El todavía joven Nick Waterhouse, nacido en 1986, parece teletransportado desde un tiempo situado entre los años 50 y 60. Con su traje y sus gafas robadas a Buddy Holly, tanto él como toda su banda (bueno, excepto el batería, que parecía recién rescatado del verano del amor con su camisola hippy) ofrecen una estética coherente que coincide con la música que ofrecen. Es un retorno al pasado en toda regla, pero hecho con convicción, emoción y calidad, como se demuestra en su última referencia, The Fooler (Innovative Leisure, 2023), que venían a presentar y que es como una declaración de amor al San Francisco que el cantautor conoció y que se está perdiendo.
La actuación en la Upload no comenzó, sin embargo, de la mejor manera posible. Más de media hora de retraso, en el que el respetable evidenció su malestar con silbidos de intensidad creciente, y que finalizó sin que el líder de la banda ofreciera la más mínima disculpa. Si a eso le añadimos que, durante la primera canción del show, Waterhouse se mostró incómodo y cambió su Gibson ES por una Stratocaster, parecía que la cosa iba a ir renqueando.
Sin embargo, los malos augurios se borraron de un plumazo cuando la amplia banda de 7 integrantes, con sección de viento conformada por saxo tenor y barítono, empezó a coger impulso. El rhythm & blues, el jazz y el soul que fundamentan su repertorio burbujeante hicieron que el público, que abarrotaba la sala de Montjuïc, comenzara a disfrutar de lo lindo.
Si, durante el inicio, Waterhouse se mostró incómodo con su instrumento, durante la actuación nos ofreció solos inspirados y creativos, que nos hicieron recordar que no estamos sólo ante un recomendable compositor y cantante, sino ante un guitarrista más que competente. Su voz, rasposa, me recordó en directo a Joe Henry, otro emblemático perpetuador de la tradición musical norteamericana.
Como si estuvieramos en un garito de mitad del siglo pasado, Waterhouse se dejó litros de sudor por mantener el pundonor de su vestir, en una noche que fue mucho más allá de un mero ejercicio revisionista. Hay actitud, hay canciones y hay una gran banda, con presencia y calidad. De ella, destacar las intervenciones del saxofonista tenor y la voz energética de la corista, que ofrecía un gran contrapunto a los recursos vocales más limitados del lider de la banda.
En los bises, Waterhouse volvió a recuperar la Gibson con la que había iniciado la noche. Esa reconciliación fue como una escenificación de la que se produjo también con la audiencia, que dejó la sala con esa sonrisa exhausta de felicidad que se nos queda cuando asistimos a una gran velada de musica. A pesar de las dificultades iniciales, la actuación del septeto de Waterhouse lo fue, sin duda.
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