No es muy habitual ir a ver un concierto de rock al teatro, ¿verdad? Aunque en este caso la ubicación del show de guitarras –condicionada inevitablemente por la Covid– resulte inédita, lo más impactante ni siquiera es que la banda en cuestión consiga llenar dicho recinto, sino que lo haga cuando el calendario marca dos escasos años desde su primera referencia homónima, Derby Motoreta’s Burrito Kachimba.
Y es que los sevillanos –en adelante, DMBK– nacieron pisando fuerte, con mucho talento y marca propia entre setentera y flamenca, tal y como sigue siendo patente en su segundo trabajo Hilo Negro, publicado hace justo una semana por el sello Primavera Labels. Para estrenarlo, nada menos que una de las Nits del Coliseum, en bandeja de plata desde la capital catalana, donde cosecharon un lleno sin contemplaciones.
Un viaje colosal
El clásico micro con manillar de los andaluces esperaba sobre las humeantes tablas, cuando se apagaron las luces y sonó el gong. The New Gizz estalló entre aplausos de la platea y anfiteatros, y había alguno que ya coreaba de pie: “tómalo; siéntelo; vuelve a nacer”. Seguidamente hace su entrada el Hilo Negro, con ese genial riff a lo Mountain de Porselana Teeth, mostrando también la deriva más funk del sexteto sevillano, y la continuación con Caño Cojo. Impecables las dos.
Sigue la incursión en la autodenominada kinkidelia con El Valle, donde el quejío de Dandy Piranha se abre paso para retumbar en las paredes del Teatre Coliseum y recordar a los presentes que por mucho que quieran, se van a quedar con las ganas de saltar. Ciertamente criminal.
Para cuando se alcanza la media hora de show, pocos deben de sorprenderse por el sold out, y es que las tablas que muestran los DMBK sobre el escenario son más que inusuales en una banda de tan corta vida. La puesta en escena está cuidada desde el minuto 0 y cada integrante de la banda domina perfectamente su espacio, además de buscarse entre ellos para dar show. Aquí no hablamos de “promesas” o “banda emergente”, estos decidieron saltarse esa posiblemente incómoda fase para ser directamente uno de los mejores activos del rock nacional, por méritos propios. Será cosa de haber fundado su propio estilo.
Vibrando el teatro como si estuvieran arrancando una Derby Motoreta’s dentro, comienza la incursión a Gitana, uno de los temas donde se pueden apreciar en su máximo esplendor y demostrando su maestría usando la pedalera, los sintes y efectos de voz. La atmósfera sonora es magnética y, acompañada de un impecable juego de luces (mención especial para el técnico), se crea una especie de brillante psicodelia flamenca que es correspondida con una ovación de varios minutos.
Continúa la tralla kinkidélica, combinando riffs pesados más propios de géneros como el metal o el stoner con escalas árabes y timbales. Somniun Igni (p1) arranca a dúo flamenco eléctrico para enlazar después con su segunda parte recién publicada, y con la perfecta ascensión de Aliento de Dragón consiguen levantar a casi la totalidad de los presentes. Bastaba con mirar alrededor para darse cuenta de la magnitud del triunfo que se estaba gestando.
Catarsis final
Con la frustración de no poder montar un pogo en DÁMELA, Samrkanda atraviesa el tiempo para ofrecer un final hipnótico, acabando igual que se empezó, con un golpe de gong. Alguno debió pensar, efectivamente, que era imposible mejorar tal cierre y emprendió el camino a casa, pero aún había más. Una pareja se percata justo antes de salir por la puerta y disfruta in-extremis de la Nana del Caballo Grande, versión del tema interpretado en su día por Camarón basándose en un poema de Federico García Lorca.
El silencio inicial rompe en una nueva ovación que interrumpen los propios músicos al grito de “Sig na geg no, sig nag nag se”, y es que falta una última dosis de adrenalina con El Salto Del Gitano, catarsis final que termina con buena parte del Coliseum levantado, sin poder resistirse a saltar y los Derby Motoreta’s Burrito Kachimba tirados por el suelo. Podría haberse tratado de un final de gira, pero era justo lo contrario. El rock nacional tiene nuevos referentes y no, no fue un espejismo, tenemos kinkidelia para rato.
Autores de este artículo
Mikel Agirre
Marina Tomàs
Tiene mucho de aventura la fotografía. Supongo que por eso me gusta. Y, aunque parezca un poco contradictorio, me proporciona un lugar en el mundo, un techo, un refugio. Y eso, para alguien de naturaleza más bien soñadora como yo, no está nada mal.





