El Let’s Festival celebró un doble programa en La Salamandra, con Carlos Ares y Júlia Colom. Antes de que se inicie la velada, familias enteras en primera fila; los niños, inquietos ante su, probablemente, primer concierto. Está claro que nos encontramos frente a dos artistas en diferentes situaciones con respecto a su audiencia. La expectación es por Carles Ares; Júlia Colom, según las reacciones vistas, será la sorpresa de la noche.
Comienza Júlia Colom, en formato de banda, con dos guitarristas, batería y las pistas pregrabadas con las que recrea en directo las múltiples capas de sus composiciones. Con una actuación amplia, ofrece un buen número de canciones que no estaban en su más que destacable primer disco, Miramar. Las nuevas, que, como reconoce, estaba deseando presentar, tienen, en una primera escucha, un nivel muy similar a las que ya conocemos de su disco.
Por lo tanto, percepción más que positiva de lo que nos va a ofrecer en breve la compositora mallorquina. En su producción hay temas llenos de dramatismo e intensidad. Entre ellos, volvió a destacar con luz propia Olivera, y otros con una fuerte pulsión rítmica. Tanto los unos como los otros tuvieron una gran acogida entre el público que, seguramente no se imaginaban tal despliegue de sensibilidad y emoción. Acabó entre vítores en un ejemplo más del poder que tiene la música de conquistar, en directo, cuando la propuesta roza lo sublime.
Lo de Carlos Ares se dirige a otras sensibilidades. El joven músico y productor, con una aquilatada trayectoria en la sala de máquinas para otros artistas, se ha decidido a dar el paso con un proyecto a su nombre, que aúna la tradición indie-folk con el pop de autor, y parece buscar la naturalidad y la conexión con el entorno, alejado, conceptualmente, de la tecnificación en un retorno a la tradición. Secundado por una amplia banda en la que tenían especial protagonismo sus escuderos Beatriz Gutiérrez (Begut) y Marcos Cao, a las guitarras, se olió el éxito desde el principio.
Inicio de gira de presentación de su primer disco, Peregrino, el lleno en la sala de L’Hospitalet deja claro hasta qué punto ha sabido conectar con las emociones y anhelos de su audiencia, que jaleaba las canciones y cantaba las letras como si explicaran su propia experiencia vital.
Dejando de lado la mayor complejidad de la producción, no podía evitar pensar en los recursos para establecer lazos con su público que utiliza Fito y los Fitipaldis: canciones con melodías fácilmente tarareables, ruedas de acordes en repetición constante y letras costumbristas que tratan temas trascendentes, pero que no renuncian al ripio.
Carlos Ares es como el amigo que se reúne contigo para contarte sus cuitas. Cercano, siempre hablando desde el yo más subjetivo, en las antípodas del tradicional rock star, intentando el contacto con las primeras filas en una ceremonia íntima aunque tenga trazos de superproducción. No es extraño, pues, que cerrara su concierto con un gran éxito.
Quiero sentir el peso de mis pestañas
para mí, música es el ruido
de los estorninos que me acompañan
allá donde vaya el agua
del más bravo río
Peregrino. Carlos Ares








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