negra.

The Staples Jr. Singers © Marina Tomàs
The Staples Jr. Singers | © Marina Tomàs
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Marina Tomàs

Tiene mucho de aventura la fotografía. Supongo que por eso me gusta. Y, aunque parezca un poco contradictorio, me proporciona un lugar en el mundo, un techo, un refugio. Y eso, para alguien de naturaleza más bien soñadora como yo, no está nada mal.

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