Ser mala es bueno

Mabe Chacín se reencuentra con La Mala Rodríguez para sentarse a su lado y discutir sus andanzas, conspirar contra el patriarcado y echarse unas risas mientras le cuenta sobre el proceso de hechura de su libro ‘Cómo ser Mala’
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Tengo un vívido recuerdo de estar con tres amigas de la universidad en una calle del centro de Caracas (Venezuela), sentadas en el maletero de mi coche con una botella de Santa Teresa y los altavoces a todo volumen, entonando a todo gañote la letra de la canción que se había convertido en el himno de cualquier chica de esas que caminan con autoridad, de las que no le tienen miedo a la noche. «Sin reputación no hay respeto conozco esta zona esta mona no se anda por las ramas hablo claro consecuencias llegan si me necesitas llama». Yo tenía 19. Se cumplían dos años de la salida de Malamarismo (2007), el álbum que contiene Por la noche, una de las canciones más pegadas de La Mala Rodríguez.

Para ese momento el rap en Venezuela era una cosa de machirulos. Las raperas eran una rareza y casi siempre tenían que estar ‘apadrinadas’ para poder montarse en alguna tarima. Yo me juntaba con grafiteros y estaba en la movida: era amiga de los amigos de los raperos de moda. Pero nunca fui fan empedernida del rap. Por aquel entonces yo prefería la música que escuchaba en las raves. El punto es que quizás no me gustaba el rap porque no me sentía representada y, aunque las letras exponían realidades duras (de barrios deprimidos, de la lucha de clases, de la superación, de traumas…), muchas lo hacían a través de un lenguaje violento y machista. Así que yo hice next con el rap de mi país.

No fue hasta que escuché a La Mala Rodríguez que me re-planteé al rap como herramienta poderosa de poesía y de lucha. Quizás porque esta vez lo estaba oyendo de una mujer. Y aunque ya escuchaba a mujeres del movimiento hip hop gringo, las letras en inglés no me producían las ganas de cantar gritando como me pasaba con las líricas en español. Once años después me ha pasado de todo y mis andanzas musicales son otras, pero sigo reflexionando acerca de aquella muchacha de La Macarena que se lanzó sin ambages a combatir en una industria dominada por hombres –qué sorpresa– y terminó convirtiéndose en referencia para muchas otras mujeres, no solo en universo del hip hop o la música, sino para cualquier niña que no veía la vida más allá de su pueblo o barrio.

Nada de ropas anchas o actitud retraída, ahora La Mala salía a la tarima en corset y tacones

Entrevista a Mala Rodriguez. Foto © Víctor Parreño
Mala Rodríguez | © Víctor Parreño

Tres años después, en 2012, vi de cerca a La Mala en Caracas. Ella estaba terminando una gira por Latinoamérica y Venezuela era el último país de la lista, para variar: si, cosa rara, incluyen esta parada en el tour, los artistas deciden si ir o no a última hora. No sé si este fue el caso de La Mala, lo cierto es que me enteré de que se iba a presentar en mi ciudad tres días antes de la fecha. Yo trabajaba en una de las pocas –y últimas– revistas musicales impresas de Venezuela, así que no me fue difícil gestionar el boleto. Dos años antes había salido Dirty Bailarina (2010), se había ganado un Grammy y hace tiempo que ya estaba empoderada: nada de ropas anchas o actitud retraída, ahora salía a la tarima en corset y tacones.

Fue un concierto en un lugar pequeño, pero estaba abarrotado de gente. Lo que recuerda ella era que “había puro macho”. Lo que recuerdo yo es que el ambiente era intenso, una mezcla de cerveza, tabaco y porro. Entre los humitos y el sudor, el aire era escaso, pero ahí estábamos, fieles a La Mala en retribución a su energía. Después de eso no supe nada de ella hasta que salió Bruja (2013), su último álbum antes de tomarse aquel largo break y en el que comparte una canción, Ella, con Canserbero, insigne rapero venezolano de culto que desata pasiones y polémicas cada vez que se le nombra, tanto por su extrema fanaticada, como por su trágica muerte en 2015.

