Hay propuestas que tienen el don de pasar por inclasificables. No son de aquí ni de allí, gustan —o disgustan— a parroquianos de diferentes géneros y, lo más importante, acaban creando legiones de fans a los que en realidad les importa un pimiento cómo se llame la música de tal o cual artista. Les gusta y punto.
El pianista y compositor Wim Mertens sería el candidato ideal a la categoría de ‘inclasificable’. Viene, o se le vincula, al universo de la clásica, pero su música tiene poco que ver con la de los grandes compositores de la mal llamada música culta. También podría pasar por vanguardista, pero los efluvios embellecedores de sus composiciones distan mucho de la oscuridad transgresora de cierta avant garde. Algunos lo clasifican de minimalista, y en cierto modo lo es, pero las piezas de Mertens están a años luz del tono martilleante y turbador del minimalismo militante. No hace pop, ni jazz, ni ambient, ni canción y, sin embargo, aunque esté a las antípodas de esos géneros, su música contiene elementos, más bien amagos, de pop, jazz, ambient y canción. A algunos, seguramente a muchos de los que llenaban la sala Barts el pasado 14 de marzo, les gusta Wim Mertens porque sabe trazar con muy pocos elementos un conjunto de piezas que buscan, sin zarandajas, el efecto balsámico del oyente: la justa melodía, el ritmo y la armonía adecuadas para erizar el vello, de buenas a primeras, al respetable, digamos, menos exigente. Belleza, sencillez y emoción ante todo.
La música de Mertens, preciosista desde el minuto cero, ha servido de banda sonora para conocidas campañas de publicidad y para filmes de realizadores como Peter Greenaway. En realidad, la obra del compositor flamenco podría valer para ilustrar cientos de imágenes alusivas a infinidad de causas, ideas o períodos. Por ejemplo, en Cran aux oeufs (Usura, 2017), el disco triple que presentaba en el festival Guitar BCN, Mertens dice basarse en la decadencia de los valores de Europa —tomando como ejemplo la ciudad de Bruselas en 2015—, en el poeta Callimachus y la reina Berenice II, y en la batalla naval de Accio que enfrentó a Ocavio Augusto contra Marco Antonio y Cleopatra. Son tres momentos históricos que en Barcelona evocó en formación de trío, con la violinista Tatiana Samouil, el violoncelista Lode Vercampt y él mismo al piano y voz.
El trío de Mertens desgranó parte del largo repertorio del disco triple en un concierto dividido en dos partes y en el que el artista combinó piezas instrumentales con otras cantadas. Si en el disco y, en general, en la obra de Mertens conviven y se alternan distintos timbres, en este caso el reto era reducir el universo mertiano a una formación casi de cámara, cuyo protagonismo recaía, a priori, en la interacción de Samouil y Vercampt con Mertens. Y el experimento salió con nota. A pesar de la contención expresiva, de la repetición excesiva, los cuerdistas y el pianista constituían un sólido y equilibrado engranaje sonoro. Al margen de la habilidad de Wim Mertens a la hora de fijar cadencias envolventes, destacó la brillantez interpretativa de Vercampt y Samouil. Ya fuera interpretando, enteras o por partes, algunas de las melodías, jugando con contrapuntos o, incluso, con algún amago de solo, los dos cuerdistas contribuyeron de forma decisiva a la particular idiosincrasia de la música del artista belga. Mertens y sus compinches levantaron una argamasa sonora que llegó a su zenit en momentos como el dúo en solitario que llevaron a cabo los cuerdistas en la primera parte o, sobre todo, durante la larga tanda de bises. En un alarde de generosidad, el trío interpretó entonces hasta 7 piezas, entre otras éxitos tan sonados como Maximizing the audience y Strugle for pleasure. Fue un doble turno de bises que se convirtió casi un mini-concierto de propina celebrado con alborozo por la afición. La fórmula de Wim Mertens es sin duda un éxito.




Autores de este artículo
Martí Farré

Aitor Rodero
Antes era actor, me subía a un escenario, actuaba y, de vez en cuando, me hacían fotos. Un día decidí bajarme, coger una cámara, girar 180º y convertirme en la persona que fotografiaba a los que estaban encima del escenario.