A sus 66 años, el japonés Joe Hisaishi es un compositor incombustible. No sólo es el responsable de más de 100 bandas sonoras, incluyendo buena parte de las producciones del Studio Ghibli (El viaje de Chihiro, El castillo ambulante, Mi vecino Totoro, etc.) y las últimas producciones de Yôji Yamada (Una familia de Tokio y Maravillosa familia de Tokio), sino que es además un showman excepcional, un director de orquesta pasional, enérgico y entregado. Así lo demostró el 9 de junio de este mismo año en el Palacio de Congresos de París, un evento que agotó las entradas en cuestión de horas el pasado mes de noviembre y al que, finalmente, asistieron más de 3.700 personas. Con el formato del célebre concierto en Budokan, Hisaishi llenó la sala de los clásicos animados de Hayao Miyazaki, proyecciones y sorpresas incluidas, y dejó con la emoción inflamada a tres jóvenes redactoras que no dudaron en trasladarse a la capital francesa para ser partícipes del momento… y escribir sobre él.
Este conjunto de crónicas hablan de aquello inenarrable: el amor incondicional por un cine (y su música) que es pura sobriedad, naturalismo y vitalidad. Ese cine que se queda cuando todo lo demás se desvanece.
Recuerdos del ayer
Cuando la pantalla principal del Palacio de Congresos de París proyectó imágenes de Nicky, la aprendiz de bruja, me dio la sensación de que las veía por primera vez. No era así – el fanatismo por el Studio Ghibli no deja prisioneros – y, sin embargo, sí lo era. Me explico: la última vez que la vi fue cuando aún era una niña pre-adolescente con granos en la cara y pájaros en la cabeza. Cuando para mí sólo suponía una aventura entretenida que me cautivaba por ser adorable, fantástica y diferente.

Hoy, en mis veinte, vuelvo a escuchar las notas de piano de Kiki (su nombre original en japonés) y pienso en lo mucho que he cambiado. De repente, esa niña testaruda e insistente que quiere convertirse en bruja como sea es, para mí, una persona que lucha por sus sueños sin importar lo que piensen los demás, sin importar lo difícil que sea el camino, en contra de su edad, su género y su clase social. Si algo me ha hecho ser una admiradora de Hayao Miyazaki a lo largo de estos años es la capacidad de sus películas para reinventarse por sí solas con el tiempo, aunque no son ellas las que cambian: somos los espectadores, que con ojos más experimentados vemos las grandezas adultas de un cine complejo y poliédrico.
En este sentido, la música de Joe Hisaishi puede definirse exactamente así: de melodías sencillas, pero emoción desbordada. En Kiki es alegre y lúdica, de pizzicatos traviesos, pero asombrosamente profunda cuando se expone su amarga soledad en el solo de violín. Hisaishi compone música para soñadoras como la aprendiz de bruja, como yo, como los miles de personas que compartieron aquel momento mágico en París. Cuando llegue a mis treinta, espero volver a ver cosas nuevas en esa película. Y volver a escuchar su música, que, más que un complemento, es una historia en sí misma.
Por Mireia Mullor
Cúmulo de emociones
Sabía que no había películas de animación que me hubieran fascinado tanto en toda mi vida como las del Studio Ghibli. Pero no esperaba el impacto real que supuso para mí asistir a ese concierto. Al principio, incluso quedé en estado de shock. No lloraba. Tampoco me movía. Era incapaz de articular palabra. Sólo algunos escalofríos esporádicos me hacían reaccionar, estimulada por lo que estaba escuchando y viendo. Tres canciones, destaco tres canciones que no esperaba destacar, tres momentos que llegaron después. Alegría, nostalgia y vida.
La primera, Doves and the boy de El castillo en el cielo, la segunda película que me regalaron del Studio Ghibli. Decenas de músicos descendieron entonces por las gradas del enorme auditorio entonando las trompetas que, en la película, el joven Pazu toca de buena mañana desde lo alto de una torreta cuando las palomas blancas alzan el vuelo. Sonreía como una niña, ilusionada.

La canción que consiguió que me saltaran las lágrimas fue Cave of mind de El castillo ambulante, película que he visto cientos de veces. De nuevo, los instrumentos de viento fueron líderes principales, pero esta vez entonaban la melodía nostálgica que acompaña a Sophie a descubrir lo que pasó en la infancia del brujo del que se ha enamorado.
Y el último bis. Ashitaka and San, el tema final de La princesa Mononoke. Un llamamiento a la vida. Al perdón, a la reconstrucción. A la paz. Al amor, pero no al amor romántico. Al amor entre seres humanos y al amor por la naturaleza, como un todo que convive. En ese momento, lo comprendí. La inocencia en Mi vecino Totoro o en Ponyo en el acantilado. La mitología japonesa a menudo presente, vinculada a la naturaleza y a su vitalidad. La mujer como heroína en todas las creaciones de Miyazaki, ya sea una princesa que defiende a su pueblo o a un bosque, o una joven que trabaja en una sombrerería de una pequeña ciudad manchada por el humo negro de una locomotora de vapor. Son obras especiales, singulares y me atrevería a decir que únicas. Acompañadas de una banda sonora preciosa.
Por Anna Martín
Melodías contra el olvido
Tenía tres años cuando vi por primera vez La princesa Mononoke en el cine. No recuerdo casi nada de aquella proyección, sólo que había mucha sangre. La sangre que corría a borbotones por el cuerpo de Ashitaka (el protagonista) mientras intentaba abrir un portón de madera con todas sus fuerzas. Mi madre me contaba que, poco a poco, me fui poniendo tensa y, al final de la escena, completamente aterrada, les pedí que nos fuéramos a casa. A lo largo de mi infancia seguí viendo películas de Hayao Miyazaki como El castillo en el cielo, El viaje de Chihiro, El castillo ambulante… Pero hasta hace apenas unos cinco años no fui capaz de volver a ver La princesa Mononoke. Y qué puedo decir: la segunda vez me encantó.

Los contrabajos empezaron a tocar. Sólo hicieron falta los primeros acordes de la canción The legend of Ashitaka para transportarme al momento preciso. De repente me volví a convertir en aquella niña pequeña, pero en esa ocasión ya no tenía miedo, estaba totalmente fascinada por ese mundo. Otro de los grandes momentos que viví aquella tarde llegó acompañado del maravilloso vals de El castillo ambulante. En ese instante acabé en mi habitación junto con mi hermano pequeño mientras ambos movíamos nuestras diminutas cabezas al son del compás: y un, dos, tres, un, dos, tres… Con One summer’s day de El viaje de Chihiro me rompí. Pensaba que esta pieza, como en el concierto que hizo Joe Hisaishi en Budokan, llegaría de la voz de una maravillosa cantante, pero no fue así. Para mi sorpresa, el maestro la interpretó haciendo un solo de piano. No existen palabras para describir lo que sentí. Entre esas notas encontré a mis padres, a mi hermano, a mis abuelos, a mis amigos… Me vi a mí misma diecisiete años después de ver la película. Supongo que los fans de Joe Hisaishi y Hayao Miyazaki saben a qué me refiero.
Cada una de las películas de Studio Ghibli, especialmente las que cuentan con el dúo explosivo Miyazaki-Hisaishi tienen un hueco especial reservado en mi memoria. Se han convertido en una parte muy importante de mi vida. No se trata sólo de entretenimiento, te enseñan a pensar y a soñar. Gracias a este concierto he revivido la etapa más feliz de mi vida.
Por Celia Sales
Imagen de portada © Maina Leiva
Autores de este artículo
