A estas alturas no debe sorprender a nadie seguir viendo, año tras año, las mismas bandas de los dos mil para atrás en las letras grandes de los festivales. El recambio de artistas para el gran público ya no viene a cargo del siguiente grupo de amigos juntados en un garaje, si no de las popstars o raperos de trayectoria mucho más corta, una dinámica a priori sin visos de cambiar excesivamente en los próximos veranos. Pero sí, resulta que en pleno 2025 aún se puede dar el pelotazo a base de guitarrazo, incluso sin recurrir al salvavidas del revival nostálgico. Exactamente como vaticinó Charlie XCX, el “Turnstile Summer” tomó el relevo de Brat (siempre salvando las distancias) para que la distorsión volviera a sonar en las radios. Todo gracias a un NEVER ENOUGH (Roadrunner Records, 2025) colorido y rabioso de vitalidad que explora nuevos horizontes más allá del hardcore o el punk rock, a la vez que recoge perfectamente el guante de la nueva ola skater-pop-punk dosmilera. Siguiendo con la senda de ascenso abierta por GLOW UP (2021) y la buena acogida en el Primavera Sound de este año (a pesar del prohibitivo horario de madrugada), la apuesta por el Sant Jordi Club fue clara hacia alcanzar un poder de convocatoria notablemente mayor del que han podido tener en visitas anteriores a salas. Los estadounidenses tenían, pues, la ilusionante a la par que difícil tarea de demostrar –ya ante un número considerable de personas venidas expresamente un lunes– que sí, que el hype es justificado y que su rock expansivo funciona para las masas, dejando de lado lo viral y festivalero. Noventa minutos de explosión fueron suficientes para reivindicarse como uno de los activos en mayúsculas del rock actual, aunque también apreciásemos cierto margen de mejora aún por explorar.
La magnitud que en poco tiempo ha alcanzado el proyecto quedó de relieve al instante de apagarse las luces: sonaban los sintes y un halo azul celeste envolvía el recinto mientras se coreaba NEVER ENOUGH como el más grande de los himnos, poniendo todo el pulmón y el alma. Una reacción que impactaba e implosionaba en un mar de saltos y empujones, pero a la que no hizo justicia el mediocre sonido que duró al menos hasta pasada la media hora de espectáculo. A la finalización del primer corte, una imagen que servía de declaración de intenciones: sus sombras sobre el telón multicolor desplegado, recreando en directo la icónica foto de grupo escogida parar anunciar el tour. Aquí estamos. Prosiguieron con T.L.C, ENDLESS, I CARE y DULL, fugaces e incendiarias, creando unos moshpits gigantes que no se resintieron a pesar de unas esperas entre temas que bien podían haberse ahorrado.
Sobre las tablas, los de Baltimore son puro músculo. Sin necesidad de grandes dotes oratorias, Brendan Yates se basta de energía (y de poca ropa) para enganchar a su público en todo momento. En conjunto, los cinco llenan el escenario con facilidad, sin echar de menos las distancias cortas a las que acostumbra el género del hardcore. Actitud, intensidad, decibelios y un gran batería como Daniel Fang, poco más se necesita para hacer sudar a una multitud entregada. No sorprendió que los dos álbumes que los han catapultado al éxito (los más recientes) coparan prácticamente la totalidad del repertorio, acompañadas de escasas pero bien escogidas concesiones a su obra anterior, caso de Pushing Me Away o Keep It Moving.
Probablemente, el gran logro de Turnstile sea juntar entre sus fans a amantes de la distorsión, los pogos y lo melódico, tres características no tan sencillas de conseguir que vayan de la mano en el estudio, menos ante cinco mil personas. El reto lo resolvieron con cierta solvencia, a pesar de las mencionadas esperas innecesarias y varios cambios de registro bruscos hilados con poco acierto. En cualquier caso, la victoria no se puede cuestionar si se coreó, empujó, saltó y podías ver gente surfeando gente durante toda la noche, incluso permitiendo una sorpresa mayúscula llamada SEEIN’ STARS, muy discotequera en directo, acompañada de una ambientación de luces inmejorable (curiosamente, el cambio de registro más notable del setlist, pero con el que menor atención del público perdieron). Destacaron también las incursiones a bases reguetoneras, como en SOLE, donde demostraron un poderío innegable.
El disfrute colectivo tomó forma de “oé, oé, oé” para dar paso a unos bises que incluyeron MYSTERY, la imprescindible BLACKOUT y BIRDS, otro de los nuevos clásicos de la banda coronado gracias a esa viral imagen de Yates haciendo el primer crowdsurf de la historia de los Tiny Desk Concerts. Un final a la altura de las expectativas que, además, fue todo un guiño a sus inicios, con una (planificada) invasión de fans sobre el escenario, al más puro estilo DIY.
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