Poco necesita la música jamaicana, con cierta eficacia, para seguir robando corazones, aunque parezca que su empuje esté agonizando. En la discoteca Wolf, sita en el Poble Nou barcelonés, se reunieron casi 500 personas para recibir los encantos y el mensaje positivo de un personaje, criado en la isla de O’ahu (Hawái), que se hace llamar Mike Love. A simple vista, suena a nombre impostado, pero su discurso, muy cercano al original rastafarismo, nos hace creer que ese “amor” no esconde ninguna vergüenza posible.
El protagonista de esta pequeña historia es un tipo amable, poseedor de una paciencia infinita (atendió hasta el último de sus fans) y que recrea el mundo del roots-reggae (encabezado por Marley y sus Wailers) de un modo respetuoso, repleto de autenticidad. Poco importa el uso del looping o esas estrategias utilizadas para convertirse en un verdadero hombre orquestra; todo vale si el resultado es cuidadoso y mira hacia el pasado impartiendo ciertas lecciones de contexto y un futuro próspero. Nada es rancio si la mirada promete alteraciones efectivas.
Dejémonos de teorías baratas y vayamos al grano. Mike Love está tejiendo una trilogía discográfica que comenzó con Leaders (2024), ha continuado con Teachers (2025) y acabará, si nada lo impide, en Healers, álbum del que muy poco sabemos. De todos modos, observando los predecesores, no parece que la línea musical y de temática esperanzadora (tómenselo cómo deseen) vaya a variar considerablemente.
Love se lo cuece todo. Se escuda en una guitarra acústica y un teclado, aunque en realidad, sus pies descalzos son los que conforman el sonido ansiado. Con ellos ejecuta todas las bases posibles para conseguir que el directo se asemeje lo más posible a los positivos resultados de lo logrado en el estudio. Grabando suenan vientos y bríos imposibles de ejecutar con pedales y demás artilugios, aunque seas un especialista. Pese a ese déficit, en vivo, los bajos recuerdan a Aston “Family Man” Barrett y en general, a esa potencia Wailers que mentábamos anteriormente; en este sentido no pueden existir dudas. El amigo Pau, miembro del colectivo Ital Youth, me comentaba por lo bajini: “este es el ritmo de So much things to say; queda clara la cosa.
No es necesario traducir Music is the cure, tema del último disco con el que abrió el concierto, These are my roots o Babylon control para saber por dónde van los tiros (es un decir), ideológicos o religiosos del empático Mike. Sus larguísimos dreadlocks rubios imponen y no engañan. Reside en Washington D.C., aunque como nos comentó, al finalizar la exquisita y desprendida función, su corazón habita en Jamaica o en el lugar del que emerja la inspiración; el aire libre y las montañas son su mejor iluminación posible.
En un alarde de complicidad, se desprendió de los enchufes y con su ukelele, quiso cantar “a cappella”. El invento fue aceptado y respetado con un silencio sepulcral, intención entrañable que las condiciones del local no permitieron que alcanzara la gloria deseada; el mutismo se contagió. Una pena.
Si buscamos momentos álgidos, los encontraríamos en Barbershop, I Love you (la más coreada) y el hit Permanent Holiday. En esta última ración, incluyó la típica estrofa de Another brick in the wall de Pink Floyd, un eclipse tan efectivo como efectista: no era imprescindible.
Obviando este subjetivo tropiezo, Mike Love encandiló por tablas, un registro de voz tremendo, en el que resaltaron sus firmes agudos, el retorno a ese reggae desatendido y la búsqueda de ese abrazo fraternal entre los habitantes de este sufrido planeta que tanto añoramos.
No queremos olvidarnos de Roaman, el telonero de origen italiano que precedió la actuación principal. Con el recinto casi lleno, ofreció una tanda de canciones de tono folk a las que no les faltaron ningún ritmo sincopado. Un buen encaje para el triunfo pretendido.
Don’t forget your history; Know your destiny (Bob Marley)
Autores de este artículo
Barracuda
Aitor Rodero
Antes era actor, me subía a un escenario, actuaba y, de vez en cuando, me hacían fotos. Un día decidí bajarme, coger una cámara, girar 180º y convertirme en la persona que fotografiaba a los que estaban encima del escenario.





