Si uno se detiene a mirar la portada de Spitfire (2023), dibujo que nos muestra un avión (escupefuegos), con dentadura de escualo, esencial para que el bando aliado sometiera al enemigo nazi, podría imaginarse que A Contra Blues persisten (tras 18 años de recorrido) en su ardua pelea de combatir, a base de guitarras afiladas y un estilo que combina rock, blues, soul e incluso goteos de country, la coyuntura que nos domina desde hace demasiados años. No se equivocarían.
Podríamos arrancar esta crónica con una daga, bien cortante, acometiendo sobre aquellos que se toman la música como mero pasatiempo para enriquecer sus alforjas y ni se preocupan por los orígenes ni por aprender el oficio de intérprete, no lo haremos. No queremos parecer viejunos ni cansinos (en más de una ocasión hemos hablado del peliagudo tema) ni provocar un enfrentamiento con las nuevas modas; ganas dan. Como comentó (con cara triste) el colosal Jonathan Herrero, lo suyo es un ejercicio de resistencia que necesita todas las ayudas posibles en pos de, únicamente, subsistir, lo de hacerse ricos se asemeja a una idea enterrada. Olvidemos al aeroplano/tiburón y centrémonos en un concierto que, si lo hubieran ejecutado unos foráneos, estaríamos hablando de lo mejor de este 2024 que, apenas, está comenzando.
Un público variopinto, que casi llenó la Luz De Gas, esperó paciente hasta que el rojo telón se levantara. Sin la cortina, y con el escenario vacío, sonó una fanfarria de tipo bélico que introdujo a la banda. Llegaron Alberto Noel Calvillo (guitarra), Héctor Martín (guitarra), Joan Vigo (bajo eléctrico y contrabajo), Víctor López (batería) y el maestro de ceremonias, nuestro idolatrado Jonathan (Johnny para los amigos) Herrero.
Tres piezas energéticas de su nueva entrega: Totiboy, Spicy, Get back on track más Just arrived (2012) sirvieron para despegar y mostrar, de buenas a primeras, que se encuentran en plenitud de forma y que la gira de presentación de la reciente obra (el de Barcelona fue el quinto bolo) está caliente, caliente.
Acabada esta vigorosa parte, el quinteto redujo la marcha, introduciendo otra pequeña fase en la predominó el medio tiempo. La primera en irrumpir fue Heavy rain, crítica a las urbes que están echando a sus ciudadanos a golpe de la perversa especulación. Le siguió una estupenda versión de En el lago (Triana) y A sketch of a broken man, composición de Herrero que cierra el nuevo álbum, trabajada a modo de escena teatral (escrita en tiempos pandémicos) que nos explica la historia de un hombre y su maleta caminando en un día lluvioso sin destino aparente. Soledad en tiempos jodidos. Finiquitado el sosiego Jonathan advirtió que la cuesta empezaba a bajar, los que no habían sudado debían prepararse. Embestida final.
Jonathan Herrero es bastante más que un magnífico cantante repleto de recursos. Su faceta como entertainer es portentosa. Se dirige al público como una especie de irónico predicador (“Hermanos y hermanas”) que sacude las mentes, siempre con mensajes contundentes y llenos de verdad, el plus que necesita toda estrella para pasar del estatus de mero experto a artista magno.
Si tuviéramos que equiparar sus prestaciones vocales, a modo de guía, (su personalidad se la ha ganado con creces) con estrellas consagradas, no creemos que le importase tomar un café con Solomon Burke, Stevie Wonder o Van Morrison; este es el ejemplo que demuestra su versatilidad. El cruce entre las dos últimas voces mentadas quedó palpable en un I will be there light de sombrerazo.
Superado el ecuador de la función encadenó una decena de potentes latigazos que no hubieran sido lo mismo sin el impresionante cuarteto de instrumentistas, quienes le condujeron a la gloria. Nos atraparon con el hit Go commando!, otra puñalada trapera a todos los que nos impiden decir lo que pensamos con el cuento de la corrección política, entroncada musicalmente con el calypso rock, fuimos de rodeo cabalgando en I’m leaving town y Unleashed, bailamos soul con That fellin´ y acabamos de alborotarnos con un guiño a Grease (lo de Herrero es la coña marinera) y la dosis anfetamínica que regalaron en Party hard boggie. Se acordó de Los Rebeldes evocando una de sus míticas estrofas, “todo lo que empieza tiene un final”, pero tenía muy claro que los amigos bises aparecerían. Sentado y acompañado tan solo por una guitarra, Jonathan entonó I did my time dejándose el alma y la garganta, acabando la exhibición (todos juntos) con un Sinnerman concluyente y arrebatador.
En Luz De Gas escuchamos de todo y bueno. Rockabilly de primera, rock progresivo, blues sin caducidad, atmósferas a lo Django Reinhardt y cualquier cosa que tenga que ver con la música afroamericana. De esa inacabable fuente, bebe una formación, de nivel estratosférico, que ofrece, además, espectáculo a raudales (duelos de guitarra como si fueran espadachines o revolcones con un esplendoroso contrabajo blanco, a lo Stray Cats). En un país lúcido estaría bañándose en oro como el Tío Gilito. Auténtica lección de arqueología sonora.







Autores de este artículo

Barracuda

Sergi Moro
Desde que era un crío recuerdo tener una cámara siempre cerca. Hace unos años lo compagino con la música y no puedo evitar fotografiar todo lo que se mueve encima de un escenario. Así que allí me encontraréis, en las primeras filas.