“Cuando aquella primavera de plazas vacías y pulmones rotos llegó, Él ya llevaba siglos siendo el dueño del valle. Había venido desde lejos, arrastrando versos por cunetas olvidadas. Había estado en el sur, zarandeando cuerpos en los árboles. Había cruzado el Atlántico y regresado sin maleta”. Así reza el texto de Martín Bezanilla con el que se nos dio la bienvenida al majestuoso templo de la música en Barcelona, donde pudimos ver de vuelta al gran Quique González, de la mano de un nuevo disco que ha cautivado a un público fiel y apasionado.
Tras la inauguración en Cádiz hace ya 3 meses, la gira Sur en el Valle pisó la ciudad condal para volver a deleitar a una platea que ansiaba el retorno del cantautor madrileño y toda su banda. Junto a Toni Brunet (guitarra y coros), Edu Olmedo (batería), Jacob Reguilón (bajo y contrabajo), y Raúl Bernal y César Pop (teclados y hammond), se encargaron de poner patas arriba la platea, con un estilo tan rockero que nos hace recordar a los tan conocidos Bob Dylan o Van Morrison, o los españoles Antonio Vega o Los Secretos.
Inicio sin rodeos
Con un total de 26 temas, Quique González y la banda hicieron un repaso de toda la trayectoria que avalan al cantautor. Aparecieron con unos rostros agradecidos de estar ahí, y sin mediar palabra, interpretaron tres canciones del nuevo disco: Sur en el valle, Lo perdiste en casa y Amor en ruta. No fue hasta después del tercer tema que Quique se dirigió por primera vez a todo el público, en el que nos confesaba que se encontraba nervioso de volver al Palau de la Música Catalana.
Y tras las palabras, con las que recibió una cálida ovación, se arrancó con Palabras mojadas, éxito entre los espectadores, que le ayudaron a remontar un pequeño error en la letra al principio de la canción. El público le tendió la mano en señal de ayuda, y Quique junto a su banda trataron de devolver ese gesto con una energía propia de un grupo de veinteañeros.
Lo que más me sorprendió fue la sonrisa imborrable del público, a pesar de las mascarillas. Esa mueca con los ojos brillantes y los pómulos altos denotaba la alegría entre los afortunados de asistir al concierto. Pero todo ese jolgorio se veía perfectamente reflejado en los 6 artistas. La pasión de Raúl al teclado, que no conseguía tocar sentado ninguna canción, o la concentración de Edu con las baquetas en la mano, es una delicia para todo aquel que tiene la suerte de verlos en directo.
Viaje en el repertorio
Con una gran presentación, sonó Betty, una grata sorpresa para el público, que no esperaba en absoluto esta historia de adicciones y tragedias en forma de canción. Y junto a este tema, Daiquiris blues. Poco que decir de un ‘track’ insignia de la carrera de Quique González. Tras retomar las canciones del álbum que venían a presentar, volvió a emocionar al respetable, que en las pausas gritaba el nombre de alguna canción, deseando que el madrileño accediera a las propuestas de sus seguidores.
Una sorpresa fallida en forma de Salitre volvió a poner patas arriba el Palau de la Música. Por primera vez se pudo observar a algún fan de pie, dejándose llevar por la magia de la música en directo. Y tras esto, y varios amagos de despedida, comenzó la recta final del ‘show’. Clase media, grabada en un estudio del Poblenou, Kamikazes enamorados y Considerando, rindiendo homenaje al gran Rafa Berrio, empezaron a dibujar el broche final. Tras ello, las canciones más emotivas de su repertorio: La casa de mis padres, Dallas-Memphis o Luna de trueno, entre otras, que dibujaron un rostro más serio en la platea, mostraba que el fondo de estas letras había llegado de igual manera al público, totalmente contemplativo.
No podía haber otra canción para cerrar un concierto que duró algo más de 2 horas, y ese broche final se llama Vidas cruzadas. Con todo el mundo ya en pie, algo a lo que animó Quique González, se concluyó un viaje a través del pasado y presente de una carrera musical que no se permite el freno, porque tal y como nos señalaba el escrito inicial, “llevaba siglos siendo dueño del valle”, y nosotros le esperamos en el sur o donde nos lleve su música.
Autores de este artículo
Alberto De La Ossa
Aitor Rodero
Antes era actor, me subía a un escenario, actuaba y, de vez en cuando, me hacían fotos. Un día decidí bajarme, coger una cámara, girar 180º y convertirme en la persona que fotografiaba a los que estaban encima del escenario.





