Cuando aparecieron súbitamente hace diez años, el escritor y crítico teatral Marcos Ordoñez me los recomendó encarecidamente. Uno, en ocasiones algo escéptico, receló de un producto hermanado a la jota castellana. Pasados estos dos lustros, Los Hermanos Cubero se han convertido en dúo de cabecera, me rindo a su buen olfato.
Quique y Roberto Cubero acudieron al Auditori Barradas de L’Hospitalet de Llobregat para presentar el que fue, sin dudarlo, mejor disco nacional de 2018. Su último y desgarrador trabajo, Quique dibuja su tristeza (El Segell del Primavera) supuso un punto y aparte en la trayectoria de los de Guadalajara (La Alcarria), desnudo retrato al que no retornaran ni en temática ni en estilo musical. Once temas de Quique Cubero que el cantante y guitarrista compuso (a modo de terapia) para recordar a su mujer Olga, fallecida a causa del maldito cáncer en 2016, y así poder expresar el inmenso dolor sentido.
Por suerte, nuestros hermanos no se recrean en la pesadilla vivida y dan a esa manifestación de tristeza un halo de luz que les permite seguir perpetuando el terrible acontecimiento día tras día sin temor a hundirse. A pesar de ello, al público presente le brotaron lágrimas emocionadas en cada frase cantada por la voz natural y sin artificios de Enrique, artista sincero tocado por una varita divina. Su jocoso hermano Roberto (sensacional mandolinista) no debe sentirse envidioso de tamaño reconocimiento.
Centraron el maravilloso recital en su más reciente repertorio, aunque sin olvidar más alegres precedentes. No quisieron, según sus palabras, que la noche supusiera un mal trago, todo lo contrario, supo a gloria.
Tamaña demostración de talento hubiera merecido una sala llena pero es evidente que el cruce entre bluegrass y folclore castellano es un disparate tan genial que sorprende a la gran mayoría, vivimos de lo sencillo y así nos quedamos calvos. El padre del género tradicional americano Bill Monroe y el folclorista segoviano Agapito Marazuela, sus mayores fuentes de inspiración, tampoco facilitan las cosas, en esas latitudes ni con brújula. Pero allí están ellos picando piedra intentando abrir mentes, nunca cesarán en el empeño.
Arte y Orgullo (Ambisónico, 2016) fue el disco con el que saltaron a la tímida fama, aquella que distingue a los grandes de los mediocres. Grabación de temática social entroncada al estilo musical distintivo, la mezcla que mentábamos. Por ganarme la vida (segundo tema del citado disco) fue el estilete que abrió el espectáculo. Antes de penetrar en la congoja, también interpretaron una jota de procesión y la preciosa El Aire perteneciente al EP A burrasca perdida.
Para conseguir una mayor trascendencia sonora, que resaltara ese sentir alterado, necesitaban algún instrumento más que añadir a la guitarra y mandolina habituales. Javier Sánchez al contrabajo y Jaime del Blanco en el violín fueron el soporte perfecto. Sin desmerecer al contrabajista, el excelso violinista lanzó notas estremecedoras de bluegrass puro, luciéndose especialmente en Sonrisa inabarcable, canción de belleza trastornadora.
Algunos pensamos cómo es posible que Quique Cubero cante cada noche las mismas canciones sin que se le rompa el corazón, imaginamos que el tiempo transcurrido y la profesionalidad ayudan, con todo sigue pareciendo una ardua tarea. Sin poseer una voz extraordinaria, es tanta la llaneza expresada por sus notas que cualquier atisbo de imperfección desaparece. La claridad con que maneja las cuerdas vocales en El tiempo pasó, Qué haré el resto de mi vida, Lo que ni yo no soñara, Tenerte a mi lado (imposible mantener los pelos de la piel en descanso) Un suspiro y un beso o en No nos despedimos, es absolutamente admirable, la grandeza de la sencillez. Me quedo con lo bueno es el final del álbum y el modo con que encaran un futuro obligado a ser luminoso. El tramo conclusivo estaba servido.
En él aparecieron nuevamente piezas de Arte y Orgullo como la instrumental Tejera negra, Levántate (canción con la que Quique intenta despertar por las mañanas a su hija Abril), Trabajando en la MCA (irónica permutación de Workin’ for Mca del grupo de rock sureño Lynyrd Skynyrd) o Maldita Urraca, dedicada a los “pájaros”, no a las aves.
Ante un auditorio entregado Los Hermanos Cubero ofrecieron lo mejor de sí mismos, es decir todo. Tantas palpitaciones recibidas serán difíciles de olvidar.
Elegantes, finos, educados, mágicos. Son los Cubero.
Para la previa, la organización del festival, tuvo el acierto de invitar a Raquel Molinero Porras, de nombre artístico Raquel Lúa, una joven cantautora nacida en Barcelona hace 24 años que acaba de lanzar al mercado Ruegos y demás, disco auspiciado por el mecenazgo de la plataforma Verkami. Se presentó frágil, bisoña pero encandiló rápidamente con su cristalino timbre vocal y unos sones empapados de raíces sudamericanas, flamenco o canción griega. El proyecto Cabal Musical del Taller de Musics la descubrió y ayudó para hacer del sueño realidad. Su timidez desaparecerá de inmediato y con la ayuda de canciones tan lindas como Preciosa y el aire o Partir, el futuro tiende a rosado. Raquel merece la mejor de las suertes, capacidad le sobra. No la pierdan de vista.
Pero hoy pienso en lo largo que es el camino que se hace hacia la vejez. Me acuden a los ojos mil perlas de cristal pensando en que hay cosas imposibles de evitar. Nunca había llorado escribiendo una canción pero esta me hace daño, me encoge el corazón. No salen más palabras, ya no puedo seguir, la tinta se diluye en las lágrimas que vertí.
Sonrisa inabarcable, Los Hermanos Cubero
Autores de este artículo
Barracuda
Víctor Parreño
Me levanto, bebo café, trabajo haciendo fotos (en eventos corporativos, de producto... depende del día), me echo una siesta, trabajo haciendo fotos (en conciertos, en festivales... depende de la noche), duermo. Repeat. Me gustan los loops.





