La excusa argumental era celebrar el 20 aniversario de su Drinking Songs, el álbum que certificó su aparente distanciamiento de la escena electrónica de Bristol. Y digo aparente porque, a pesar de la utilización de instrumentación tradicional, el tratamiento creativo del sonido siempre ha estado presente en la producción de sus discos.
Tras su producción electrónica mediante el heterónimo Third Eye Foundation, Drinking Songs situó a Matt Elliott como una de las luminarias del universo indie. 20 años después, parece que, injustamente, ya no está de moda. Y es algo muy triste porque su producción sigue siendo más que estimable y su ethos continúa a prueba de bombas.
La programación de su concierto en El Molino vuelve a demostrar la gran labor de la sala de Paral·lel, que no tiene miedo de ofrecer conciertos gourmet, aunque sean para minorías. Elliott, que se había mostrado impresionado por la sala durante su prueba de sonido, ofreció un set inspirado y que, doy fe, provocó lágrimas entre el público.
Como es habitual en él, creó las canciones en directo con la ayuda de una loopstation en la que iba incorporando pistas y más pistas de guitarra, que eran el colchón rítmico y armónico sobre el que doblaba voces hasta sonar con la magnificencia y solemnidad de un coro soviético. A continuación, capas de saxofón, el último instrumento sumado a su arsenal sonoro.
Así, con la paciencia de un artesano, fue creando de la nada las estructuras que sostienen sus canciones. Mención especial a The Kursk, una de sus más inspiradas composiciones, y a su tremendo final, en el que, invirtiendo el sentido de las pistas de las voces, que sonaban al revés, a la manera del enano de Twin Peaks, nos hacía imaginar los gritos desesperados de los espíritus atormentados de aquellos marinos mientras su submarino se precipitaba hacia el fondo del mar. Alejando el sonido mediante pedales y reduciendo los agudos hundió, literalmente, la canción al mismo tiempo que nos mostraba en un espejo que nuestra sociedad también va hacia al colapso mientras somos tan impotentes como los marinos del Kursk.
It’s cold I’m afraid
It’s been like this for a day
The water is rising & slowly we’re dying
We won’t see light again
We won’t see our wives again
(The Kursk)
Decía antes que la investigación sonora siempre ha estado en el ADN del bristoliano. Así nos lo demostró con algún solo en su guitarra clásica que, mediante la distorsión, se acercaba más al ruido blanco que a lo que cabría esperar de un instrumento de madera. Por ello, no nos debería extrañar que finalizara el concierto recuperando las sonoridades electrónicas de The Maid We Messed, con un ritmo drum’n bass que sigue siendo tan efervescente y, al mismo tiempo, desesperanzado, como cuando lo creó, hace ya veinte años.
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