Cuando entrevisté a Crim a principios de diciembre se les veía animados, con muchas ganas de presentar el disco, relativamente confiados, pero siempre con la duda: ‘¿y si no llenamos? ¿y si hacemos un ridículo tremendo habiendo pillado una sala tan grande?”. Adri (voz y guitarra) explicaba el vértigo que sentían con un aforo de 900 personas – “jo estic una mica cagat. Razz és una sala molt gran, hem anat a veure grups enormes” – pero Marc (batería) se mostraba más optimista: “Si llenamos la Razzmatazz será un golpe sobre la mesa. A partir de ese concierto será un antes y un después de lo que somos en Cataluña”. Antes del concierto, cuando me enteré de que habían hecho sold out sentí casi un orgullo de madre. Y después sabía que había sido uno de esos conciertos para recordar, de los que dices ‘yo vi a Crim en aquel concierto en Razzmatazz antes de que lo petaran’.
La sala se venía abajo: el público lo dio todo durante la hora y media que duró el concierto, vasos de cerveza volando, gente a hombros, saltando desde el escenario, volteada por encima del público, puños en alto a cada canción. Porque cada canción era un himno, ya fuera de los dos primeros discos como del nuevo – Pare nostre que esteu a l’Infern (BCore, 2018) – publicado hace apenas dos meses, y del que tocaron todo el repertorio. Manel inspiró los nombres de sus dos primeros discos: 10 milles per veure una bona armadura dio lugar a 10 milles per veure una bona merda, igual que Atletes, baixeu de l’escenari se convirtió en Black metals, baixeu de l’escenari. No faltaron temas de sus anteriores trabajos. El sonido, potente y limpio, lo habitual en Crim. Y cabe mencionar que dedicaron un tema a la peña de Altsasu y otro a Berri Txarrak.
En 2018 fueron escogidos por The Addicts para acompañarles en su última gira, y además han compartido escenario con grupos como The Toy Dolls, Bad Co Project, Bad Religion, Talco, Descendents o Lagwagon. Los de Tarragona montaron Crim para llenar el hueco de otros proyectos musicales. Y de ser “cuatro tíos haciendo música y pasándoselo bien” han pasado a la euforia colectiva, al poder de convocatoria de público y de prensa – 26 fotógrafos acreditados – y a varios trabajos publicados en menos de diez años, algo poco habitual en una escena tan underground como el punk/hardcore en catalán.








Autores de este artículo

Redacció Qualsevol Nit

Aitor Rodero
Antes era actor, me subía a un escenario, actuaba y, de vez en cuando, me hacían fotos. Un día decidí bajarme, coger una cámara, girar 180º y convertirme en la persona que fotografiaba a los que estaban encima del escenario.