Eagles Of Death Metal defiende el rock’n’roll como su entorno vital. Se dan en ellos todos los estilemas del género: contundencia sonora, aceleración, energía, e interacción continua con el público. Sus conciertos han de ser una fiesta. ¿Pueden compatibilizar una actuación expeditiva con una cierta sensación de ir a piloto automático? Esa fue la impresión de su concierto en la Sala 2 de Razzmatazz.
Ha llovido mucho desde su creación a cuatro manos, entre Jesse Hugues y Josh Homme, en 1998. Tanto, que en los directos sólo se mantiene Hugues como frontman, acompañado de Jennie Vee al bajo; Scott Shiflett, a la guitarra, y Leah Bluenstein, a la batería, tras múltiples cambios de formación. Sobrevivientes de un atentado en la sala Bataclan de París en 2015, en la que fueron asesinadas 90 personas, siguen en la carretera defendiendo el rock como forma de vida.
Hugues apareció envuelto en una capa, como si fuera un superhéroe o un boxeador preparado para el combate, bailando al ritmo de We Are Family, de Sister Sledge, y animando al público a que se uniera a la celebración. Era una forma de volver a unir músicos y espectadores en comunión tras haber tenido que pasar por un detector de metales (la herida del atentado en la sala Bataclán, del que escaparon por los pelos, no debe de ser fácil de cerrar).
Los augurios de una velada intensa y emotiva se cumplieron sólo en parte, teniendo en cuenta que su setlist contaba con 18 canciones, incluido el bis, y se dejaron en el tintero alguna. Dio la impresión que no disponían del tiempo o de la energía para ofrecer su propuesta inicial en su integridad. ¿Quiere eso decir que ofrecieron un mal concierto? En absoluto, fue una buena velada de rock; simplemente, que no cuadraban totalmente las continuas arengas de Hugues al público de Barcelona como el mejor de su gira con el resultado que ofrecían. Fue un buen concierto, pero podría haber sido mejor. Algo se quedó en el tintero.
Aparte de himnos propios como I Only Want You, que abrió la velada, Cherry Cola y I Want You So Hard (Boy’s Bad News), sonó el Save A Prayer de Duran Duran en una versión más energética que cuadra perfectamente con la idiosincrasia de los Eagles y el Moonage Daydream, de cuando Bowie era Ziggy, con Scott Shiflett honrando al gran Mick Ronson con un solo de guitarra que fue, sin duda, uno de los momentos de la velada.
Leah Bluenstein ofreció contundencia en los tambores y la expansiva Jennie Vee, vestida de vaquera de Las Vegas, bailó, interactuó con Hugues y tocó el bajo con autoridad y sentido del espectáculo. El concierto finalizó con Hugues y Shiflett encaramados a las dos barras del local y la aparición de hinchables en el escenario que parecían haber huido de una actuación de Flaming Lips. ¿Espectáculo? Sin duda. ¿Inolvidable? No diría tanto.
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