Rigoberta Bandini volvió a Barcelona como quien regresa a casa después de haber probado el mundo: con más tablas, más ironía y más ganas de decir verdades sin pedir permiso. El Palau Sant Jordi, lleno hasta arriba, era más que un concierto: era una reunión de generación, una misa pop para mujeres que han aprendido a reírse mientras crían, trabajan, ligan, limpian y se dejan llevar. Y ahí estaba ella, en el centro de todo, convertida en una especie de Jesucrista Superstar de la trinchera doméstica, del caos emocional, del “no estamos bien, que les den”.
El show arrancó como un latigazo: visualmente sesentero, con toques de Eurovisión vintage, podios redondos, trompetas falsas, coristas de estética retro y una pantalla que te metía en una televisión antigua donde Rigoberta era la presentadora, la estrella invitada, el anuncio de yogures y la protagonista del melodrama. Con esa mezcla de humor, performance y pop te mete de lleno en su universo: una mezcla de Massiel colocada, chica Barbie en pleno colapso nervioso y discípula de Despentes empastillada de lucidez.
Desde los primeros temas —los nuevos, más teatrales, más cuidados, más narrativos— se notaba que había una evolución. Las canciones de su último disco se colaban con solvencia, aunque era inevitable el estallido que provocaban los viejos himnos: Ay mamá, In Spain We Call It Soledad, Perra. Entonces el público se soltaba como si llevara semanas conteniéndose. Se notaba que las antiguas no pertenecían al mismo universo creativo, pero eso no importaba: se habían ganado su derecho a estar ahí, como las amigas de universidad que aparecen en las bodas aunque la vida ya os haya llevado por caminos distintos.
Rigoberta sabe perfectamente a quién le canta. Y le canta de tú a tú. A esas mujeres que bordean los treinta y pico y llevan tres jornadas encima: la del curro, la de casa y la de tener que estar guapas y ser encantadoras por defecto. Y lo hace sin moralinas ni pancartas. Lo hace con ironía y con verdades que duelen. “Tengo 33 años, soy Jesucrista superstar. Siempre quise cambiar el mundo sin moverme del sofá.” ¿Cómo no identificarse? Es un espejo deformado pero exacto, una voz que no pretende representar a nadie pero en la que muchas nos vemos reflejadas.
Jugando en casa, uno podría haber esperado que cantara en catalán aquel hit del verano (Aviam què passa), pero no. Lo que hizo fue regalar una versión de Serrat que le hacía ilusión cantar ahí, en ese escenario. Y fue un momento bonito. De esos que no están pensados para el algoritmo ni para el TikTok (como casi todo hoy en día), sino solo para el alma. Y la puesta en escena fue creciendo en intensidad. Pamela Anderson, Amore Amore Amore, Soy mayor… cada canción era un capítulo de este diario musical que mezcla referencias millennial, existencialismo pop y ganas de sobrevivir al mundo con una copa en la mano. Y cuando parecía que ya nada podía sorprender, llega una propuesta de matrimonio en directo, una mezcla perfecta de cursilería y punk. En ese equilibrio vive ese personaje que ha creado Paula Ribó, en ese juego constante entre el gag y el puñetazo emocional.
Para el final se reservó la traca. Too Many Drugs convertida en una fiesta noventera, con conga improvisada, confeti y la sensación de que, por un momento, todo estaba bien. Que sí, que vivimos en el colapso, que estamos cuidando mientras nos buscamos y reconstruimos a nosotras mismas, que no sabemos si somos niñas, adultas, unas trastocadas o de repente unas gurús emocionales, con todo en su sitio… pero esa noche, en el Sant Jordi, éramos solo cuerpos bailando, gritando, liberados. Con las tetas fuera. Mamá, mamá, ¡mamá! Con los pies reventados y el alma un poco más ligera. Porque, ¿estamos bien? No estamos bien. Pero con ella suena mejor.
Autores de este artículo
Paula Pérez Fraga
Aitor Rodero
Antes era actor, me subía a un escenario, actuaba y, de vez en cuando, me hacían fotos. Un día decidí bajarme, coger una cámara, girar 180º y convertirme en la persona que fotografiaba a los que estaban encima del escenario.





