Dobet Gnahoré, como cantante y percusionista, venía al Blues & Ritmes acompañada por un grupo más que solvente, con Dibo Bodjo a la batería, acompañante histórico de la marfileña; Louis Haessler al bajo, y Julien Pestre a la guitarra. Eran sólo un cuarteto pero con recursos suficientes para hacernos sentir que estábamos ante un combo más numeroso.
La excusa de la actuación era la presentación del último disco de la cantante, Zouzou, editado el año pasado, en el que Gnahoré se abría a sonoridades más urbanas, sin abandonar los arpegios saltarines y los polirritmos que definen el afropop.
Desde el primer momento se apreciaba la total compenetración entre Gnahoré y los integrantes de su banda. Sonrisas, bromas, muecas y guiños, y la cantante, que les dejaba espacio para el lucimiento instrumental mientras nos deleitaba con sus energéticos bailes o se ponía a incrementar las revoluciones dándole a la tumbadora.
El sonido era un luminoso pop panafricano, interpretado en diferentes lenguas del continente cuna de la humanidad, y siempre con el positivismo y la alegría como bandera.
Hubo momento para la diversión cuando el batería nos intentaba indicar cuándo teníamos que acompañar sus silencios con la voz y se ponía las manos en la cabeza ante la incapacidad rítmica del respetable. Un ejemplo para demostrar hasta qué punto son intrincadas las evoluciones rítmicas que nos ofrecían, o quizás, de cómo hemos perdido la capacidad de dialogar con nuestros cuerpos en esta sociedad hipertecnificada en la que vivimos.
La complicación rítmica tenía como objetivo último que nos invadiera la pulsión musical hasta no poder estarnos quietos, y eso es lo que pasó en las primeras filas del Teatre Margarida Xirgu. Con mayor o mejor destreza, nos dejamos arrastrar con la música, hipnotizados, moviéndonos al ritmo que nos marcaban, con más fuerza cuando se reflejaban en la música tradicional africana y con un poco menos de pegada en las canciones más funky y occidentalizadas.
Como comentaba, el concierto fue de menos a más, con un fin de fiesta absolutamente envolvente. Hubo también rueda de solos, para que cada uno de los músicos pudiera ofrecer un ejemplo de dominio del instrumento; quizás quien se llevó el gato al agua por la contundencia de sus evoluciones fue el guitarrista, Julien Pestre, que tampoco podía evitar bailar mientras nos ofrecía un solo realmente salvaje.
El concierto no fue especialmente largo, pero sí enorme en su intensidad. Decía Dobet Gnahoré que su objetivo era hacernos bailar y ser felices con su música. Doy fe de que lo consiguió.
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