Englobada en las fiestas de La Mercè, dentro de la programación del Festival BAM, el concierto, celebrado en la Casa de l’Aigua, presentó el disco homónimo Lina_Raül Refree, una revisión, o, mejor cabría decir, una reinvención, de los fados interpretados por la seminal Amália Rodrigues, que Lina y Refree subvierten mediante una instrumentación que se aleja radicalmente de los cánones al uso.
Durante todo el concierto, Raül Refree utilizó un piano de cola y un piano eléctrico, cuyos sonidos procesaba y deformaba en directo, con la ayuda de filtros y secuenciadores, para crear un colchón sónico en el que la saturación era otro elemento válido para generar emoción. Refree también manipulaba directamente las cuerdas del piano, buscando sonoridades insospechadas que añadieran facetas a un tejido sonoro realmente rico, fresco, sorprendente y, siempre, al servicio de la canción, de la emoción pura, que es de lo que trata el fado. Ese acercamiento introspectivo, esencialista, me recordó, por momentos, las creaciones de Annete Peacock, otra experta en la transmisión de la emoción sintetizada.
La propuesta musical de Raül Refree es atrevida y heterodoxa, pero en ningún momento traiciona el espíritu de las canciones. Se podría decir que propone nuevas sonoridades para actualizar y potenciar la capacidad emotiva de las composiciones.
Sobre este colchón de sonido, la fadista Carolina Rodrigues (Lina) ofreció un absoluto recital vocal. Además de una bellísima y cristalina voz, que se puede considerar de fuste clásico, la cantante demostró una potencia y un control en la interpretación que propulsaron el concierto a cotas elevadísimas, como en Ave Maria Fadista, casi a capella, que nos conmocionó al cerrar la noche con las frases:
Rogai por nós Virgem Mãe
Agora, sempre e também
Na hora da nossa morte
Si el fado es la canción del fatalismo, no puede existir música más apropiada para los tiempos que vivimos. Pero, ante la incertidumbre, y mientras sea posible, noches como esta justifican todos los esfuerzos que se lleven a cabo para mantener viva la llama de la música en directo.
La actuación fue un festín que los asistentes recibieron con un silencio reverencial, ni tan siquiera aplaudieron entre canción y canción, como si tuvieran miedo de romper el embrujo. Por supuesto, al finalizar el concierto, la ovación fue del nivel del espectáculo que habíamos contemplado. Una gran noche en la que fondo y forma se conjuraron a la perfección para ofrecernos algo que es, a la vez, novedoso y tradicional, sentimiento puro.
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