El concierto de Future Islands en la Sala Razzmatazz nos reconcilió con la música en directo como generador de emociones, gracias a la entrega y dedicación de su cantante. Éxito absoluto de este cuarteto de Baltimore, que se definen como animales de directo, y que lo demostraron con creces a su paso por Barcelona.
El escenario de Future Islands ofrece dos zonas bien diferenciadas. Toda la parte delantera, a disposición de su cantante, Samuel Thompson Herring y, en segunda línea, los espacios destinados a teclista, batería y bajista. Esta disposición ya muestra cómo será la actuación, una dicotomía absoluta entre la exhibición física de Herring y el estatismo de sus compañeros de grupo, Gerrit Welmers, a los teclados; Michael Lowry, a la batería, y William Cashion, al bajo.
Su éxito, lleno en Razzmatazz, no se entiende sin su cantante. De hecho, fueron sus excesos interpretativos los que les abrieron las puertas del éxito hace ya una década, en su actuación en el late night de David Letterman, que, hasta el momento lleva más de diez años.
Y, diez años después, Samuel Thompson Herring sigue llenando los escenarios con su presencia, como si no llevara más de 1.000 conciertos a sus espaldas, como si la actuación de esa noche fuera la primera o la última de su carrera.
Herring tiene aspecto de conductor de furgoneta, podría ser tu vecino del quinto. Esa apariencia de lo más anodina se transforma absolutamente cuando se sube al escenario. Desde el primer momento, salta, corre, mira a los ojos a los espectadores, ríe, llora, se golpea el pecho, realiza sentadillas, se cimbrea como una bailarina balinesa, incluso se lanza en plancha a deslizarse por el escenario.
Su histriónica actuación es excesiva, melodramática, pero creíble. Él es así. No hay impostura. Siente la música con cada poro de su cuerpo. Es el triunfo de la originalidad, de la diferencia. Como cuando apareció Joy Division con los bailes epilépticos de Ian Curtis, nunca se ha visto nada parecido a la interpretación de Samuel T. Herring. Es electrizante, provoca la risa, la lágrima, la fascinación, la admiración. Deja en evidencia a esos cantantes fotocopiados que se aplican en repetir los gorgoritos aprendidos en las supuestas academias televisivas. Herring se destrozó las cuerdas vocales y ya no alcanza fácilmente los agudos. Haciendo de la necesidad virtud, sorprende durante su actuación con bramidos que podrían provenir de una banda de death metal. Vestido en tonos negros de la cabeza a los pies, envuelto en sudor, sonrisa en los labios a pesar de la tristeza que impregna las canciones. Disfruta de su oficio, y se nota y se transmite.
Da igual si te atraen o no las composiciones del grupo, que mezcla el post punk con la New Wave. Sólo la actuación de Herring ya justifica el precio de la entrada. En una entrevista reconoció su fascinación por Orchestral Manoeuvres In The Dark (OMD), y tiene todo el sentido del mundo. Al igual que su bajista y cantante, Andy McCluskey, es todo un prodigio de entrega.
La excusa para gira es su último disco, People Who Aren’t There Anymore (4AD, 2024), que reverdece los laureles de su exitoso Singles con temazos como King Of Sweden o The Tower. Veinte años después de su formación, ha sido todo un lujo poderlos disfrutar en directo en su mejor momento.







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