El 26 de junio de 2018 en la montaña de Montjuïc de Barcelona se marcaron tres hitos: [uno], Ringo Starr volvió a la capital catalana 53 años después del concierto de The Beatles; [dos], la cantante cubano-americana Camila Cabello pisó por primera vez un escenario en Barcelona y, entre las más de 4.600 personas con las que llenó el Sant Jordi Club se encontraba Núria, una joven de 14 años, fan incondicional de Stranger Things, que [tres] asistió al primer concierto de su vida.
Fans confusos de los Beatles se entremezclaban con la multitud de padres y madres que acompañaban a sus vástagos al concierto de Camila. Dentro empezó la cuenta atrás: en la pantalla gigante unos ojos se abrieron al llegar el contador a cero. Núria estaba tranquila. Entre susurros, relámpagos y con un fragmento de vídeo de la artista corriendo de arriba abajo, Camila Cabello se apropió del escenario. Y lo hizo con fuerza, cantando el tema que da nombre a su gira Never be the same.
Never be the same marca un antes y un después en la vida de Camila. Deja de ser conocida como una miembro más del grupo Fifth Harmony y empieza carrera en solitario sacando su exitoso primer álbum, Camila (Syco, 2018). En total diez temas, más dos o tres que no están incluidos en el disco pero que consiguieron rellenar la escasa hora y cuarto que duró el concierto. Cada uno de ellos precedido por un vídeo, sin parar el espectáculo en ningún momento. ¿Por qué será? “Somos niños y necesitamos que nos entretengan todo el rato”, me explicaba Núria. Así es: Para la generación Z o posmilenial (los nacidos entre 1995 y 2010) los productos audiovisuales son casi una necesidad vital.
Ciertamente, el de Camila no se parece ni de lejos a mi primer concierto: el de El Canto del Loco en el mismo Palau Sant Jordi. No había vídeos que nos entretuvieran y a Dani Martin no le acompañaban bailarines cachas sin camiseta ni el madrileño le daba al twerking. En cambio, Camila, fiel a sus raíces latinas, no dejó de bailar en todo el concierto, derrochando sensualidad por todos los costados. Y, a oscuras y sin micrófono, dejó al público boquiabierto con su vozarrón en In the dark. Incluso se atrevió con un fragmento de Can’t help falling in love, del inigualado Elvis Presley, con el que proclamó su amor por Barcelona y sus fans.
Camila ya había conseguido camelarse a sus jóvenes adeptos unas horas antes del concierto cuando llegó al aeropuerto del Prat y regaló entradas a los que se habían quedado sin ellas. Pero con Real friends los conquistó: “Quien cante este tema más alto subirá conmigo al escenario”. Y así fue. El mensaje que tiene Camila para esta nueva generación se basa en el amor, pero también les pide que luchen por el cambio (Something’s gotta change), que defiendan sus derechos en medio de esta época que en Estados Unidos ha quedado marcada, entre otras cosas, por el ascenso de Trump al poder y la sucesiva crisis migratoria.
Camila se despidió doblemente de su querido público: Sangria wine (grabado con Pharrell Williams) y el ansiado Havana fueron los temas escogidos. Con la puesta de sol en escena acabó el primer concierto de Núria. Parece que tanto a ella como a los demás fans les entusiasmó. Quién sabe si, como ya hicieron otras reinas del pop antes, será Camila la que marque a la Generación Z.
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