Si Van Morrison tiene un problema, en la actualidad, no es su potencia vocal (a muchos les gustaría lucir la energía de su garganta a los 81 años), ni el repertorio (nada elemental) utilizado en sus últimas apariciones. Pero puestos a reprochar alguna cosa de la deidad de Belfast, podríamos introducir algún defecto.
Morrison se apoyó en la dirección musical del baterista Bobby Ruggiero para construir un viaje, a lomos del blues tradicional, decisión tan honesta como, en ocasiones, tediosa. Escuchar Deep Blue Sea (John Lee Hooker), Kidney Stew Blues (Eddie “Cleanhead” Vinson), Rock Me Baby (B.B. King) o Snatch It Back And Hold It (Junior Wells) o Early In The Mornin’ (Louis Jordan), debió transportarnos a las raíces del elemental género. No obstante, nuestro león preferido, optó por llevar, tan preciadas gemas, hacia un lugar sereno, bastante lejano del impacto originario. Esto no quiere decir que su destreza y la fina banda (con el suave refuerzo de la corista Jolene O’Hara) rindieran a bajo nivel. Hablamos de falta de chispa, aquella descarga rítmica y recia que instiga al rhythm and blues para ejercer como fuerza sobrenatural.
Contrastando opiniones con expertos, llegamos a la conclusión que el maestro sigue despertando mejores sensaciones cuando ataca el repertorio propio. Somebody Tried To Sell Me A Bridge (2026), su última faena, contiene piezas relevantes como la que da título al disco o I’m Gonna Play The Honky Tonks (Marie Adams), pero no llega a la altura de Remembering Now (2025), espléndida grabación de la que surgieron Down To Joy, If It Wasn’t For Ray (dedicada a Ray Charles), Back To Writing Love Songs o The Only Love I Ever Need Is Yours. Aunque claro, si dichas filigranas las cotejamos con Little Village, Foreign Window, Tore Down A La Rimbaud (la disfruté como nunca) o ese Real Real Gone mezclado con el You Send Me de Sam Cooke, todo queda en minucias, a pesar de ser espléndidas canciones.
Suponemos que, al igual que Dylan, a Van The Man le aburre cantar sus hits siempre del mismo modo, así que cuando se le ocurre entonar Moondance, la desfigura e intenta darle otra dimensión, pensamos que innecesaria. Escudándose en su primorosa cantante de apoyo, labró una versión, en tono jazzy, poco convincente. Es imposible que esos arabescos vocales de antaño retornen inmaculados, pero la nueva percepción de la idea primigenia no acabó de cuajar. Cuando debía elevar la nota, Jolene O’Hara acudía a salvarlo con el fraseado habitual y en los momentos de lucimiento, incluso desafinó. Entendemos el esfuerzo por variar lo manido, reconociendo las posibilidades de su actual registro vocal. De todos modos, creemos que su actitud, ímpetu y dependencia de un público deseoso de escuchar clásicos, le obligan a emprender dificultades con títulos tan emblemáticos, como también ocurrió con Gloria (Them), tema de despedida y que utilizó el combo para lucirse sin Van en escena. Dudosa resolución.
Esta crónica tiene un tono agridulce, matiz percibido por este cronista en los 90 minutos de concierto. Los que lo deseen pueden intercambiar opiniones.
Desviando las inexactitudes u opiniones diversas, Van Morrison nos volvió a visitar y eso es un regalo impagable. Quién sabe si el postrero.
Autores de este artículo
Barracuda
Víctor Parreño
Me levanto, bebo café, trabajo haciendo fotos (en eventos corporativos, de producto... depende del día), me echo una siesta, trabajo haciendo fotos (en conciertos, en festivales... depende de la noche), duermo. Repeat. Me gustan los loops.





