Ólafur Arnalds. Foto © Víctor Parreño
Ólafur Arnalds. Foto © Víctor Parreño

Ólafur Arnalds: Tibio preciosismo

El galardonado compositor islandés Ólafur Arnalds volvió a Barcelona para presentar los temas de 'Some kind of peace', quinto trabajo en estudio. Concierto programado por el 24 Festival Mil·lenni.

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Ólafur Arnalds está de gira. La aparición de Some kind of peace (Mercury KX, 2020) es, en esta ocasión, lo que le lleva de nuevo a la carretera. Tour mundial que recalará en España, concretamente en Barcelona (primera cita), Bilbao y Madrid.

Si en 2019 llegó a nuestro país para presentar el elogiado Re:Member, ahora lo hace con un disco de carácter vulnerable que significa una especie de viaje de crecimiento personal y artístico.

El músico nacido en Mosfellbaer (Islandia), hace 36 años, se ha establecido, definitivamente, en el mundo del ambient tras haber comenzado su andadura como baterista en bandas de hardcore/metal. Sus exitosos conciertos en el Primavera Sound (proyecto Kiasmos junto a Janus Rasmussen), los del Sónar y el de hace tres años en el mismo Festival Mil·lenni aconsejaban repetir la confianza.

¿Sería el espacio escogido apropiado para una propuesta tan introspectiva? ¿El largo puente iba a afectar la convocatoria? Respuestas de inmediato.

Intimidad ficticia

 

Si el Auditori del Fòrum prácticamente se llenó (hasta hubo problemas con la ubicación del público) uno lo achaca a la popularidad lograda por su labor en films como Los juegos del hambre (incluso vimos algún niño en el teatro), Gimme Shelter o la serie Broadchurch de la que pudimos escuchar el tema Beth’s theme.

Arnalds atribuye su éxito a la labor construida para plataformas y a la apertura de miras de los oyentes actuales. Hecho indiscutible pero que en mi opinión no desmiente lo afirmado. Seguramente no estarán de acuerdo sus más acérrimos seguidores que, en las antesalas del Auditori, hablaban de las cualidades del citado Re:Member y especulaban sobre lo que podía interpretar en el anhelado concierto. Al final (creo que con buen tino) se centró en sus grabaciones de estudio y obvió, casi por completo, las bandas sonoras.

En cuanto al tema de la intimidad y el afán por conseguir esos silencios que tanto precisa el islandés, se logró a medias. Los presentes ni pestañearon, sin embargo y a pesar del juego de luces (frías o más vivas según tocaba) que iban acompasadas con las notas surgidas de los diferentes instrumentos (meritorio efecto técnico), la magnitud del recinto no le hizo ningún favor.

El sonido rozó la exquisitez, no obstante las distancias no son buenas compañeras cuando se quieren crear atmósferas, objetivo que no consiguió.

Bucle sonoro

 

No seré quien eche por tierra el pulcro trabajo de sus cinco acompañantes (dos violines, una viola, cello y batería), ni me enfrentaré al gusto de casi tres mil almas entusiasmadas, sería un grave error. En cualquier caso lo que sí apetece constatar es que, a menudo, la perfección es sinónimo de aburrimiento. El planteamiento escénico y los ecos deudores del clasicismo, aunque envueltos con beats (más o menos potentes), están tan calculados e inamovibles que la emoción desaparece a los dos minutos de escucha.

Loom, Broot y Only the winds (terna inicial) son preciosas, de acuerdo, pero ¿existen entre ellas diferencias que las distingan? muy pocas y ese es, a mi entender, el principal problema de las composiciones de Ólafur Arnalds.

Toque solo en el piano (tenía tres distintos) o acompañado, el sobresalto nunca aflora. Cierto es que las cadencias emanadas desde las teclas fueron limpísimas, que hubo ciertos destellos magníficos de la cellista y que lanzó varios fuegos artificiales, con la electrónica por amiga, de impacto, pero este estilo no posee medias tintas: o despierta pasiones (la gran mayoría quedó fascinada) o adormece. Si se me permite una comparación muy odiosa, mezclaría a Jean-Michael Jarre y Michael Nyman y aparecería el señor Ólafur. Tampoco es para tirarse de los pelos, creo yo.

Posiblemente si indagara más por los terrenos orientales (Woven song) o la naturaleza (New grass) gozaríamos de mayor calidez. En el caso de New grass, Òlafur, que no habló mucho, pero estuvo muy correcto y simpático, contó una anécdota: cuando estaba creando esta pieza, un amigo le preguntó ¿cómo puedes escribir sobre la naturaleza aislado en una habitación (black room) con las ventanas cerradas? Lógicamente esas circunstancias servían para concentrarse, el mundo exterior vivía en su cabeza.

Para los amantes de las estadísticas diremos que sonaron seis piezas de Some kind of peace, seis más de Re:Member y las otras (19 en total) surgieron de sus diversas grabaciones, catorce desde el 2007, sin contar bandas sonoras.

Ólafur Arnalds es un buen músico, hábil e inteligente, adecuado para un público necesitado de tranquilidad, algo de misticismo, nada proclive a las sorpresas y apasionado por la técnica. Su camino no se apartará de estos andurriales  que tanto beneficio le están dando.

Por nuestra parte le observaremos de lejos y cuando tengamos que poner velas, las compraremos de cera. Las de LED no acaban de convencernos.

Ólafur Arnalds. Foto © Víctor Parreño
Ólafur Arnalds | © Víctor Parreño
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Víctor Parreño

Me levanto, bebo café, trabajo haciendo fotos (en eventos corporativos, de producto... depende del día), me echo una siesta, trabajo haciendo fotos (en conciertos, en festivales... depende de la noche), duermo. Repeat. Me gustan los loops.

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