Siempre se ha dicho que lo bueno se hace esperar. Y habitualmente es una verdad como un templo. Treintaicinco meses y una pandemia después de lo que estaba previsto inicialmente, el artista británico Michael Kiwanuka pudo por fin presentar su tercer álbum de estudio KIWANUKA (Polydor Records, 2019) ante una sala Razzmatazz repleta, que vibró con su mezcla de rock, soul, gospel y psicodelia, sobre todo mucha psicodelia.
Si bien es cierto que la pandemia del coronavirus nos pilló a todos con el paso cambiado, la realidad es que a Michael Kiwanuka quizá un poco más. El cantautor de origen ugandés acababa de iniciar la gira de presentación de KIWANUKA, un sobresaliente disco intimista y casi terapéutico que le había confirmado como una de las voces del momento en la escena del rock británico. Este trabajo, en el que el artista trata temas tan complejos como sus problemas de ansiedad, las dudas, el racismo o el síndrome del impostor; le valió para ser nominado a un Grammy y ganar el prestigioso Mercury Prize 2020, que se otorga anualmente al mejor álbum del Reino Unido e Irlanda.
Tras casi tres años de espera, había ganas de Michael Kiwanuka. Y se notó desde el primer momento, cuando un silencio sepulcral se apoderó de la sala ante los primeros acordes de la delicada Piano Joint (This Kind of Love), canción a medio camino entre el gospel y la psicodelia durante el que Kiwanuka lució su poderosa y cálida voz soul ‘a lo Marvin Gaye’.
Pero la calma no iba a durar demasiado. Guitarra en mano y bien secundado por su banda, Kiwanuka inició una descarga sin pausa de temas entre los que brillaron la contundencia antirracista de You Ain’t the Problem, la reflexión sesentera de Rolling o la sanadora psicodelia de I’ve been dazed.
Canto a la diversidad
El primer punto álgido de la noche llegó con la interpretación de Black Man in a White World, un eufórico blues de protesta, acompañado con palmas y ritmos funk, que se convirtió en uno los cortes más destacados de su anterior Love & Hate (Polydor Records, 2016) al ser adoptado como uno de los himnos del movimiento Black Live Matters en todo el mundo.
Acto seguido, llegó la oscura balada Rule the World, en la que destacaron por encima de todo las espectaculares voces de Simone Richards y Emily Holligan, en unos coros al más puro estilo el The Division Bell de Pink Floyd. La siguió Hero, tema en el que Kiwanuka homenajea con una crudeza realmente sobrecogedora a Fred Hampton, activista afroamericano perteneciente al Black Panther Party que murió asesinado a manos del FBI y la policía de Chicago en los años 60.
La influencia de Pink Floyd, reconocida por el mismo artista en múltiples ocasiones, se volvió a notar en la progresiva Light, durante la que Richards y Holligan volvieron a jugar un papel preponderante con un precioso coro final gospel; y en la apocalíptica Final Days. El gallinero estaba tan excitado, que varias personas entre el público exigían con tono contrariado silencio para poder disfrutar al máximo de la intimista Falling.
Para los bises, Michael Kiwanuka se dejó los ases de la baraja. Primero, llegó el turno de la folkie Home Again, que volvió a dejar al respetable sin aliento. Y después le tocó a la mediática Cold Little Heart, canción que le catapultó a la fama al ser usada como tema de inicio de la exitosa serie Big Little Lies y que, como no podía ser de otra manera, fue la más coreada de la velada.
Finamente, cerró la noche la expansiva Love & Hate, cuyo solo de guitarra final al más puro estilo estilo Jimi Hendrix por parte de Michael Jablonka ejerció de catalizador de la comunión entre el artista, su banda y el público. Con Michael Kiwanuka, el saber popular volvió a apuntarse un tanto. La espera valió la pena para vivir una noche para el recuerdo.
Autores de este artículo
Pere Millan Roca
Òscar García
Hablo con imágenes y textos. Sigo sorprendiéndome ante propuestas musicales novedosas y aplaudo a quien tiene la valentía de llevarlas a cabo. La música es mucho más que un recurso para tapar el silencio.





