Abordo este libro horas después de quedar absorto visionando Amazing Grace, el documental dirigido por Sidney Pollack en 1972. En aquellos beatíficos recitales, ofrecidos en la Iglesia Bautista Misionera New Temple en Watts, Los Ángeles (que no vieron la luz hasta 2018), la ya consagrada Aretha Franklin, no tan solo mostró que era la Reina del Soul y del Góspel, sino el manto divino que la vestía. Los feligreses asistentes se iluminaron con una artista en trance, bendecida. Ese gigantesco halo escondía atormentadas vivencias. Ahora, gracias a Aretha Franklin. Apología y martirologio de la Reina del soul, podemos adentrarnos, sin censura, en su atribulado universo interior.
El desencuentro
El escritor y periodista David Ritz pudo editar en 2014 la biografía que Franklin calificó de “basurilla inmunda”. Según la opinión de la descomunal artista nacida en Memphis, aquella narración no pasaba de ser un panfleto, una crónica desautorizada. Seis años después de su aparición nos llega (de manos de Libros del Kultrum) este colosal documento traducido con pericia por Manuel de la Fuente.
El galardonado cronista neoyorquino, que ha trabajado, entre otros, con estrellas de la talla de Etta James, Buddy Guy, Ray Charles o Marvin Gaye, colaboró en 1999 con Aretha Franklin en la confección de Aretha: From These Roots. Estas algo desdibujadas memorias (recortadas por la implacable inspección de la intérprete, al igual que hizo con la filmación de Amazing Grace) oficializaron la ruptura de los otrora felices compañeros.
No sabemos si fue a modo de desquite debido a esos continuos obstáculos mentados, pero lo cierto es que Ritz acometió la tarea de contar “su” verdad con decisión y sin cortapisas. El resultado es valiente, esclarecedor, convincente, quizá Aretha quería ocultarnos secretos nada gratos de contar. Las cartas están sobre la mesa, juguemos.
Ritz y su libro
Aretha Franklin se empecinó en afrontar su existencia apostando por ser la reina, aunque para ello tuviera que hacer sacrificios a veces nada ortodoxos. Esa obsesión la sufrió su familia e incluso ella misma, aunque probablemente era la única manera de combatir los impedimentos con los que la industria pretendería devorarla.
También renunció a trabajar con un repertorio clásico que hubiera podido dominar como las mejores. El éxito dependía de pelear con las reglas exigidas por las diferentes coyunturas aparecidas. Allí estuvo, siempre en el frente, aunque esa opción le acarreara más de una crítica.
David Ritz edificó su obra dividiéndola en cinco partes más un prólogo titulado Conocer a la reina. En él, reconoce que su propósito fue reinterpretar y desarrollar la historia de una vida tan compleja, respetando, eso sí, la visión de la cantante, a pesar de tener opiniones contrapuestas. Por esa razón el cronista abre el telón literario con las opiniones de Aretha, a quien agradece su paciencia cuando desarrollaron el primer tomo de recuerdos. El autor verificó, en esta especie de prolongación, cada uno de los datos reunidos, la veracidad de las fuentes era crucial, el margen de equivocación debía ser nulo.
Finalizado el arranque con la génesis, despiertan los segmentos. Al primero denominado Los orígenes sagrados le siguen Columbia (su primer contrato importante fuera del Góspel) y Atlantic, el aterrizaje en California de la mano de Jerry Wexler en 1966. Arista (capítulo en el que se trata la “divanización” de Aretha) y La leona en invierno (el final de la Reina y su voz) culminan la publicación compuesta por más de quinientas páginas. Bibliografía, las selecciones discográfica y videográfica más su filmografía completan el banquete.
Hablar de biografías definitivas siempre es arriesgado. Lo que no admite dudas es la grandiosidad del proyecto al que David Ritz destinó una dedicación inmensurable. Si consiguió ese dificultoso hito, es tarea de juicio que el lector y el tiempo decidirán.
Queríamos jugar, con esta reseña, a invitarles a descubrir los trucos de una partida que con todas las dudas, errores y discusiones existentes, únicamente tiene una ganadora llamada Lady Soul. Este impresionante retrato la descubre, avala y vuelve a entronarla. Ese sitial no se lo discute ni el propio Ritz, el escriba. RESPECT.
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