Y casi 10 años después de ese concierto en Caracas me encuentro a La Mala de nuevo en un bolo post pandémico en Barcelona, la ciudad que nos adoptó a las dos. Esta vez fue un concierto acústico en la sala Barts que rendía tributo a Lujo Ibérico (2000) y en el que compartió tarima con otra venezolana conocida como Mary León.

La Mala y María, María y La Mala

 

Cuántas memorias las mías, imaginaros las de ella. Por eso estamos aquí hoy: por la memoria. Hace unas semanas, con motivo de la publicación de su libro autobiográfico Cómo ser Mala (Temas de hoy, 2021) nos volvemos a encontrar, pero esta vez sin ser la muchacha que se reconoce a sí misma con una de sus canciones, sino para sentarme a su lado y discutir nuestras andanzas, conspirar contra el patriarcado y echarnos unas risas mientras me cuenta sobre el proceso de hechura de su libro.

Antes de la entrevista, eso de que La Mala es mala no sabía qué tan cierto era. Esta mujer me va a morder, pensé. Al principio, su ‘entourage’ hablaba por ella: maquilladora, asistente, encargada de prensa… lo preparaban todo para que las fotos y la entrevista salieran bien, como tenía que ser, como ella quería. Pero después, al sentarnos en un sillón en el medio del bar de aquel hotel, toda esa movida se esfumó y ahí estaba María: invitándome un brownie y un café –a diferencia de lo que yo tenía en mente: unas copas, unos pitis, un salseo–. Y, aunque ya era su cuarta entrevista del día, actuó como si fuera la primera.

¿Quién es Mala y quién es María? Yo no creo que haya que separarlas. «A día de hoy la gente todavía no quiere llamarme Mala. Me dicen: “Pero mala no serás”. Hombre, pues un poco sí. “¿Pero por qué Mala?” ¿Por qué no? La Mala porque me apetece, lo prefiero, lo escojo, porque lo elijo yo. Me bautizo con este nombre». Y punto.

Entrevista a Mala Rodriguez. Foto © Víctor Parreño
Mala Rodríguez | © Víctor Parreño

Descubrir cómo ser Mala

 

En el pasado había tenido distintas propuestas de hacer un libro, pero nunca se había sentido con la entereza de contar algo de su vida, «de hacerlo desde la paz o la tranquilidad. Pero justo ahora llegué a ese momento y justo también se presentó el equipo para que esto funcionara y empecé como con un primer vómito que era el relato del tren». El relato del tren es una historia que se desarrolla al inicio de cada capítulo, donde recuerda el momento en que se fue de Sevilla, de su casa: «Después de ese viaje como que ya nunca terminé de volver, me gustó mucho recordar todo eso y vivirlo de nuevo».

Aunque el timeline del libro es un poco desordenado, al principio sigue el orden de infancia, adolescencia, primer disco, segundo disco. Como si fuera su diario, La Mala invita a las lectoras a vivir con ella aquellas tempranas situaciones que experimentó. «Así nació, con bastante divertimento porque a medida que iba a escribiendo fui descubriendo muchas cosas de mí que tenía adentro. Repasé todo lo que realmente me hacía latir mucho el corazón, porque hay muchos recuerdos, hay mucha vida, hay muchas cosas, lo que pasa es que una no atiende a poder escribir todo… tampoco era mi intención hacer una autobiografía con pelos y señales, con fechas y con datos; sino más bien de emoción, cosas que recuerda mi alma, de eventos que me marcaron». Cuenta que ese viaje en tren es su historia, cada paso un vagón, un capítulo. «Y el último vagón es una reflexión, con un mensaje de esperanza para amigas o para cualquiera que lea esto, quise reflexionar para ellas, porque a mi me ha valido. Por eso le llamé Cómo ser Mala, porque yo he descubierto cómo ser mala y me ha ido bien viviendo, dándolo todo, experimentando, no teniendo miedo».

