Kalush Orchestra. Foto © Aitor Rodero
Kalush Orchestra. Foto © Aitor Rodero

Kalush Orquestra: Ucrania entre nosotros

Los ucranianos Kalush Orchestra, ganadores del último Festival de Eurovisión, llegaron a la sala Luz de Gas, en olor de multitudes, para gritar bien fuerte la reivindicativa Stefania y el resto de su repertorio.

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A pesar de que los responsables del polémico y exitoso evento siempre han querido mantenerse al margen de la política (consta en el ideario original), a nadie se le escapa que existen razones, muy lejanas al mérito musical, que aúpan a los participantes a ganar el premio gordo de Eurovisión. Con todo, en 2017, Salvador Sobral asombró, triunfando gracias a la maravillosa Amar pelos dois, un vergel en medio del desierto.

En la postrera edición, celebrada en Torino, la guerra en Ucrania tomó protagonismo y fue el motivo principal para que los votantes se decantaran por otorgar virtudes (discutibles) a Stefania, canción presentada por la Kalush Orchestra. Tampoco sus contrincantes ofrecieron excesiva competencia cualitativa, pero ese desgraciado plus fue absolutamente providencial en la victoria del grupo liderado por el rapero Oleh Psiuk.

El conflicto armado no disminuye y el colectivo se ha embarcado en una gira que intenta, con sus arengas y música, representar la resistencia de una nación acribillada. La denuncia no debe cesar. La cita en Luz de Gas no iba a eludir la salvaguardia de los derechos de todo un país y además nos serviría para comprobar la real aptitud de la orquesta. Con todo el papel vendido, el Eurovision 2022 Winner Tour llegaba a Barcelona.

Acontecimiento social

 

Que el concierto iba a huir de convencionalismos estaba cantado. Lo primero que llamó la atención, al entrar en la sala, fue la gran cantidad de asistentes que exhibían el habitual gorro rosa del carismático Oleh Psiuk y banderas ucranianas envolviendo los cuerpos de los más implicados; casi todos.

Una multitud joven (incluso niños acompañados de sus padres) vociferante, enloquecida, por la causa a proteger, se erigió como protagonista. No divisé público autóctono, me sentí cual turista despistado. El ambiente se asemejó al de una fiesta privada. La locura se avecinaba. Apetecía.

Al apagarse las luces, fueron apareciendo, uno a uno, los miembros del estrafalario grupo quienes, ya puestos en faena, iniciaron sus cantos acompañados de ritmos tribales. Finalmente compareció el líder saludando en ucraniano. Lo utilizó durante toda la noche, no era necesaria otra lengua. Terminado el “speech”, sonaron las primeras notas de la sopilka (flauta de los Cárpatos). Vitalii Duzhyk las interpretó con dulzura, contraponiéndose al impetuoso arranque dance.

Oleh Psiuk es un rapper tan atípico como efectivo. Va ataviado con el keepar festivo (chaleco de los Hutsul, grupo étnico de los Cárpatos) y un gorro de pescador que le da un toque moderno. Ese cruce entre lo atávico y lo actual es la enseña musical de la banda, un sonido algo monótono, pero adictivo y salpicado con las hermosas tonalidades de la sopilka. A uno le vinieron ecos andinos; quizá hierre el tiro.

Psiuk fundó Kalush (a secas) en 2019, centrándose únicamente en el hip-hop. Su calidad le permitió fichar para Def Jam (Beastie Boys, Snoop Dog). Dos años más tarde, coincidiendo con las tensiones con Crimea, decide crear la Orchestra, formación centrada en perfeccionar el directo queriendo combinar la modernidad con el folclore. En este curioso choque y el duro trabajo demostrado encima de las tablas reside el secreto de su excelente resultado.

En escena, vestidos con trajes tradicionales y alguno chamánico, saltan, bromean e invitan a la juerga desmesurada. Saben a lo que juegan y lo ejecutan con una dignidad y contundencia que asombra, al menos a los profanos, entre los que me encuentro.

Stefania

 

A la tercera fue la vencida: emergió la vencedora. Escuchado su ramillete de canciones, Stefania no nos parece su mejor composición, aunque es evidente que es y será por mucho tiempo el emblema que les distinguirá. Tema escrito antes de la guerra y cuya letra está dedicada a la madre de Oleh. Con el conflicto en marcha, el pueblo le encontró otras connotaciones y la convirtió en casi un himno nacional.

Cuando sonó en Eurovisión, pareció (si exceptuamos el mensaje) bastante anodina y un tanto vulgar. Sea por la emoción del momento, el griterío provocado, la presencia de tanto damnificado, su propio progreso o la perfecta ejecución (sin trucos festivaleros) nos pareció bastante mejor que meses atrás. De qué modo pueden cambiar las cosas cuando se vibra junto a seguidores de verdad. La vida te da sorpresas, diría Blades.

Stefania volvió a sonar, esta vez de cierre y con más algarabía si cabe. Familias enteras abrazadas con la orquesta y bailando desenfrenadamente, situación pocas veces vivida en esta ciudad. Festividad con reflexión. El recio show contó con unas bonitas filmaciones de fondo que iluminaron el ya de por sí lúcido espectáculo.

Analizar, convencionalmente, este concierto sería una equivocación. Demasiadas circunstancias lo rodeaban para no tenerlas en cuenta. Sin embargo, las prestaciones de la Kalush Orchestra superaron las expectativas. Quizá estamos delante de algo más que un fenómeno coyuntural. Lo chocante se convirtió en sensación reconfortante. Nos congratulamos.

Kalush Orchestra. Foto © Aitor Rodero
Kalush Orchestra | © Aitor Rodero
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Kalush Orchestra | © Aitor Rodero
Kalush Orchestra. Foto © Aitor Rodero
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Aitor Rodero

Antes era actor, me subía a un escenario, actuaba y, de vez en cuando, me hacían fotos. Un día decidí bajarme, coger una cámara, girar 180º y convertirme en la persona que fotografiaba a los que estaban encima del escenario.

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