Festival Cruïlla. Foto © Víctor Parreño
Festival Cruïlla. Foto © Víctor Parreño

Be nice, be Cruïlla: Diez años del festival que enamora

El festival Cruïlla celebra diez años con su edición más diversa y responsable; donde actuaron Vetusta Morla, Black Eyed Peas y Kylie Minogue.

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En Qualsevol Nit nos gustan muchos festivales, pero en el Cruïlla nos sentimos como en casa. Quizá sea porque nos vemos reflejados en los valores que profesan (diversidad, tolerancia, responsabilidad social y medioambiental…) y en el propio tarannà del festival (público 95% local, mezclas imposibles de géneros musicales, una conciencia colectiva casi omnipresente…). Este año, además, esa apuesta por lo comunitario cobró más importancia que nunca.

Pocos tan eclécticos. Por ejemplo, la jornada del sábado comenzó con los bailes y cantos africanos de Oumou Sangaré. Poco después, el pop eurovisivo de Years & Years —increíble show pese a una repentina pero refrescante lluvia de la que salió muy bien parado gracias a su sentido del humor— dio lugar al apacible soul de Michael Kiwanuka, uno de los nombres más aclamados debido a su hipnótica banda sonora para Big little lies, la serie favorita de Clara Peya junto con El cuento de la criada.

No sería un cumpleanys si no se recordaran momentos vividos, por eso hubo espacio para el recuerdo. Las propuestas más nostálgicas eran Kylie Minogue engatusando al personal con sus éxitos del nuevo milenio como Can’t get you out of my head o All the lovers, los incombustibles Berri Txarrak comenzando su gira de despedida después de 25 años activos, Garbage con su grunge solo apto para los que vivieron aquellos años de desubicación noventera o, entre otros, Parov Stelar, que si bien no tienen tanta trayectoria sí que sentimos el déjà vu porque su electro swing ya inundó el Fòrum hace un par de años.

Más allá de la música

 

Dice Jordi Herreruela, la mente pensante detrás de todo esto, que él y su equipo quieren reinventar el festival de música. Y el camino que han encontrado para conseguirlo es convertirlo en multidisciplinar. Por eso en la rueda de prensa donde se realizó un balance de la décima edición del Festival Cruïlla no estaba solo, sino que le acompañaban otras mentes pensantes: las directoras y directores de las disciplinas artísticas que ha acogido este año el Parc del Fòrum. El teatro itinerante de La Fura del Baus, la orquesta en movimiento de Always Drinking Marching Band, las esculturas gigantes que bailaban de la compañía Antigua i Barbuda, el correfoc del Aquelarre de Cervera…

Introducen otras expresiones artísticas porque saben que su público tiene más intereses e inquietudes además de la música (arte plástico, tecnología, gastronomía –este punto es mejorable—, danza…). Pero ninguna de estas innovaciones sería posible si ese público no acompañase. Según Herreruela, ese es el principal valor del festival, pues esta audiencia diversa, cívica —salvo alguna excepción por la cual sigue siendo necesario el stand #NoCallem— y comprometida genera una atmósfera donde el respeto predomina. No es de boquilla: Incluso las activaciones de marcas (por ejemplo la campaña #Respect de Beefeater) se casaban con los valores tolerantes del festival.

Uno de los intereses del público, decíamos, es la tecnología. Y así es cómo se han convertido en el primer festival europeo en ofrecer una experiencia 5G. Es decir, cualquier interesadx podía acercarse y, gafas de realidad virtual mediante, ver el escenario desde el punto de vista de los artistas. Y así es cómo te situabas a unos centímetros de Dan Smith (Bastille) o de Will.i.am, Apl.de.Ap y Taboo durante el concierto de Black Eyed Peas —que finalizaron con un apoteósico I gotta feeling habiendo presentado material nuevo como Be nice, canción que bien podría ser el himno del festival— el miércoles. La decisión de poner este concierto (junto con el de Aurora, apodada como la nueva Björk) en miércoles corresponde a un interés por hacer crecer el festival de manera sostenible —según dijeron, quieren “mantener el límite de las 25.000 personas por día”—. En total, 78.000 personas durante los 4 días.

Si el miércoles fue de fiesta millennial, el jueves fue de los postmillennials; con Natos y Waor a la cabeza del día trap/rap. Menos mal que el cielo estaba despejado porque era difícil ver entre el humo de los porros y las fantasmadas que se marcaban los raperos en las peleas de gallos entre concierto y concierto. El viernes, en cambio, fueron protagonistas los grandes nombres nacionales e internacionales: Vetusta Morla coronándose como los reyes de la noche, Foals subiendo los decibelios con un show totalmente rockero que apasionó a unos y dejó frío a otros, Zaz con un repertorio muy ecléctico y cediendo su espacio a una ONG medioambiental, Xoel López demostrando que no se le resiste ningún género y, entre otros, Iseo & Dodosound, que también actuarán en el Cruïlla de Tardor junto con otros nombres como León Benavente, Manel, Caravan Palace o Tiken Jah Fakoly. Porque la voluntad, según explica el director del festival, es la de “acompañar la carrera de los artistas durante todo el año, no solo en verano”.

