La jornada del 12 de septiembre de Be My Guest, en la Sala Apolo, fue una defensa de la música creativa, insobornable y libre, que mezcla pasado y futuro sin complejos ni límites, deseosa de ofrecer nuevos paisajes sonoros para audiencias receptivas.
Por supuesto, este tipo de propuestas no son mayoritarias, pero sí que atesoran un gran valor. Muestran que, en la música, otros mundos son posibles. Superar límites abre las puertas a creaciones que, quizás, después pueden utilizarse como base para revitalizar el mainstream. Por eso es apasionante asistir a estas sesiones que son como un avance del futuro.
La jornada comenzó con un ameno diálogo entre el músico y productor Raül Fernández, Refree y la periodista Aïda Camprubí, en inglés porque se celebraba el 10 aniversario de la iniciativa Liveurope, una plataforma de promoción de la música emergente en 24 países y de la que Apolo forma parte desde sus inicios.
Después de las reflexiones sobre qué forma parte del folclore, y de cómo reinterpreta y se nutre de todo lo que tiene a su alrededor, vino el momento de llevar el terreno de las ideas a la práctica.
Cuatro propuestas, diversas, ambiciosas y creativas. De ellas, se llevó el galardón de la noche el dúo Los Sara Fontán, por su desprejuiciada fusión de todo lo que pase por sus manos, como una batidora enloquecida. Pero vayamos por orden.
Abrieron los conciertos los Electro Ma Non Troppo, un combo que fusiona música clásica y ópera con electrónica. Un canto al postmodernismo y a la belleza de las composiciones, sea cual sea su origen. Las bases hicieron que el público bailara arias en un ejercicio de sincretismo musical realizado con fundamento y buen gusto.
A continuación, los Cushla, un sorprendente cruce entre la música irlandesa y ambientes que recordaban por momentos a Enigma, Cocteau Twins y Massive Attack. Tras la actuación, su cantante me confesó que nos habían ofrecido uno de sus primeros conciertos, y cabe decir que la densidad de la propuesta parecía fruto de un rodaje mucho más amplio.
El tercer plato, Los Sara Fontán, fue, sin duda, la guinda de la noche. La creativa pulsión rítmica de Edi Pou, efervescente y divertida, era el perfecto colchón rítmico para que Sara Fontán, al violín, teclado o pedales, lanzase dardos de sonido que eclosionaron en la audiencia, impelida al movimiento como si estuviéramos en una ceremonia vudú. Los he visto en varias ocasiones y parece que su bendita locura no tiene fin.
Como para bajar del estado de trance, la última propuesta de la noche fue más introspectiva. C.O.U., de espaldas al público y mirando a la pantalla en la que ofrecían imágenes subyugantes, interpretaron una suerte de funk soul abstracto, en el que el bajo marcaba el paso. No sumió a todos en un maravilloso estado de ensoñación, como preparándonos para diseminarnos por la noche.
En definitiva una completa velada que ofreció propuestas creativas, únicas y ambiciosas. Diferentes sensibilidades musicales, pero una intención común de explorar los límites y sobrepasarlos. Ese es el corazón de la música. Es lo que siempre debería ser, aunque vivamos en tiempos en los que se suele interpretar como ambientación, sin valor por ella misma. Suerte de irredentos.









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