El indie pop, y en general todo lo que rodea al concepto de música alternativa, nació condenado a ser objeto de discusiones interminables y clasificaciones arbitrarias desde que alguien decidió bautizarlo de esa manera. Desde que un buen día se decidió que las características de un sonido y una escena particular fueran definidas primordialmente por su modo de producción y distribución, por su discurso ético (en general), y por ser antagónicas a todo aquello popular y exitoso, ese ente llamado mainstream.
Cabe decir que, en un principio, parecía lo más lógico del mundo que la palabra para definir este nuevo pop fuera ‘independiente’ (indie, para abreviar). Toda una generación de jóvenes aspirantes a músicos surgida entre finales de los 70 y principios de los 80, inspirados tanto por The Velvet Underground y los primeros punks como por los Beach Boys y los Kinks o artistas outsiders como Daniel Johnston que decidieron hacerse escuchar por todos los medios posibles. El sonido que se gestó en esos años, por supuesto, variaba a través de distintos países, comunidades, sellos y escenas, pero lo que acabó llamándose de manera canónica indie pop quedó definido al finales de la década por sonidos como los de Magnetic Fields y Beat Happening en Estados Unidos, The Go-Betweens en Australia o la recoplación C86 y, cómo no, The Smiths en Reino Unido.
Por supuesto con el paso de los años y a medida que este género acumulaba más y más popularidad, especialmente a partir de los 90, la parte ‘indie’ del indie pop pasó a ser bastante menos necesaria para muchos grupos que lograron entrar a grandes discográficas y para los propios sellos independientes que pasaron de la autoedición a pequeña escala a convertirse en grandes negocios por derecho propio. Cabe recordar que el gran triunfo del indie en España se produjo gracias a Los Planetas, grupo que se mantuvo con la multinacional RCA hasta Una Ópera Egipcia, ya en 2010. Así que con eso en mente, podríamos decir que todo lo que suene a indie pop lo es, ¿verdad? Olvidarnos del origen de la palabra y simplemente aceptar la música como es. Visto lo visto en lo recorrido por el género en los últimos años, parece que no es tan fácil.
Elitismo y autenticidad
Con la democratización y expansión de escenas y movimientos artísticos siempre surge una reacción por parte de algunos buscando la diferenciación (y a veces el desprestigio) de todos aquellos artistas que han surgido y desarrollado su carrera según unos parámetros por lo general arbitrarios. Un intento por evitar la pérdida de significado de lo que los define, algo que ocurre en el punk, ocurre en el flamenco y, por supuesto, ocurre en el indie. Según el criterio de cada uno, Cupido, Amaia, Izal, Taburete o el mismísimo Raphael pueden o no ser indie. Este ejercicio de establecer unos límites o un coto cerrado acaba siendo tan inútil como intentar ponerle puertas al campo, mil opiniones distintas que son válidas solo para la persona que las mantiene.
Con la dilución y el frecuente maltrato de esta etiqueta de género, ¿merece la pena seguir defendiendo ese ideal de indie pop? ¿Sigue existiendo ese espíritu, y si es así, dónde encontrarlo?
Do it yourself desde tu habitación: la era Bandcamp
Para llegar a lo más cercano al espíritu original del género en el año 2020, es necesario mirar hacia la escena en eterno crecimiento y sin punto geográfico concreto existente en internet. La aparición a finales de los dos mil de Soundcloud y Bandcamp y los avances tecnológicos a la hora de grabar música han provocado un nuevo ascenso del ideario DIY (do it yourself), en el que producir y hacer llegar a quien quieras tu propia música se ha convertido en algo que cualquier persona con una idea para una canción puede hacer realidad.
Esta nueva situación ha dado pie a un resurgimiento de aquella vertiente llamada bedroom pop, música como su nombre indica, hecha desde un dormitorio para ser escuchada desde la intimidad de tu dormitorio. En España, artistas y bandas como Marcelo Criminal, Rebe, Autoescuela o Caliza han conseguido desde los márgenes expandirse, crear comunidad e impulsar el género a cotas de popularidad antes no conocidas.
Y aún así, un movimiento tan temprano como este ya parece estar en mitad de ser asimilado por la gran industria, como en su primera aparición. Los artistas pasan a formar parte del repertorio de Sony, Warner, o Universal, su particular estética se generaliza, incluso los artistas más reconocibles de este bedroom pop como Clairo se encuentran bajo la duda de haber tenido un ascenso a la popularidad más artificial del que les gustaría admitir.
Al final, lo que hizo realmente memorable a aquella generación de jóvenes que pusieron los primeros cimientos de ese género siempre fue la música que hacían en vez de cómo la hacían. Fueron las canciones, pegadizas, sorprendentes e irreverentemente anti-cool las que hicieron que este grupo de gente se ganara su pequeño hueco en la historia de la música pop. Y al fin y al cabo la autogestión sigue viva y no va a morir, ya sea en el indie pop o en cualquier otra disciplina, ya sea en internet o en tu ciudad. Este es el verdadero espíritu y el que sigue vivo en las manos de nuevos artistas. Eso es lo que verdaderamente importa.
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