A pesar de que la sala grande del Apolo no se llenó del todo, todos los asistentes nos quedamos con la sensación de haber asistido a un doble concierto de aquellos que te quedan grabados para siempre. Tanto la banda de Idaho, Reckless Kelly como la de la cantautora, natural de Louisiana, Lucinda Williams ofrecieron la mejor de sus versiones y encandilaron. El rock de altura volvió a salir victorioso.
Recless Kelly
Lucinda Williams partía como cabeza de cartel, pero la buena gente de Rocksound/Acaraperro ya había advertido que sería un pecado perderse la actuación del grupo liderado por Willy y Cody Braun, dos hermanos que llevan desde 1997 hasta el día de hoy, ofreciendo clases magistrales de country rock o americana, género en el que les gusta incluirse por aquello de conjuntar a los despistadillos.
Estos pasionales norteamericanos tienen un nuevo disco titulado The Last Frontier, 2024) que, al igual que toda su discografía, debería tener un lugar privilegiado en el hogar de cualquier inteligente aficionado. De él pudimos escuchar algunas piezas como las introductorias Miserable o Fired up ready to go, magníficas las dos. Willy (con su voz a lo Jackson Browne), el simpático Cody (un maestro con el violín y la mandolina eléctrica) y el resto de la banda compuesta por Jay “Nazz” Nazziola (batería), Joe Miller (bajo) y Geoffrey Queen (guitarra) también hicieron un pequeño repaso a sus mejores canciones. Entre ellas sobresalieron Nobody’s girl, Thinkin’’Bout you all night, Seven nights in Eire o Wicked twisted road. Una gozada de show que se perdieron aquellos que tan solo querían ver a la gran Lucinda. Ya les aviso que tardarán en volver, aunque su primera aparición en España les supo a gloria. Nos lo contó el bueno de Cody Braun mientras saboreaba un zumo de frutas.
Lucinda Williams
Lo de la protagonista de la noche es un auténtico milagro. Ha superado el ictus que sufrió hace cinco años y aunque, lógicamente, sus prestaciones físicas y vocales no son las mismas de antaño (la enfermedad le impide tocar la guitarra y su voz tiembla en algunos pasajes), sigue manteniendo el empaque que la ha hecho legendaria.
Algunos creíamos, por noticias recibidas sobre sus últimas actuaciones, que íbamos a presenciar el declive de un mito, todo lo contrario. Cierto es que estuvo apoyada por un combo de músicos esplendoroso: Marc Ford (guitarra), Doug Pettibone (guitarra), David Sutton (bajo) y Brady Blade (batería), pero aguantó el tipo como la mejor. Explicó el origen de algunos temas como Rock’n’Roll Heart (grabación en la que participaron Bruce Springsteen y Patti Scialfa), pidió perdón, como norteamericana, por los desmanes de Trump y, sobre todo, se implicó y susurró impactantes estrofas (lo de Pineola fue de llorar) de modo impecable, desgarrador; tan solo los más grandes pueden atravesar entrañas.
En el apartado estrictamente musical, nos relamimos con Drunken Angel (muy firme en este tramo), Fruits of my labor, Can’t let go (Randy Weeks), la seminal Car wheels on a Gravel Road, el blues You can’t rule me (Memphis Minnie), While my guitar gently weeks (George Harrison), Righteously, Joy, dos piezas de reggae: Are you down y el So much trouble in the world de Marley (inflexión en tono protesta) o ese apoteósico cierre con Rockin’n in the free world (Neil Young), especie de resumen moral de lo que le ronda por su privilegiado cerebro y de la velada en general.
Lucinda Williams nos dio una lección de amor a la existencia para continuar con nuestro destino sin pestañear, sorteando cualquier tipo de percance, por duro que sea. Quiere vivir. Nosotros la acompañaremos en la lucha.
Autores de este artículo
Barracuda
Aitor Rodero
Antes era actor, me subía a un escenario, actuaba y, de vez en cuando, me hacían fotos. Un día decidí bajarme, coger una cámara, girar 180º y convertirme en la persona que fotografiaba a los que estaban encima del escenario.





