Hablando, en un pequeño parón con Tito Ramoneda (presidente de la promotora The Project), nos quedó claro que para él, Adelmo “Zucchero” Fornaciari era siempre una apuesta segura, de aquellas que nunca fallan. El motivo de dicha aseveración era palmario: es el mejor (en la amalgama de géneros que toca, por supuesto). Lo volvió a demostrar.
El tremendo artista italiano, natural de Roncocesi, volvía a visitarnos con la excusa (no era necesaria) de celebrar el 25 aniversario del legendario hit Baila y lo hizo en plena forma, por todo lo alto, encandilando a todos los frenéticos fanáticos que llenaron el Palau de la Música Catalana.
A sus 71 años lució una magnífica banda (como acostumbra) compuesta por seis músicos y Keba Williams, excelente cantante que arrancó, en solitario, con una estupenda versión de Oh Doctor Jesus (Ella Fitzgerald). Este toque espiritual se hizo sentir varias veces en las dos horas que duró el concierto. Aunque la potencia fue contundente y muy bien sonorizada, no oscureció la energía vocal de un Zucchero desatado.
El hombre de los mil sombreros se lanzó, salvajemente y en tono negroide, con Spirito nel buio y Music in me para atemperarse, posteriormente, con Iruben me (final psicodélico) y Menta e Rosmarino (cantada de lujo). Más tarde apareció la ovacionada Partigiano reggiano (blues estilo NOLA) o la maravillosa Il volo, otro de los momentos claves del show.
Llegados a este momento ya pudimos observar lo bien que se maneja en distintos géneros (a veces aparentemente distantes) el eminente artista; gran secreto de su éxito.
En el Palau parece un pecado levantarse de los asientos (de hecho, hubo algunas reprimendas por parte de los sufridos empleados), pero cuando atacó Baila, nadie puedo sostener el terremoto. Tremenda y vigorosa lectura, demostrativa de que cuando algo es bueno y real, dura una eternidad. Franqueada la sacudida, el protagonista se sentó, blandiendo su guitarra, y acarició los versos de Un soffio caldo, Dune mosse y Nella casa c’era, esta última tratada como si fuera una composición de J.J. Cale. Antes de la traca final aparecieron ciertos nubarrones.
Nadie le va a reprochar su adoración por Luciano Pavarotti (sólo faltaría) pero ese Miserere entonado a dúo (con el tenor de Módena pregrabado y en pantalla), nos pareció fuera de lugar y un truco demasiados fácil; todo el teatro se levantó ovacionando la deferencia, eso sí. Nos callamos.
Zucchero desapareció del escenario para dar juego a su grupo quienes interpretaron Nutbush City Limits (Ike & Tina Tuner) y Let the Good Times Roll (Louis Jordan), dos entretenimientos sin más, el descanso de la estrella era imprescindible.
En el tramo final se acumularon cuatro joyas: Cosi celeste (guiño al gospel), Diamante, Diavolo in me y el bis con la celebérrima Senza una donna, no hace falta decir que la seguridad del local volvió a esconderse.
Apabullante despedida a un personaje que podrá gustar más o menos, pero que es un profesional enorme y además derrocha carisma por todos los lados. Grande.
Autores de este artículo
Barracuda
Víctor Parreño
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