Su premisa va en relación a la pequeña reivindicación que realizó Vetusta Morla desde el escenario: id a conciertos en salas, en invierno, no os reservéis solo para el verano. No podríamos estar más de acuerdo. El propio formato del festival —con sets que duran una hora y media, más parecido a lo que te puedes encontrar en una sala de conciertos que no en cualquier otro festival— también va en concordancia con esa idea. Otra reivindicación desde el escenario fue el hermoso gesto llevado a cabo por Jorge Drexler, quien, igual que Zaz, también cedió parte de su espacio en este caso a Open Arms para que explicaran el drama que ocurre día a día en el Mediterráneo. Y entonces Drexler cantó la canción antiprejuicios Movimiento (“yo no soy de aquí, pero tú tampoco”, canta para explicar que todos somos hijos de emigrantes) mientras una estatua en forma de barco se movía entre el público. Emocionante. Y, siguiendo con este pensamiento global, le hizo un pequeño homenaje a Joâo Gilberto, fallecido apenas un par de horas antes.

Otra inquietud que sin duda tiene el público del Cruïlla es la responsabilidad social y medioambiental. Y es este punto la principal propuesta de valor del evento. Decían en la rueda que este año iniciaron un nuevo camino: Hablaban del Cruïlla Talks —un ciclo de conferencias donde estuvieron, entre otras personalidades, Tarana Burke, fundadora del movimiento #MeToo, o las también feministas Khalida Popal, Paula Bonet y Raquel Riba Rossy— y de iniciativas como el biogot, un vaso que parece de plástico pero que está hecho con materiales biodegradables, gracias a las cuales se sitúan como uno de los dos festivales en el mundo prácticamente zeroplastic junto con Glastonbury. Llamaba la atención, pues, que este año no tuvieran un cartel paritario; a lo que añadieron el salseo de que es complicado tener esa paridad si otro festival en la ciudad programa muchísimas mujeres y les exige exclusividades… Más paritaria fue la programación de otra novedad de esta edición: el Cruïlla Comedy, una carpa donde conocidos comediantes como Enzo Vizcaíno (el que hace unos años pidió trabajo en el metro), Valeria Ros y Kaco Forns contaron sus movidas para hacernos reír.

Marea de festivales

 

Decía hoy una chica en el contestador de Siglo 21 (Radio 3) que deberían existir más festivales. Su argumento: que después todos estamos más felices gracias al ambiente de paz, de armonía, de risas, de todo está bien, que allí se genera. No sé si lo decía por el Cruïlla o por las otras mil citas que tuvieron lugar durante esta primera semana de julio. Y es que, si a raíz del Primavera Sound se popularizó el concepto ‘solapamiento de conciertos’, después de lo vivido este finde podríamos hablar de ‘solapamiento de festivales’. El más grave quizá sea el solapamiento con el Vida Festival, otra cita que también nos tiene robado el corazón y con la que —me atrevo a decir— el Cruïlla comparte valores y, a priori, el mismo tipo de público.

Otro caso parecido: el Canet Rock. Aunque en el Cruïlla tampoco faltó talento catalán: Lildami, al que amamos desde que le vimos en La Nau, Els Pets repasando su último álbum Som (RGB, 2018), El Petit de Cal Eril con su repertorio más conocido —Som transparents— y su Energia fosca (Bankrobber, 2019), o Dorian, a cuyo líder —Marc Dorian— no le bastó con hacer un show increíble que también se subió al escenario de otro grupazo de Barcelona, Love of Lesbian, para cantar juntos la que casualmente es nuestra canción favorita (Cuando no me ves), aunque en directo le faltó la presencia del teclado que tanto se disfruta escuchando El Poeta Halley.

En otro tercio, también es extraño el solapamiento del Rock Fest (Santa Coloma de Gramenet, Barcelona) y del Resurrection Fest (Viveiro, Lugo)—increíble lo que allí ocurrió, por cierto—. Otra propuesta —aunque bien distinta a todas las anteriores— para estos días iba a ser un festival de reguetón en Badalona, que finalmente no se ha llegado a realizar por no tener los permisos en regla. Y otros tantos que no mencionaré para no extenderme. ¿Burbuja festivalera?

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Víctor Parreño

Me levanto, bebo café, trabajo haciendo fotos (en eventos corporativos, de producto... depende del día), me echo una siesta, trabajo haciendo fotos (en conciertos, en festivales... depende de la noche), duermo. Repeat. Me gustan los loops.

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