Dicen que FTCH (Xtra Mile- Polydor, 2022) es el disco que Frank Turner necesitaba para retornar a los sonidos hardcore (la banda Million Dead marcó su inicio). El cantautor británico (nacido en Baréin) está eufórico tras publicarlo, pero después de acabar la gira ’50 US states in 50 days’ (primer no-norteamericano en conseguirlo, pura anécdota), ha decidido seguir estrujando su garganta (literal) en otra serie de actuaciones junto al mandolinista Matt Nasir. Lejos de bajar la fuerza, la propuesta (ahora acústica), que llegó a Madrid y Barcelona, sigue poseyendo el mismo empuje que tanto le gusta al empático Turner.
Fans sorteando columnas
Sería frívolo por nuestra parte, y más después del cierre del Milano Jazz Club, criticar a cualquier club barcelonés preparado para ofrecer conciertos en directo, pero tampoco debemos esconder los defectos que poseen algunos de ellos. La verdad es que poco pareció importarle a la parroquia, que abarrotó el recinto, los impedimentos que plantean las enormes columnas de la sala Wolf para divisar mejor el escenario; demasiadas zonas sin visión como también existen en los grandes teatros. El que llegó pronto lo presenció de perlas, los que no, tuvimos muchas dificultades para verle la cara al campechano y arriesgado artista.
El de Barcelona fue el concierto 2821 de Turner, una cifra salvaje para alguien que en diciembre cumplirá 43 años y que grabó su primer disco en solitario en 2007. Es evidente, viéndole actuar, que le va la marcha y le encanta el contacto con el público, aunque bien haría, en un futuro próximo, en aminorar la actividad, sus cuerdas vocales (no para de cantar y chillar) pueden llegar a tener un desgaste irreparable.
Hit tras hit
Pareció estar muy contento de tocar en Barcelona, hecho que aprovechó para iniciar su discurso de presentación en catalán. No se le dio mal, incluso bromeó antes de atacar la adictiva (lo son casi todas) Haven´t been doing so well que lo hablaba mejor que Pompeu Fabra; se había aprendido la lección, estaba claro. Tanto que llamó “poca solta” a Nasir y se atrevió a traducir el texto de Eulogy, tema que no cantó completo.
Su poder de atracción es irresistible. Además de sus seguidores foráneos (juraría que la mitad del aforo) también puede presumir de tener forofos del país donde actúa. Uno de ellos, con quien charlamos acerca del repertorio, había estado en Madrid en el show del día anterior; a eso se llama fidelidad.
Desde el arranque con The ballad of me and my Friends (título significativo) a un subidón le relevó otro del mismo tamaño. Quizá las canciones del último trabajo fueron las menos seguidas (efecto lógico), pero todas las demás fueron tarareadas de principio a fin. De las nuevas, destacó Miranda, una historia sobre su padre que se define con un par de frases: “My father is called Miranda these days, she’s a proud trasgender woman”. Pues eso.
Lo más sorprendente del binomio Turner/Nasir fue constatar cómo se puede hacer tanto ruido (fucking noise, en sus palabras) con tan solo una guitarra acústica y una mandolina. Esa arrebatada fusión ya quedó puesta de manifiesto en su primera colaboración en comandita: If ever I stray. Nasir únicamente quedó fuera de juego en Do one y en la espléndida Cowboy chords. En ella Turner pareció un curioso cruce entre Neil Young y Jonathan Richman que a un servidor le encantó, llámenme raro.
Muy acertado en The road (el bluegrass y el punk dándose un abrazo fraternal), en la antifascista (que bien suena esta palabra) 1933 o en I knew Pruforck before he got famous, una de las canciones más vividas de la velada.
Antes de los reglamentados bises (aunque no desapareció de escena), entonó otra pieza ovacionadísima: Photosynthesis, que empalmó con el primer obsequio, la no menos espectacular Recovery. En total completó el set con seis regalos sin desperdicio. Con el respetable enloquecido (entre lo de The Hives y Turner acabaremos en un psiquiátrico) cantó Get better, Somebody to love (más alegre que el original de Queen), I still believe, Four simple words, cerrando la orgía con la frenética I want to dance.
Además de llevar a buen puerto ese dificultoso cambio de lo eléctrico a lo desenchufado, sin perder potencia (casi un milagro) debemos resaltar, de nuevo, la facilidad que tienen los británicos (de todas épocas) para fabricar estribillos inapelables que te quedan marcados en el cerebro para siempre. Una costumbre o habilidad que se ha perdido, con el tiempo, en aras de querer innovar. Si creas algo nuevo, en teoría, debería ser para que no se olvidara, digo yo. Pues nada a seguir innovando que sólo quedan tres días y ya ha pasado uno.
Lo de Frank Turner y Matt Nasir fue una gozada en toda regla. Una hombrada de dos individuos carismáticos que están en este oficio para disfrutar y conseguir que los demás disfrutemos de ello. Así de simple.
Esperamos que vuelvan pronto. No estaría mal que el bueno de Frank se trajera a The Sleeping Souls, sin ánimo de comparar, pero sí para engrandecer el discurso musical. A poder ser en un espacio que no se asemeje a un templo griego. Que me perdonen los responsables y los encantadores trabajadores del Wolf.
Autores de este artículo
Barracuda
Marina Tomàs
Tiene mucho de aventura la fotografía. Supongo que por eso me gusta. Y, aunque parezca un poco contradictorio, me proporciona un lugar en el mundo, un techo, un refugio. Y eso, para alguien de naturaleza más bien soñadora como yo, no está nada mal.





