Últimamente, prefiero los conciertos sentados. No, no es que me haga mayor, que también. Es que cuando el público está sentado es más respetuoso. Se mantiene en silencio, respeta más al artista que está sobre el escenario y al resto de personas que tiene alrededor. Y eso en un concierto acústico vale su peso en oro. El concierto de Roger Mas en El Molino el sábado 29 de marzo fue una buena prueba de ello. El de Ryan Adams en la sala Paral·lel 62 el día anterior, no. Hablo de conciertos acústicos, pero parece que pasa ya en cualquier concierto, que cada vez la gente va más a pasar el rato y a pasar olímpicamente de la música.
Vaya por delante que el concierto de Ryan Adams tuvo sus más y sus menos. Una primera parte sublime en la que Adams rendía homenaje a su maravilloso disco Heartbreaker que cumple 25 años. Y una segunda parte más dispersa con peticiones del público y un Adams muy parlanchín, pero también muy perdido. Habló más que cantó, cuando habló lo hizo sin micro y no se le oía. Una lástima porque las historias que contaba sobre las canciones eran muy interesantes. Se le fue un poco de las manos las peticiones de temas por parte del público. Un concierto de Ryan Adams siempre tiene algo así, de que no sabes qué va a pasar, para bien o para mal. Te deja con esa sensación agridulce. Si a todo esto le sumamos la cada vez más desenfrenada necesidad del público de molestar a la persona o personas que tiene al lado, el resultado es un cabreo bastante considerable.
Yo entiendo que tenéis mucha sed, ya que parece que os habéis pasado el día corriendo la maratón desde la ciudad griega original que dio nombre a la competición, y claro, eso necesita de muchos electrolitos que recuperar. Y que tenéis una necesidad imperiosa de levantaros de vuestra silla en mitad de la fila, apretujar vuestros culos contra nuestras caras para salir fuera y acercaros a la barra para consumir. Y luego, evidentemente, hacer el camino de regreso a Ítaca cual héroes griegos. Los había tan sedientos que se compraron dos en la pausa, así por lo menos no molestaban más. La barra cerró para la segunda parte, afortunadamente. No vaya a ser que os de una lipotimia por no beber birras durante una hora entera. Tengo que decir que el concierto duró tres horas, mucho tiempo para pasar sedientos o hambrientos, pero para eso están las pausas. Un saludo a la chica de nuestro lado que comía su bolsa de doritos tan pancha y sin complejos haciendo un ruido infernal durante un set acústico. Yo también tenía hambre y me fui a comer un bocata después del concierto. Sin molestar a nadie.
Entiendo que muchas salas necesitan el consumo de bebidas durante los conciertos. Y que buena parte de sus beneficios y su supervivencia dependen de ello. No se trata de eso. Ni de que la gente no consuma con libertad. Pero hasta el propio Ryan Adams se quejó del constante pitido del datáfono (digo yo que debe tener un volumen donde bajarlo, porque estaba al nivel 11 por lo menos, sino pregunten en El Molino donde no hace apenas ruido cuando se acercan los discretísimos camareros y camareras con el aparatito a cobrarte las consumiciones antes del final del concierto). Esta situación se repitió sin cesar, cada vez que alguno de los simpáticos corredores maratonianos impelidos por una sed atroz se acercaban a consumir. Por supuesto, después de haber molestado a toda una fila de personas tranquilamente sentadas en sus asientos mientras intentaban disfrutar del concierto en paz. Es totalmente comprensible después de venir corriendo, según Google Maps, durante 13 días desde Maratón.
La próxima vez, lo mismo os podéis agendar la maratón otro día, así ya venís con menos sed. También podéis aprovechar para pillar las birras solo antes del concierto y durante el descanso u os compráis una entrada en la esquina para no tener que molestar al resto del público cada vez que os levantáis del asiento a consumir. Así, dicho con cariño. ¿eh?
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