Yo he descubierto cómo ser mala y me ha ido bien viviendo, dándolo todo, experimentando, no teniendo miedo

Entrevista a Mala Rodriguez. Foto © Víctor Parreño
Mala Rodríguez | © Víctor Parreño

Ser madre de tres, erótica y estar en paz a la vez

 

Para La Mala, lo más difícil ha sido compaginar su carrera con la maternidad. «Porque cuando estás sola todavía te vales y vas hacia adelante y tienes mucha energía. Pero cuando eres mamá es como Kill Bill. Eso para mí es lo más duro, sin duda alguna. Porque tener que cuidar de otras personas no es fácil. Yo era mamá de dos, sola, y fue muy complicado el poder tener esta carrera y el estar con la movida. Y lo he logrado, pero han sido sacrificios, no se puede tener todo. Mis niños son lo máximo porque siempre me han visto como una madre diferente y loca, siento que ellos sí están orgullosos de su mamá y que me ven tan libre que eso a ellos les inspira también. Porque todo el mundo tiene mucho miedo: a mostrarse, a decir, a hacer, a sentir. Todo lo que implique llamar la atención da miedo».

Aunque cueste creer que este mujerón que tenemos enfrente –cuyo feed de Instagram está repleto de fotos que parecen de calendario PlayBoy– solía subir a tarima con ropas anchas tapándose toda, La Mala lo hacía como forma de protesta: para abrirse paso por su talento y no por su apariencia en una industria tan difícil y llena de machos como lo era el rap español. «En aquel tiempo yo nunca pudiese haber hecho lo que hace Bad Gyal, porque yo misma me censuraba. Yo no quería que esa fuera mi herramienta. Yo estaba en otro mood totalmente, pero también te digo que tampoco había encontrado mi manera de expresarme con mi cuerpo, esto me ha venido luego poco a poco con la edad. Ahora yo estoy en paz, siento que soy dueña de mi erotismo, de mis deseos, de mi sexualidad, no de la que ellos me imponen, sino de la mía. Yo estoy en paz con mi cuerpo, con mi sexo y con todo eso, pero siento que hoy día es una cosa muy básica, ¿no? El que las chicas todas usen esa carta, y me parece totalmente respetable, me encanta que no lo vean como algo negativo porque al final, a lo que se ha jugado siempre es a que ellos deciden cuando tú tienes que hacer eso y cuando no».

Si alguna vez he pensado en otra persona cuando me curraba algo, ha sido en las niñas, en que tengan un referente que les dé alas para volar

Entrevista a Mala Rodriguez. Foto © Víctor Parreño
Mala Rodríguez | © Víctor Parreño

Como ella misma dice en sus reflexiones escritas, después de una carrera en la que no fue explícitamente feminista ni gitana activista, gran parte del corazón de este libro evidencia sus batallas en una guerra liderada por hombres. «No sólo el rap era una cosa de machos en aquel entonces, eran muchas cosas. También el periodismo, las mujeres que se dedicaban a hacer periodismo habían sido miradas mal, censuradas… muchas, dedicándose a diferentes cosas, han pasado por lo mismo que yo. El típico primer filtro de ver si te pueden follar. Tienes que pasar varias capas, hasta que llegas a la capa del respeto por la profesión. Y eso lo hemos vivido todas. Y estoy contenta de que eso se refleje en el libro porque es una cosa que nos ha ocurrido a todas. Por eso también hablo de todas mis amigas, porque yo no hubiera podido hacer nada si no hubiera hecho esos lazos con todas esas mujeres que conocí a lo largo de los años y a través de todos mis encuentros por el mundo con chicas increíbles».

