La notoriedad de Jäje Folke Andreas Johansson, alias Jay-Jay Johanson, es digna de estudio. Transcurridos 29 años de aquel fantástico debut con Whiskey, el escandinavo todavía causa furor, incluso en el público que ni le vio nacer como un cantante, llamémoslo futurista. La ruptura que presentó, aunando el ropaje de cantante melódico con la electrónica, sigue hipnotizando, de aquí que, en el Paral·lel 62 , no cupiera ni una aguja y eso que se optó por retirar las habituales butacas de platea. Lo más curioso o fascinador del caso, es que la media de edad no superó las cuatro décadas, dato a estudiar y que nos informa de la modernidad musical practicada por nuestro peculiar protagonista.
Aunque adelantemos acontecimientos (quedan cuatro de las siete actuaciones en territorio hispano), ya podemos confirmar que, en el espectáculo desplegado, escucharán todos sus grandes hits, pero si lo que desean es remozar su oído con temas de Fetish (ART/29 Music, 2023), lo tienen crudo. El repertorio, compuesto de 19 temas, no acostumbra a variar, así que Finally (introducción) y Seine, serán las únicas novedades de las que disfrutarán. Son muy buenas, no obstante, dada la calidad del nuevo disco, creemos que podía haber arriesgado algo más.
Erik Jansson (teclados y samplers) y Fredrick Wennerlund (batería) fueron los acompañantes (demasiado amplificados) del supuesto crooner, testificamos lo de aparente, porqué ni él mismo opta por distinguirse como tal. En realidad, el crooner original bebe de composiciones ajenas y Jay-Jay presume de creador. Él respeta como nadie a Sinatra y a sus maravillosos secuaces, sin embargo, debería ser algo más comedido si quiere considerarse inventor o innovador. Canta y susurra como pocos o nadie (la actualidad lo demuestra) y en esa destreza, a veces conmovedora (léase The girl I love is gone o ese Whispering words “a cappella”), desmonta cualquier tipo de discrepancia. De todas maneras, el agudo tímpano reconocería la Sinfonía n. 3 de Johannes Brahms participando en la nombrada Finally, ecos de Michel Legrand (Summer of 42) en It hurts me so, la sonoridad de Human League en Believe in us o inumerable ecos del grandioso Henry Mancini; en el fondo, su música nos introduce, constantemente, en el interior de una película.
Con todo esto no estamos diciendo que su personalidad sea inexistente. No nos atreveríamos a juzgar gemas tipo So tell the girls that I’m back in town, You’ll miss me when I’m gone (espléndida muestra de jazzy-blues), She doesn’t live here anymore (Jacques Brel inspirando), Milan, Madrid, Chicago, Paris, On the radio o Heard somebody whistle que, pese a poseer perfiles familiares, son suyas sin discusión alguna.
Johanson cantaba, en 1996, I’m older now. Ni entonces era demasiado viejo, ni lo es ahora. Sus fans, antiguos o noveles (no hay duda de su existencia) lo idolatran cual poderosa esfinge. Lejos de creerse Dios (tampoco es que interactuase en demasía) acabó abrazándose con las primeras filas al son del My Way en la versión de Sid Vicious, cosa fina.
Jay-Jay Johanson firmó un show pulido (bonitas filmaciones en blanco y negro), sobrio y elegante. Quizá le faltaron chispazos de espontaneidad; el cálculo somete al ingenio. Eso ya lo sabíamos.
Autor de este artículo
Barracuda
Òscar García
Hablo con imágenes y textos. Sigo sorprendiéndome ante propuestas musicales novedosas y aplaudo a quien tiene la valentía de llevarlas a cabo. La música es mucho más que un recurso para tapar el silencio.