Del rap rabioso al perreo: al fin en su sitio

 

«¿Tú sabes lo que es sentir que siempre estás peleando, luchando, sufriendo? Y el alivio de cuando ya dices, no hay pelea, yo solo voy a fluir, yo voy a hacer lo que me plazca y lo que me nazca.» Y así nació su último álbum, Mala (2020), un recorrido por ritmos urbanos latinos bailables… entiéndase reggaetón.

«En el libro hago memoria hasta que regreso de Estados Unidos y ya me pongo a trabajar en ese álbum que me proponen hacer. Es un período en el que no estaba haciendo nada porque sentía que durante muchos años estaba esperando un feedback que nunca llegaba». Me explica que la gente no lo entendía: “pero si tú has tenido mucho éxito, muchacha”, le decían. Ella sentía que no conectaba con su generación, que era un bicho raro… «Ahora con en este cambio en el consumo de la música, donde hay más fusión y sonidos latinos, al fin siento más respuesta. Ahora me siento muy suelta, muy tranquila, en mi territorio, muy en paz, muy relajada», me explica.

Es fácil confundirse. Pareciera que su época dorada fue hace tiempo y que ya La Mala pasó. Pero no. Ahora es cuando ella siente que “por fin ha llegado su autobús”. Y a sus ex fans de la primera parte de su carrera que le desean que “se pudra en un basurero”, responde: «Hay mucha gente que no quiere crecer, que no quiere evolucionar, que es súper mega nostálgica. Soy una mujer que ha crecido y experimentado distintas situaciones. En esencia soy la misma, pero no soy la persona que era hace 20 años. Mucha gente se burla de que yo ahora esté haciendo perreo y me dicen que vuelva al rap que habla de lo social… ¡pero es que eso ya lo he hecho! A los que se han quedado anclados en el pasado y que son cerrados y mayores de mente yo siempre les digo lo mismo… que ya no pueden deschuparme la polla. Si te has comido mis canciones, ya te las comiste.»

Un reconocimiento tardío

 

Pero rapear no le resultó tan mal. En definitiva, le abrió las puertas del éxito y le permitió recorrer el mundo conquistando corazones de habla hispana. En el año 2019 el Ministerio de Cultura de España decide otorgarle un premio: María Rodríguez Garrido fue de las primeras artistas de rap españolas en tener éxito y en pelearse el terreno que hasta ese momento había estado controlado por hombres. Para el momento de salida de Lujo Ibérico (2000), sólo había otra mujer en el campo y esa era Arianna Puello, quien tuvo que luchar doble: por mujer y por racializada.

«El reconocimiento que España me entregó recientemente era como el abrazo de mi abuela. Me hizo llorar. Porque es eso, pues imagínate, el Gobierno de España, super casposo. En un momento de mucha confusión para mí porque no sentía el feedback de nadie, de repente me entero que sí que habían estado siguiéndome. Esto me hizo mucha ilusión, fue como un abrazo que me hacía falta, yo lo necesitaba. Es un premio que me dan los intelectuales, grandes músicos de aquí. Coño estaba ahí el Serrat, la Christina Rosenvinge y un montón de gente máquina por parte del país».

Y aunque La Mala no se considere cabeza de cartel de ninguna lucha porque «lo poquito o mucho que haya conseguido lo he hecho por mí y por nadie más», sí que ha sido –sin querer, dice ella– una de las principales influencias para muchas mujeres del ámbito musical alternativo de la España de hace 20 años. «Si alguna vez he pensado en otra persona cuando me curraba algo, ha sido en las niñas, en que tengan un referente que les dé alas para volar, para irse de sus pueblos y hacer lo necesario por sus sueños». Ella, definitivamente, abrió caminos.

Imagen de portada © Víctor Parreño

Autores de este artículo

Víctor Parreño

Víctor Parreño

Me levanto, bebo café, trabajo haciendo fotos (en eventos corporativos, de producto... depende del día), me echo una siesta, trabajo haciendo fotos (en conciertos, en festivales... depende de la noche), duermo. Repeat. Me gustan los loops.

Halley Records 2022

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